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Regreso al siglo XIX

El Museo Cerralbo ha sido galardonado en los Premios Europa Nostra en la categoría de Conservación

lunes 15 de septiembre de 2008, 13:25h
Actualizado: 24 de septiembre de 2008, 17:18h
Entre las calles de Ventura Rodríguez, Ferraz y Juan Avarez de Mendizábal, en el madrileño barrio de Argüelles, se levanta el Museo Cerralbo que acaba de recibir el premio Europa Nostra por su reciente restauración. Esta muestra constituye un fiel reflejo de la aristocracia madrileña del siglo XIX a través de las colecciones de su fundador, Enrique Aguilera y Gamboa, XVII  marqués de Cerralbo (1845-1922).
El antiguo palacio del marqués -miembro del partido carlista- fue concebido como una casa-museo desde el primer momento, donde el noble exhibía todas las obras de arte reunidas por su familia. A su muerte, decidió donar su patrimonio a la nación española con el fin de que sus colecciones, según se decía en el testamento, "perduren siempre reunidas y sirvan para el estudio de los aficionados a la ciencia y al arte".

Así, hoy el Cerralbo es un museo de titularidad estatal que permitirá al público apreciar lo que fue el espíritu del coleccionista y conocer algo más acerca de la historia del gusto aristocrático madrileño durante el siglo XIX. "Para la restauración buscábamos plasmar cómo estaban las salas de la casa en el momento de la muerte del marqués -1922-. Para ello, partimos del inventario del primer director del museo, de algunas fotos antiguas y de investigar sobre la decoración de la época", explica Lourdes Vaquero, actual directora del museo.

El palacio, que actualmente se encuentra cerrado por averías en los conductos de aire acondicionado, abrirá de nuevo sus puertas en la primavera de 2009. Para entonces, los visitantes podrán contemplar un conjunto excepcional de ambientes conservados tal y como fueron habitados. Así, es posible ver obras de arte, que en cualquier otro museo estarían expuestas en solitario, en el lugar donde sirvieron de objetos decorativos o cumpliendo la función que cumplían en el siglo XIX.

Entre sus salas, el Salón de Baile destaca como la más emblemática. "Las crónicas de sociedad hablan de que aquí se juntaban más de mil personas en las fiestas, aunque yo lo considero un poco exagerado", comenta Vaquero. Las pinturas de la bóveda que decoran este espacio representan danzas históricas y populares celebradas bajo la supremacía de los dioses del Olimpo. Aquí se  reunían los nobles y es aquí donde bailaban vals, polka, rigodón o galop, una danza de origen francés particularmente popular como baile del final de la noche.

La Armería es la primera sala que el visitante encuentra  tras subir la Escalera de Honor y llegar a la planta principal. Dos hileras de armaduras flanquean el recorrido por la sala e ilustran múltiples aspectos del armamento europeo en la Edad Moderna. La evocación del antiguo pasado familiar se refuerza mediante el estilo neogótico del mobiliario.

El marqués de Cerralbo fue un apasionado de las Bellas Artes. A lo largo de su vida coleccionó pintura, escultura, numismática, cerámica, tapices, muebles, dibujos, estampas, relojes y armas. "Todos estos objetos los adquiría en casas de subastas y anticuarios de toda Europa", explica la directora.

La agitada vida social de la aristocracia de la época, hacía que espacios como el Salón de Ídolos, el Vestuario, el Saloncito Imperio, el Comedor de Gala, el Salón de Billar o el Salón Chaflán, tuvieran un ambiente expresamente acondicionado para la tertulia, tanto de damas como de caballeros.

También el jardín se ha plasmado imitando su disposición original a partir de un dibujo realizado por el propio marqués. Posee elementos italianos de corte clásico como bustos y esculturas, o manieristas como el templete mirador. Entre su densa vegetación de árboles de hoja caduca se encuentran acacias de Constantinopla, castaños de Indias, tilos, jazmines y glicinas.

En definitiva, esta pequeña burbuja del XIX tiene merecido el reconocimiento europeo, que pone de manifiesto el esfuerzo realizado por su equipo de trabajo durante los últimos años. "Ha sido una labor muy gratificante aunque un poco obsesiva en el sentido de querer recrear todo con plena exactitud", expresa Lourdes Vaquero.
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