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Diálogos que son una trampa: de Maduro al secesionismo catalán

sábado 15 de febrero de 2020, 10:17h

La idea de que el diálogo es la mejor forma de resolver un conflicto tiene una fuerza indiscutible. Supone una de las bases fundamentales de la democracia y de la paz mundial. Por eso una gran mayoría de la sociedad responde afirmativamente cuando le preguntan si está a favor del diálogo para resolver un determinado conflicto. Eso acaba de suceder en Cataluña, donde el 80% está a favor de establecer una mesa de diálogo cuanto antes para resolver el conflicto catalán.

No obstante, como se dice en las relaciones diplomáticas, el diálogo y la negociación deben tener algunos atributos para que hagan honor a su nombre. Con frecuencia, se dice que el diálogo debe ser sincero, justo y contar con la voluntad de las partes de llegar a un acuerdo real, lo cual indica que tienen margen de negociación desde sus posiciones iniciales. Porque sin esas características el diálogo puede convertirse en una trampa que acabe provocando lo contrario: el escalamiento del conflicto.

La historia humana está llena de grandes conflictos que comenzaron con un ambiente de diálogo, negociación y pacto. El ejemplo más extremo refiere a la segunda guerra mundial. El pasado septiembre de 2019, el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre la memoria histórica europea, que afirma: “la Segunda Guerra Mundial, la más devastadora de la historia de Europa, fue el resultado directo del Tratado de no Agresión nazi-soviético de 23 de agosto de 1939, también conocido como Pacto Molotov-Ribbentrop y sus protocolos secretos.” Parece indudable que la intención del gobierno de Hitler con ese acuerdo no era otra que producir y aprovechar la división de los poderes europeos que tenía enfrente. En breve, dividir al contrincante.

De hecho, la diplomacia nazi desarrolló una estrategia de diálogo, negociación y pacto durante varios años, incluso ya iniciada la guerra. En 1939 consiguió el Pacto de Múnich, que firmaron Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, que resolvía la anexión de la región checa de los sudetes y establecía una mesa de negociación para posibles conflictos. Al regresar a Londres el primer ministro Chamberlain con los documentos firmados, Churchill le recibió con su famosa frase: "A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra". Y en efecto, tras la invasión de Francia, Hitler creyó posible la capitulación de Inglaterra y desató la batalla aérea mas decisiva de la guerra. Pero el resultado del combate no fue el esperado y en mayo de 1941 regresó a su política negociadora. Ese mes aterrizó en Escocia su segundo, Rudolf Hess, portando un completo tratado de no agresión entre Alemania e Inglaterra. En realidad, el gobierno de Hitler se consideró interlocutor válido para una negociación con Inglaterra y sus aliados hasta enero de 1943, cuando tuvo lugar la cumbre de Casa Blanca, entre Roosevelt y Churchill, donde se decidió que la única solución al conflicto sería la rendición incondicional del gobierno alemán y la extirpación de la ideología nazi. Habían pasado tres años de la guerra más devastadora de Europa.

Quizás tenga razón el Parlamento Europeo y tengamos mala memoria. Por eso es necesario recordar que la mayor conflagración de la historia humana comenzó en medio de una exaltación al diálogo, la negociación y el pacto. No hay duda de que la idea genérica del diálogo es válida y muy atractiva, pero necesita de los atributos adecuados (sincero, justo, disposición a ceder de las partes) para no producir efectos contraproducentes.

Al aplicar estos parámetros a la situación de Venezuela, es posible entender la razón por la cual la oposición a Maduro se ha retirado de las negociaciones con ese régimen. Consideran que la proclama del Gobierno al diálogo no es sincera ni justa. Maduro está buscando varios réditos con ese llamado. En primer lugar, dejar establecido que es un interlocutor válido para resolver el conflicto. Y al respecto surge la divergencia entre Zapatero y Felipe González: para el primero Maduro es interlocutor efectivo, desde una perspectiva realista; para González esa calidad no se adquiere por la realidad fáctica sino por su carácter político y su real decisión de resolver el conflicto mediante unas elecciones libres y monitoreadas. Mientras Maduro siga reprimiendo la oposición, violando los derechos humanos, y no acepte la democracia pluralista no puede tener la categoría de interlocutor válido. La solución al conflicto debería buscarse, entonces, mediante el aislamiento del autócrata a nivel nacional e internacional, aunque eso no sea fácil a corto plazo.

En segundo lugar, con su llamado al diálogo, Maduro quiere comprar tiempo. Tiene la esperanza de que si mantiene al Ejercito tendencialmente de su lado, logrará desgastar la oposición a base de contención. Y, de todas maneras, siempre es mejor otro mes en el poder que enfrentarse a unas elecciones que no sólo le depondrían, sino que previsiblemente desatarían después una oleada judicial en su contra. En relación con esta intención, Maduro intenta también dividir la oposición, combinando sus llamados al diálogo con un mejor trato fáctico para los sectores que no resistan su presión. Logre o no sus propósitos, lo cierto es que su propuesta de dialogo no parece sincera, justa ni factible. Cabe pues preguntarse por una mediación como la de Zapatero en este contexto.

También se aprecia una exaltación al dialogo por parte del Gobierno de Sánchez para resolver el “conflicto político” en Cataluña. Cabe reflexionar sobre si las partes están dispuestas a que tal dialogo sea sincero, justo y factible (es decir, si las partes tienen efectivo margen de negociación). Es sabido que Sánchez ha aceptado que ese dialogo se operativice mediante una mesa de negociación entre el independentismo y el gobierno español. Y la encuesta del diario La Vanguardia refleja que el 80% de las y los catalanes están a favor de esa mesa de dialogo, esperando que al menos relaje la tensión invivible que hay en esa comunidad. Sin embargo, casi la mitad de los consultados no creen que de esa mesa salga alguna solución sustantiva de la crisis. Y ello refiere sobre todo a su percepción de que las partes no tienen capacidad de negociación real: Sánchez tendría que romper con la letra y el espíritu de la Constitución para aceptar un referéndum de autodeterminación y el independentismo tendría que dejar de serlo para aceptar la oferta de mayor autogobierno, incluso en un Estado federal. Entonces, ¿Cuáles son los otros réditos que obtienen las partes de la convocatoria al diálogo?

En el caso de Sánchez, la puesta en práctica de la mesa de diálogo tiene un beneficio inmediato: lograr que ERC vote a favor de los presupuestos nacionales y conseguir así la supervivencia del gobierno actual. Luego, en el contexto del funcionamiento de la mesa, podrá demostrar que los secesionistas son intransigentes y que en el fondo rechazan el diálogo.

En cuanto al secesionismo la cuestión es más compleja. En el corto plazo, la mesa será un elemento subordinado a la competencia entre los JuntsxCat y ERC. Y de ello dependerá su suerte. Pero Oriol Junqueras ya ha insistido en que su apuesta es más a medio y largo plazo. Las encuestas muestran que, conforme pase el tiempo, los niños y adolescentes educados en catalán sobre la base de que España es un Estado opresor, incrementarán la mayoría favorable a la secesión. De hecho, la mencionada encuesta muestra que, si bien en el conjunto de la población catalana son minoría los partidarios de la separación, en el grupo etario entre 18 y 29 años esa situación se invierte y por una diferencia de 13 puntos. Es decir, la mesa y, en general, la idea del diálogo, es un buen recurso para comprar tiempo y, así, obtener una mayoría independentista apreciable dentro de 10 o 15 años. Ahora bien, parece muy difícil que gobierne quien gobierne en España vaya a permitir la independencia de Cataluña. Es decir, que lo que sucederá en 10 o 15 años es una confrontación mayor. Así, todo indica que un diálogo que no parece sincero, justo y factible tendrá un efecto contraproducente. Parafraseando a Churchill: a España se le ofreció entre una mesa de diálogo humillante y el conflicto; ya aceptamos la mesa humillante y luego vendrá la escalada en el conflicto.

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