José Luis Rodríguez Zapatero llegó al poder montado sobre una esperanzadora sonrisa, en un momento triste de la historia de España, como fue el 11-M. Devolvió la ilusión a mucha gente que había visto la peligrosa deriva bélica en la que había entrado José María Aznar, un político capaz de gobernar bien en minoría pero demasiado soberbio para administrar su meritoria mayoría absoluta. ZP, por el contrario, trajo buenos modales y mejores deseos, que fue repartiendo por cada esquina del país, para unos con ingenuidad y para otros con el criterio propio de un hombre de izquierdas, capaz de asumir el carácter plural de España. “No nos falles”, le decían los más jóvenes.
El PP, la Iglesia, ciertos medios de comunicación y varios movimientos sociales afines a la derecha no se lo pusieron fácil, del mismo modo que la banda armada ETA, con la que el joven presidente se puso a negociar, con un amplio respaldo parlamentario. No le salió bien su determinación de acabar con el terrorismo pero, en cambio, la economía marchaba aparentemente viento en popa y, en general, la gente lo pasaba bien en España, mientras el viejo PP de Acebes y Zaplana se empeñaba en mirar por el retrovisor, sin percatarse de que el país prefería encaminarse al futuro.
El rechazo generalizado al PP en Cataluña fue determinante para el segundo mandato de Rodríguez Zapatero, que ya ganó las elecciones de marzo con el país asomado a una crisis que empezó a cuajar en el verano del año pasado y que el presidente no quiso reconocer, obsesionado por el calendario electoral. Pero el cáncer de la crisis seguía avanzando. Por causas externas e internas, el país está ahora en un momento muy delicado, que no admite juegos. Tendrá que haber ajuste y para salir de la crisis habrá que hablar de productividad, en serio. ZP lo sabe, si bien prefiere dulcificar su discurso, mientras intenta ganar tiempo. Dicen que es un hombre con suerte pero España ya no está para muchos juegos.
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