Que parecía a priori la final de la Champions League... Que uno se iba a la(s) tele(s) y le entraban los temblores de un forofo -el que fuera- pendiente de minuto, tiempo y resultado. ¿Para qué? Pues para ver a lo artificial, pactado hasta la náusea, que poco -por no decir nada-- ayudan a decantar el voto. Te pegas a lo concreto y poca cosa sacas. Si, por otro lado, te pegas a la imagen, casi te dan las ganas de creerte -de forma a crítica- a Mariano Rajoy. Que escuchas el post-match, oigan, que parece que ambos protagonistas se habían tirado a la yugular del contrario.
¿Hubo, realmente debate? Ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Siendo benévolos, la cosa se quedó en un diálogo de sordos, con las mentiras (perdón, olvidos) justas. Zapatero estuvo tenso y Rajoy suelto. Si vale la imagen, pues bien. Empate. Ambos dos se dedicaron a soltar sus guiones respectivos. Fueron dos monólogos sucesivos e intercambiables, trozo a trozo, cacho a cacho. El uno y el otro iban a lo suyo. Y no se desviaron ni un milímetro de ello. Las 50 normas pactadas, claro.
¿Carencias? Todas, faltaría más. Por ambas partes. Y el sopor, más allá de las exigencias del medio. Que esta es otra. Te piden máxima atención a un cara a cara que, por cierto., decepciona al ciudadano y encabrona al periodista. Tanto el uno como el otro llevan desde la vuelta aguantando el mismo argumentario.
¿El moderador? Moderado, sector muermo apabullante, en función de la muermez de los debatientes. Eso sí, Manuel Campo Vidal fue vestido por uno de sus peores enemigos. Ese traje de alpaca -impropia del invierno de calendario- color gris acero tirando a plata, con americana de tres botones, con los dos superiores abrochados -tremenda herejía- habrá provocado más de un soponcio.
Debate, lo que se dice debate, el de los medios. O el de los mediáticos. A toro pasado, por supuesto. Es el tiempo de madrugada de los exegetas. Menos mal -o a lo peor- que hay una segunda vuelta. Hasta entonces, como que ¡viva la fiesta!. Somos periodistas y nos va los garbanzos en ello.