Aún antes de que la Asamblea Constituyente cumpla con el mandato popular de elaborar una nueva Constitución, ya se dan pasos para la configuración del Estado al que aspira la llamada “revolución ciudadana”.
Los mandatos que van saliendo a instancias del Ejecutivo desde Montecristi, de obligatorio e inmediato cumplimiento, parecen reflejar no sólo impaciencia, sino también temor de que el sueño de mantenerse en el poder pudiera peligrar.
Las prisas igualmente tocan a los inquilinos de Carondelet, quienes quieren dividir al país en siete regiones administrativas. No importa que el estado siga creciendo, no en solvencia y eficiencia, en verdad, sino en tamaño.
La propuesta, sin embargo, tiene su lado positivo puesto que no es humanamente posible y viable tomar todas las decisiones desde el poder central. Como ya se sabe, los organismos seccionales desde la cercanía, abordan mucho mejor los problemas del desarrollo comunitario.
La “flamante” idea fue propuesta Correa en una de sus cadenas sabatinas con el aplauso entusiasta de sus seguidores. Las siete regiones autónomas, según su versión, tendrían como objetivo descentralizar las funciones estatales y que los recursos llegaran equitativamente a cada zona. ¿Afán electoralista, por casualidad? Tal vez...
Con un territorio relativamente pequeño, a este ritmo, Ecuador parecerá un ente corto de estatura y de pobre complexión, con varias cabezas, regidas todas por otra enorme y pesada. Una cabeza con la cual le costará mucho (en recursos y rendimiento) incorporarse al mundo desarrollado de hoy.