Panamá, al igual que todo país que pretenda salir del subdesarrollo, debe atender el tema educativo y la formación social de las generaciones futuras.
La familia precede al Estado, y como tal, debería ser en su seno donde se formara el carácter y la personalidad del individuo, incluidas la primera educación, la disciplina del aprendizaje y el amor por el conocimiento. Este seno familiar tendría que ser una estructura monolítica fortalecida por el amor entre los padres, la ética, los valores y las virtudes, y un desapego a lo material, junto a un profundo sentimiento de solidaridad humana. Exactamente de lo que adolece la familia de hoy.
El Estado, por su parte, está representado cada 5 años por los gobiernos de turno, el peor ejemplo de ser y hacer nacional, compuesto por hombres y mujeres criados en senos familiares las más de las veces disfuncionales, y proponentes de un éxito personal muy alejado del concepto humano de desarrollo social. El éxito personal propuesto es mejores carros, casa de playa, viajes a Disney, tarjetas de crédito y relojes Cartier.
La historia nos dice que la educación libre, desde Atenas y Esparta, supera ampliamente a la estatal o privada, y que la que empieza en casa, de padres que antes hayan experimentado modelos singulares de formación humana, provenientes de la pareja o de uno de los progenitores, es el máximo impulsor de un ser que ha de integrarse a la sociedad.
Pero para que exista una educación libre, que garantice que el individuo que se integra a la sociedad sea moral e intelectualmente aceptable, es preciso que tanto padres de familia como funcionarios del Estado hayan tenido acceso a una vida con oportunidades de formación humana integral. Que no es el caso del Panamá de las 4 últimas generaciones.
Los derechos de los niños son posteriores a su formación humana, y emanan naturalmente de ella. O por lo menos, en paralelo. De hecho, muchas familias de hoy inculcan a sus hijos derechos que ni siquiera la constitución más avanzada ha imaginado. Son los futuros revolucionarios, solidarios, héroes, líderes y modelos sociales, que la sociedad de consumo se encarga de disminuir con la propaganda consumista frente a los valores humanos que ellos propugnan. Un BMW del año vale más, y es mejor publicitado, que un acto de honor.
Una Ley de Protección Integral del Menor, que le procura derechos a una persona sin cultura social, no es la solución a la urgencia de nuestro desarrollo humano y social. Tendremos que empezar a educar a las generaciones pubescentes, que son las próximas a casarse y procrear, para pensar después en leyes que garanticen derechos a los menores de edad, pues los derechos sin responsabilidad son como monedas que podré gastar, sin habérmelas ganado.