El otro día leí un breve en el periódico que hasta transcurridas dos horas no volví a reparar en él. En un país árabe, ahora no recuerdo cuál, habían apresado a una chica por haber mantenido relaciones sexuales con un hombre en la playa. La pena para ella, seis años de prisión. De él, no se decía nada, por lo que deduzco que ningún castigo. A los ojos de un occidental esto resulta aterrador; particularmente a mí me provoca miedo, terror, angustia, especialmente si me pongo en el lugar de esa pobre muchacha. Esto lo escribo desde Marruecos, donde estoy pasando unos días de vacaciones y dónde no puedo dejar de observar que, aunque este es un país bastante avanzado con respecto a otros islámicos, hay muchas cosas que me chocan profundamente. Es la segunda vez que vengo, la última fue hace dos años y los cambios que veo con respecto a la vez anterior son conductas que tiene que ver con la educación vial. Ahora es obligatorio llevar el cinturón de seguridad en los asientos delanteros. Por lo demás, todo sigue igual.
Marruecos es un país que, quizás por la cercanía con España, a nosotros nos resulta poco desconocido. Unos pocos kilómetros separan dos mundos antagónicos: España (con su crisis) en el primer mundo, Marruecos en vías de desarrollo. El marroquí, y hablo del norte que es lo que conozco (Tánger) distingue al español en cuanto lo ve. En broma he comentado con amigas que las españolas somos vistas por ellos como las suecas que llegaban a Benidorm en los años sesenta. Pero yendo un poco más allá pienso que la actitud de ellos con respecto a nosotros no debe de diferir mucho de la que los sudafricanos, por poner un ejemplo, tienen hacia los británicos. Lo que quiero decir es que la actitud de la colonia (en este caso ex protectorado) con respecto a la metrópoli tiene muchas similitudes en los países en los que se han dado estas situaciones, todas ellas herederas de un comportamiento muy decimonónico.
Recuerdo que lo primero que me llamó la atención la primera vez que pisé Marruecos fue comprobar que las mujeres llevan, en su inmensa mayoría, velo. En este momento que en España la ministra de Igualdad ha creado de la nada un polémica, me pregunto si los españoles (occidentales por extensión) estamos realmente preparados para, ya no sólo tratar de entender esta costumbre, sino también para aceptarla y respetarla. Me queda una cosa clara: ellas se ponen el velo porque se sienten a gusto con él. Protegidas de las miradas de los hombres que aquí, quizás por tanta represión, son penetrantes e incluso a veces, lascivas. En ocasiones paseas y te sientes desnudada sólo porque vas con falda corta, brazos al aire y pelo suelto sin cubrir. Paseas por las Medinas y te das cuenta de que todo está dominado por ellos, como en casi todas partes, pero aquí se hace más evidente. O por lo menos hasta que el sol se pone y entonces sales a cenar y a tomar una copa y entonces descubres que la palabra término medio no existe. Las marroquíes que te encuentras en las discotecas se han despojado del velo, se han subido su falda y se la han estrechado tanto que apenas pueden respirar. Te sientas a mirar y entonces caes en la cuenta de que hay algo que no es normal. Estoy hablando de un sitio en concreto que hay en Tánger y que se supone que es un sitio de copas. O al menos en teoría porque lo que yo pude observar es que las marroquíes allí presentes estaban trabajando. Resumiendo. O llevan velo o están desveladas de sueño y de actitud. No lo entiendo. ¿No existe el término medio? ¿No existen las pandillas de amigas que quedan para cenar y tomarse una copa? No, las que lo hacen reciben un nombre, ignoro si certero o no, pero cuanto menos desesperanzador y desolador. ¿Cuánto les queda a las mujeres marroquíes para llegar al estatus de las españolas? ¿Tendrá razón Bibiana Aído y habrá que empezar por prohibir el velo? Pero, si se prohíbe, ¿es legítimo? ¿No va en contra de las libertades del individuo? Me asolan grandes dudas.