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Salvar el fútbol patrio

Salvar el fútbol patrio

martes 30 de enero de 2007, 19:09h
Última actualización: miércoles 19 de septiembre de 2007, 11:55h
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes

Estos días, la progresía entera, como una sola persona, se dedica a tronar ostentóreamente contra esa deuda acumulada por los clubes de fútbol españoles. Esos 300.000 millones de las antiguas pesetas (la canallesca lo saca con estas cifras, para asustar aún más al personal) que son sólo unos 1.803 millones de euritos, que es una cantidad muy llevadera si la comparamos, un suponer, con la deuda externa del África subsahariana, donde no es sólo negro el color de la piel de sus habitantes.

Sí, amadísimos, globalizados, megaletileonorizados y endeudados niños y niñas que me leéis, en el Parlamento europeo tocaron a rebato sobre las alegrías gastadoras de los clubes de fútbol y aquí, en esta España plural y multicolor, se ha n desatado las demagogias. “¡¡Esos dineros tendrían que ir para la Universidad!!”, decía, por ejemplo, ayer Senén Barro, el rector de la de Compostela, como me ha hecho saber mi entrañable amigo Antonio Moure de Andrade, gallego de pro.

Pues bien, hemos suscitado el debate entre los miembros más selectos de nuestro privadísimo club, y la conclusión es que, por aquello de la estabilidad social, lo que conviene es que el estado, nuevamente, afloje los cordones de la bolsa y cubra el déficit del fútbol español. ¿No se subvenciona el cine? ¿No se dan crecidas ayudas a los titiriteros amigos del gobierno de turno? ¿Acaso no se pagan, en determinados Ayuntamientos, ora una paella popular, ora una pantagruélica degustación de  los productos típicos de la zona en cuestión? Naturalmente que sí... Porque siempre sale mucho más baratos el chocolate del loro y de los cómicos que, pongo por caso, gastarse una pasta gansísima en I+D, o en reducir las listas de espera de la Sanidad pública.

Total, si Cataluña, después del nuevo Estatuto, se lleva sólo en inversiones en infraestructuras lo que siete veces esa cantidad deudora del fútbol español. Un capitalazo al que no le harían ascos algunas familias ricas (no es el caso, evidentemente, de la mía).

Porque, pequeñines/as míos/as, ¿qué serían los lunes –bueno y los martes y lo jueves—si, los comentarios futbolísticos? Un desastre, un erial social. Porque si las clases bajas se quedan sin estos entretenimientos, a lo mejor les da hasta por pensar por su cuenta y ya se sabe que pueblo que piensa, a la hora de votar, hasta puede depararnos tremendas sorpresas.

En cambio, con el baile de la compra-venta de jugadores (hay que reconocer que el kilo de estrella futbolera cotiza casi a la par que el platino en el mercado de metales de Londres), las declaraciones de los entrenadores, las salidas de tono de presidentes a lo del bético  Ruiz de Lopera (que no es presidente, pero es el accionista mayoritario del club)o del coruñés Augusto César Lendoiro, eso sin olvidarnos de las quinielas que siguen produciendo bueno dividendos a la Hacienda pública, se mantiene la paz social.

Mis amigos Geni Giral y Quico Boada, que son doctores en Económicas, dicen que, incluso, es factible que sea la iniciativa privada, a través de la CEOE la que pueda dar un empujoncito económico a los clubes. Una especie de borrón y cuenta nueva con las deudas del fútbol. Claro que, por aquello del principio de igualdad ante la Ley y ante Hacienda, a cambio, el Estado debería hacer también borrón y cuenta nueva con cosas como la cuota empresarial de la Seguridad Social, pongo por caso... Y, mientras Pedro Solbes, el vicepresidente económico del Gobierno y Cajero Mayor del Reino, se lo piensa... ¿Qué tal si se monta una Fiesta de la Banderita para recaudar fondos que enjuguen la deuda del fútbol patrio? No veo que si anualmente lo hace la Cruz Roja, no pueda hacerlo la Real Federación Española de Fútbol.

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