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Informe sobre el deterioro democrático en Cataluña

Societat Civil Catalana, la entidad que organizó las manifestaciones multitudinarias en Barcelona el pasado octubre frente al independentismo, acaba de emitir un nuevo informe sobre “Deficits de calidad democrática en Cataluña: la vulneración de los Derechos Fundamentales (2015-2017)”. Se trata de un documento donde se muestran hechos y modos de la violación de derechos cívicos y políticos por parte de las fuerzas independentistas en el desarrollo del tristemente famoso “procés”.

Adelanto que la crítica más clara que tiene a mi juicio este valioso informe es que pone toda su atención en las fuerzas políticas organizadas del secesionismo y se refiere poco a la ciudadanía y la cultura política catalanas, algo que hace difícil explicar la causa de que las burlas reiteradas a las reglas del juego democrático hayan avanzado tanto en la sociedad catalana, además de que se hace blanco fácil de las críticas del secesionismo, que puede hacer esa misma pregunta ¿si hemos irrespetado tanto los derechos civiles, cómo es posible que hayamos ganado seguidores entre 2015 y 2017?

El informe se dedica principalmente a estudiar las principales herramientas de la propaganda secesionista: el adoctrinamiento en el sistema educativo y la pérdida de imparcialidad de los medios públicos de comunicación en Cataluña. Y respecto de ambos temas las pruebas son contundentes. Desde luego, ambas herramientas son poderosos instrumentos de reproducción de una conciencia identitaria que modela la cultura política. Es decir, que son al mismo tiempo causa y efecto de la conformación de la ideología nacionalista.

Pero, sin restarle importancia a estos temas, creo que el análisis debe profundizar más en la calidad de la ciudadanía y en el comportamiento de esa ciudadanía en el sistema político de Cataluña. Comenzando por este último asunto, he señalado en anteriores ocasiones que, a mi juicio, el grave problema que tiene Cataluña es su profunda escisión entre una amplia ciudadanía formal, indiferente a la política catalana, y una ciudadanía activa inclinada al nacionalismo, que han constreñido el desarrollo de la ciudadanía sustantiva, es decir, aquella que se siente sujeta de derechos, que sigue el desarrollo de la política y tiene claridad de que, para lograr cualquier objetivo político, debe respetar las reglas del juego democrático. Y he mostrado que este cuadro de comportamientos (amplia ciudadanía formal, crecimiento de la ciudadanía activa al margen del desarrollo de la ciudadanía sustantiva) es característico de los procesos populistas (y en particular del populismo nacionalista).

Por otra parte, el mencionado informe presta toda su atención al uso partidista de las instituciones por parte de un movimiento político (algo que también caracteriza los procesos populistas). Y al hacerlo presta un enorme servicio al conocimiento de la realidad social catalana. Pero ya se sabe que la calidad de la democracia no sólo depende de la calidad de las instituciones sino también de la calidad de la ciudadanía. Y como acabo de referir, la calidad de la ciudadanía que vive en Cataluña deja mucho que desear. A este respecto, la prueba del ácido está clara: el secesionismo no ha esperado a ganar el corazón y las mentes de una mayoría social suficiente para alcanzar su objetivo político (la ruptura con España), y ello le ha provocado la necesidad de avanzar en la violación de las reglas del juego democrático. “No teníamos otro modo de hacerlo”, respondió Puigdemont a Jordi Évole cuando le mostró al President que no se podía realizar algo tan grave como la ruptura con España sin poseer una mayoría cualificada en el Parlament.

Sin embargo, esa vulneración frecuente de las reglas del juego democrático ha sido procesada al interior del movimiento soberanista como la “astucia necesaria”, el cómodo precio a pagar por la consecución del objetivo. Ahora bien, una ciudadanía que sostiene en el siglo XXI que el fin justifica los medios es simplemente una ciudadanía de baja calidad.

Paradójicamente, esa ciudadanía activa populista está convencida de su superioridad. Lo acabo de comprobar en el curso del debate entre Inés Arrimadas de Ciudadanos y Marta Rovira de ERC, organizado por el propio Évole. En una de sus intervenciones, Rovira dejo deslizar la idea de que el independentismo catalán representa “una forma superior de actuación democrática”, claramente superior en todo caso a la que existe en España. Esta muestra de supremacismo, dicha con toda naturalidad, es un buen reflejo de esa cultura política que confunde el activismo con la ciudadanía sustantiva, lo que le dificulta entender el valor del respeto a las reglas del juego democrático. Claro, el problema es que esa actitud está extendida ampliamente en el movimiento independentista. Afortunadamente, ese sentimiento de superioridad fue lo que hizo que Rovira no preparara bien el debate con Arrimadas, algo que permitió a la representante de Ciudadanos darle una morrocotuda paliza dialéctica. Ojala suceda una cosa semejante entre el bloque soberanista y el constitucionalista en las próximas elecciones del 21-D.

De todas formas, la tarea de recuperar el desarrollo de la ciudadanía sustantiva en Cataluña, en otras palabras, de crear ciudadanía democrática en Cataluña, será una tarea enorme en los años futuros y requerirá, desde luego, de un esfuerzo específico en el plano educativo y de la comunicación social. Por eso hay que poner en valor iniciativas como la que hoy ofrece el informe de Societat Civil Catalana.

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