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Achicharrados

A Bush le ha parecido de perlas la condena a muerte para Sadam Hussein y José María Aznar no le hace ascos. Pero si hubieran siquiera sospechado como iba a acabar esta historia seguro que el sátrapa seguiría hoy en su poltrona de Bagdad, pese a los 148 chiíes asesinados que hoy le van a llevar a la horca o a pesar de los 180.000 kurdos gaseados por el dictador en los años 80 cuyo recuerdo va a ser la causa del segundo juicio al que se va a enfrentar en los próximos días el dictador.

Porque todos los líderes que promovieron el incendio de la guerra de Irak han acabado achicharrados y con borrón imposible de quitar de sus biografías políticas. Bush acaba de perder las elecciones y la tardía rebelión del pueblo norteamericano por los 2.500 soldados muertos y los 400.000 millones de euros enterrados en el actual caos y en la casi guerra civil que vive Irak van a convertir en un calvario los últimos años de mandato de uno de los más nefastos presidentes de los Estados Unidos que se recuerda. A Tony Blair, el colaborador europeo necesario, la aventura iraquí, le ha puesto fecha de caducidad en el Reino Unido.

Pronto dejará de liderar el labour party por la presión de sus propios compañeros a causa de la desafección de la sociedad inglesa. Su fracaso político se extenderá también a la Unión Europea que no va a olvidar  su seguidismo de Estados Unidos y su empeño en intentar mezclar a Europa en la cruzada irakí: no produjo más que división entre los estados asociados. El sueño de la nueva Europa que preconizaban él y su amigo Aznar les ha acabado estallando en las narices. Ahora se proclama paladín del informe Stern sobre el cambio climático intentando dejar algún buen recuerdo en su trayectoria final.

Fuera del poder desde hace dos años y medio, a José María Aznar y a su partido le van a perseguir siempre los meses que estuvieron en Irak las tropas españolas. La salvajada del 11M, solo atribuible a los desalmados terroristas islámicos, y las mentiras de su Gobierno aquellos dramáticos días fueron las gotas que colmaron el vaso de la paciencia de los electores españoles con  el PP en el poder. La participación española en la guerra de Irak encorajinó a la mayoría de los españoles y provocó un guiness electoral: un partido, el PP, que pasa, sin solución de continuidad, de la mayoría absoluta en el poder a ejercer la oposición mayoritaria.

Los herederos de Aznar, con su sucesor Mariano Rajoy a la cabeza,  siguen, sin embargo, convalecientes del síndrome de la invasión de Irak. Lejos de desembarazarse de aquel terrible error siguen empeñados en una imposible huída hacia delante. Contra toda evidencia intentan convencer a los españoles que Zapatero en Afganistán y El Líbano hace lo mismo que Aznar en Bagdad. Y en la operación más suicida contra el sentido común de los españoles, cuestionan el trabajo de dos años de jueces, policías y fiscales colocando posibles etarras sin determinar en la autoría de los atentados allá donde solo aparecen terroristas islámicos.

Todo para  proteger el peor legado de su líder en la sombra. Son los únicos empeñados en conservar la foto de las Azores en el album de los grandes recuerdos nacionales.Aquel documento gráfico, constatación de la más ruinosa operación de política internacional de los últimos años, ha sido como una maldición para todos sus protagonistas. Solo se salva Durao Barroso, al que la presidencia de la Unión Europea le ha rescatado, de momento, de la quema iraquí.

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