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¿Cuál es el verdadero Zapatero?

El Rodríguez Zapatero de la investidura de 2008 no es el opuesto al de 2004, pero casi. Oyéndole en ambas ocasiones, es como si en una de ellas hubiese estado en la tribuna el doctor Jekyll y en otra mister Hyde, las dos personalidades distintas del mismo protagonista de la obra de Robert L. Stevenson. Dicho sea sin ánimo de señalar.

Es más, de no haber sabido que él era el autor de muchos pasajes de su última intervención, un espectador distraído hubiese pensado que quien hablaba era Mariano Rajoy, tal era la coincidencia de sus planteamientos en seguridad ciudadana, rebaja de impuestos e incluso en la pasión por España. ¡Hasta 36 veces mencionó por su nombre a nuestro país el aspirante a presidente!: más que todas las efectuadas durante los meses anteriores a su discurso.

Y es que una misma realidad puede contarse de tantas maneras diferentes como testigos la relaten. Con su ácido humor habitual lo ponía en evidencia Fernando Fernán-Gómez hace medio siglo en su corrosiva comedia La vida por delante. En ella, un único accidente de coche era relatado de cuatro formas distintas por otros tantos intervinientes en él. ¿Cuál de ellas era la versión correcta? En el caso de Rodríguez Zapatero, él solo es capaz de ofrecer dos visiones contrapuestas de la misma realidad sin despeinarse ni parecer que se contradice.

Hace cuatro años todo eran carantoñas a los nacionalismos y se prometía una nueva España plural contra el centralismo del PP, al que se trataba de erradicar del mapa político. Entonces se propugnaba aquello de papeles para todos los inmigrantes, mientras se defendía el modelo preexistente de financiación autonómica, y se acababa por abogar que se negociase con los terroristas.

Ahora, en cambio, todo es diferente. Ahora se pone el énfasis en la lucha contra el terrorismo, la expulsión de inmigrantes ilegales, el aumento de policías, la búsqueda del consenso con el PP o la modificación en cómo financiar unas autonomías que usan en sus respectivos estatutos baremos contradictorios e imposibles de casar. Como diagnosticaba Gaspar Llamazares al discurso de Zapatero: “Mucha retórica y pocos cambios de izquierdas”.

Tal parece que después de haber malherido al PP con una política de hostilidad manifiesta, y de haberlo tildado de carca y de reaccionario, trate ahora de rematarlo a besos, achicando el espacio en el que aquél pueda contraatacar la acción de Gobierno, si se me permite ese símil futbolístico.

Por eso, mientras el PP se destruye él solito, en su agónica indecisión de hacer más oposición o de ser más tolerante, algunos se preguntan: ¿cuál es el verdadero Zapatero, el de la anterior legislatura, que puso el país patas arriba contra media España, o el que promete ahora más consenso y diálogo con esa media España que se lame sus heridas? Probablemente, seguiremos sin saberlo.
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