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Creatividad artística y baja cultura política

miércoles 19 de junio de 2019, 07:58h

Soy una de las muchas personas impactadas por el exabrupto de Almudena Grandes publicado el pasado lunes por el diario 'El País' bajo el indicativo título de 'Peste'. Es cierto que Grandes acostumbra a exhibir un toque de sectarismo de vez en cuando, pero esta vez se ha superado a sí misma.

Mostrando su afición a los cordones sanitarios, afirma: “El cordón sanitario entre PSOE y Ciudadanos tiene que conservar su vigencia” y agrega, “pero en dirección contraria”. Y luego, dejando salir su radical intolerancia, apostilla: “Sánchez no puede ni rozarse la ropa con ninguno de los tres miembros de esa unidad de destino en lo universal que ha resucitado el fascismo en España”. En pocas palabras, al mejor estilo guerracivilista, todo aquel que no piense como nosotros (su izquierda) no es otra cosa que fascista.

Al comentar esta nota de Grandes, algunos observadores aluden a una pérdida momentánea de sentido, una hora baja de la escritora o incluso a no saber perder (Madrid). Sin embargo, creo que la conjunción entre alta creatividad y baja cultura política no es precisamente algo infrecuente en el mundo artístico. La historia nos muestra maestros de la pintura o la música completamente analfabetos en política. Igualmente, buenos escritores pueden poseer sólidos criterios democráticos o todo lo contrario.

En realidad, esa disparidad (entre cultura artística y cultura política) que puede darse en las personas también puede manifestarse a nivel social. Algo como eso sucedió en la sociedad española durante el primer tercio del pasado siglo. Por eso hay que tener cuidado cuando se afirma que el fracaso de la II Republica fue producto del atraso general del país. He reiterado que Manuel Azaña decía que había sido el temperamento español la causa de que resultara imposible una democracia con avances y retrocesos. Puede que sea cierto, pero yo prefiero circunscribirlo a una débil cultura democrática.

Sin embargo, eso no quiere decir que España atravesara un período de atraso generalizado. Por el contrario, puede afirmarse que los años veinte y treinta constituyeron lo que algunos llamaron “la edad de plata” de la cultura española. Recibiendo la riqueza de la generación del 98 (incluyendo los siguientes Premios Nobel), la generación del 27 dio muestras de una vitalidad cultural y científica que no tendría parangón en el resto del siglo. Desde luego, estas vanguardias, fundamentalmente urbanas, se desarrollaban en un mundo rural afectivamente atrasado, aunque esa brecha no fuera muy distinta de la que presentaban otros países europeos en los años treinta.

Cierto, la España que accedía a esa tercera década enfrentaba grandes obstáculos para desarrollar una cultura cívica y política democrática. Por un lado, esa dualidad sociológica entre el mundo urbano y el rural, que mostraba fosos educativos considerables. Pero por otro, y no menos importante, el influjo de una coyuntura europea donde se despreciaba el valor de la democracia, tanto por la izquierda (Unión Soviética) como por la derecha: el fascismo en alza de Italia y Alemania. Si a ese clima imperante en Europa se le suma la utopía anarquista de la disolución del Estado (sea este democrático o no), la convivencia sobre la base de reglas democráticas tenía muy poco espacio en España. El vigor cultural de la República podía darse en medio de una cultura política autoritaria y una violencia aceptada por amplios sectores de la población. Todo ello incrementaba la probabilidad de un enfrentamiento fratricida como el que finalmente se dio, en el interior del cual los estereotipos extremos eran inevitables: del lado republicano todos eran rojos peligrosos y del otro lado todos eran inevitablemente fascistas.

Lamentablemente, este tipo de dinámica política no se ha desterrado por completo en España, pese a su transformación económica y a una transición a la democracia considerada modélica. El sectarismo político puede seguir coexistiendo con el desarrollo cultural y la creación artística, como nos lo demuestra con frecuencia Almudena Grandes.

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