www.diariocritico.com

El populismo se defiende: Iglesias y García Linera hablan sobre Bolivia

sábado 07 de marzo de 2020, 15:12h

Atravesamos tiempos líquidos, caleidoscópicos, donde la única certeza vital se encuentra en el estribillo de la canción de Rubén Blades que asegura “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”. Pues así, no menos sorprendido que Pedro Navaja, debió sentirse el radiante Vicepresidente español del Gobierno, Pablo Iglesias, cuando se disponía a dar una charla en la universidad sobre fascismo acompañado del exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera. Varias decenas de estudiantes le propinaron un escrache al grito de “¡fuera vendeobreros de la Universidad!” Como han comentado varios medios, la escena mostraba al escracheador escracheado. Diez años antes, Iglesias le había hecho eso mismo, en esa misma sala, a Rosa Diez, representante de UPyD.

Hay pocas dudas de que el escrache iba dirigido contra Pablo Iglesias, pero es poco seguro que los estudiantes vociferantes tuvieran clara conciencia del carácter del acto que llegaban a reventar. Porque, aunque Pablo Iglesias anunciara que iba a hablar sobre el fascismo, lo cierto es que tenía el propósito de darle entrada a la interpretación que hace el populismo boliviano sobre la caída del régimen de Evo Morales. Algo que reflejó el diario El País en una amplia entrevista a García Linera al día siguiente.

La tesis central de Linera es la siguiente: “En Bolivia fueron las clases medias las que se sublevaron contra la igualdad”. Esas clases medias que siempre pueden fascistizarse, como explicara antes Iglesias (que evitó hablar demasiado sobre Bolivia para evitar un conflicto diplomático con el nuevo gobierno). Una tesis -la de Linera- un tanto alambicada, cuyo principal objeto no es otro que lograr un discurso exculpatorio del profundo desgaste del proyecto populista del régimen de Morales.

La tesis es falaz, en primer lugar, porque no fueron sólo las clases medias las que rechazaron el proyecto, sino también las organizaciones indígenas históricas, una buena cantidad de sindicatos, los cuerpos de profesionales (incluidas las fuerzas de seguridad), la casi totalidad del empresariado, entre otros, quienes les ganaron el referéndum sobre la reelección de Morales en 2016 y las elecciones municipales en las grandes ciudades. A la molestia por la trasgresión que supuso el desconocimiento de Evo del resultado del referéndum se unió la que provocó la crisis económica de 2017 para configurar un tsunami de rechazo que precipitaría la crisis del proyecto de Morales y Linera.

Pero profundicemos en la dinámica de las clases medias. García Linera subraya que la sublevación fue sobre todo de “las clases medias tradicionales”. Tergiversa la verdad. Es cierto que la oposición tradicional tiene su base en las clases medias. Pero todo el mundo sabe que la repulsa más reciente fue producto de la convergencia entre la oposición tradicional y la nueva oposición. Y puede afirmarse que la nueva oposición fue tanto o más consistente que la tradicional. En realidad, eso que García Linera llama las clases medias no fue otra cosa que un movimiento ciudadano creciente harto de los manejos del gobierno populista.

Linera trata de disimular las causas reales de ese creciente rechazo social. Y lo digo en plural, porque en buena medida fue una acumulación de motivos. El modelo productivo extractivista que rechazaron los movimientos indígenas; las trasgresiones de las reglas del juego democrático que hizo crecer a los sectores socialdemócratas y liberales; la molestia de los necesitados por el creciente clientelismo en el otorgamiento de ayudas; el incremento de las dificultades económicas por las crisis de 2017 y 2018. Y algo que me tocó observar de forma directa: la actitud de infinita arrogancia que presidia su comportamiento político.

A fines de 2016, García Linera lanzaba su más ambicioso proyecto ideológico: una propuesta regional sobre un nuevo tipo de democracia, la democracia revolucionaria, que sería impulsada desde Bolivia, Ecuador y Venezuela, a la que se sumarían grupos en otros países latinoamericanos. Su lanzamiento escrito tuvo lugar en la Paz en una reunión inolvidable, a la que invitaron algunos círculos de las embajadas y la cooperación internacional (por lo que pude asistir). En la única intervención ideológica, realizada por el vicepresidente, se proponía una democracia que aceptaba las elecciones generales, pero también todo tipo de maniobras para mantenerse en el poder. La democracia representativa era inmolada en la pira sacrificial del populismo (desde luego sin debate alguno).

Pero lo más chocante era la escenografía. Utilizando símbolos y modos indigenistas (algo que las organizaciones indígenas históricas no le perdonaban), las insistentes menciones al “hermano Álvaro” y su sabiduría parecían una mezcla de culto de la personalidad estalinista y atavismo identitario, acabadamente premoderna. Salí de aquel acto completamente consternado, pero entendiendo un poco mejor el odio que provocaba García Linera entre sus opositores.

En la actualidad, Linera acepta que no reconocer el resultado del referéndum sobre reelección fue un error, pero lo considera así porque eso “les dio una bandera”. La idea del respeto a las reglas del juego no es precisamente una de sus prioridades, como buen populista (desde Lenin en su caso). En la entrevista, acepta que el Movimiento al Socialismo (MAS) no forma parte de la izquierda democrática latinoamericana, desde Bachelet a Lula, pero asegura que ese proyecto no corresponde a Bolivia.

En el fondo, al no considerarse parte de la izquierda democrática Linera refleja un problema teórico sustantivo. No capta que en siglo XXI la izquierda es democrática o no es izquierda; que hoy la izquierda autoritaria no es izquierda, que la izquierda violenta no es izquierda, que la izquierda populista, en suma, no es izquierda. Sigue preso de su paleomarxismo, según el cual lo importante es el cambio socioeconómico y no la superestructura de las libertades. No ha entendido que el desarrollo humano es una moneda de dos caras: justicia social y libertad política, lucha contra la pobreza y respeto de las reglas del juego democrático. Algo muy oral, como le gusta decir a Przeworski, “poder comer y poder hablar”.

En todo caso, el aterrizaje en España de García Linera era previsible. En cuanto Pedro Sánchez optó por la alianza con Podemos y Pablo Iglesias consiguió su sueño húmedo de ser nombrado vicepresidente de gobierno, era predecible que Iglesias mostrara su solidaridad con el derrocado Linera trayéndole a España. La vieja amistad política así lo exigía. No hay que olvidar que sólo hace algunos años Iglesias y Errejón se congratulaban desde La Paz de que Bolivia les mostrara el camino.

García Linera acompañó a Evo Morales en su atribulado escape hacia México, sobre todo ante el riesgo de su seguridad personal, y luego también viajó con Morales hacia Argentina. Llegó a Madrid desde Buenos Aires, accidentalmente, el mismo día que la representación diplomática boliviana en España se reunía con el Ministerio de Exteriores español para normalizar las relaciones, tras el incidente de la embajada de México en La Paz. Todo parece indicar que, al arropar políticamente a García Linera, el vicepresidente del gobierno Iglesias entorpece los acuerdos entre la ministra de exteriores Arancha González Laya y su homóloga boliviana Karen Longaric, alcanzados durante el cambio presidencial en Uruguay. Pero la política exterior de España no importa tanto a Iglesias como la defensa del populismo latinoamericano. Quizás porque no hacerlo sería como una traición a su propia naturaleza.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios