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No era un mal tipo, ese tal Jorge Martínez Reverte

domingo 28 de marzo de 2021, 10:55h

Si, como habría dicho el personaje Julio Gálvez de su creador, no era un mal tipo ese tal Jorge Martínez Reverte. Si lo sabré yo, que tuve la suerte de pelearme con Jorgito, como le llamaba entonces Ludolfo Paramio. Componíamos por aquel tiempo el grupo de los jóvenes turcos de la teoría política de izquierda que se reunía en la revista Zona Abierta. La publicación había nacido como una operación del PCE para atraerse intelectuales progresistas, que comandaba su secretario de cultura Valeriano Bozal (luego un reconocido historiador de arte). Pero como en otras ocasiones la operación no salió del todo bien: tuvo lugar una rebelión interna de los atraídos que no eran del PCE, encabezada por Paramio, que, a su vez, buscaba nuevos miembros para fortalecer la revista.

Yo había regresado a Madrid en 1975, en plena agonía del dictador, procedente de la Universidad de Leeds, donde preparaba la tesis de doctorado en sociología política con Ralph Miliband. Pero antes había pasado por Paris y había buscado tomar contacto con algunas de las cabezas fuertes del antifranquismo en el exilio. Allí me reuní en su acomodado piso, con el escritor Jorge Semprún, quien, al final de nuestra grata conversación, me sugirió que visitara a Fernando Claudín. Claro, en ese tiempo fue necesario que pasaran dos días antes de poder llamar de nuevo para saber si Claudín aceptaba mi visita. El autor de la Historia del Movimiento Comunista me recibió en su modesto apartamento, y quedé admirado por su conocimiento político, pese a que todavía estaba muy convencido de que el PCE sería la primera fuerza electoral cuando llegaran las libertades a España. En todo caso, el maduro exdirigente del PCE estaba decidido a regresar a España de forma clandestina.

Fue precisamente el caso de Claudín lo que desbordó el vaso en el conflicto dentro de Zona Abierta. Pese a sus promesas de apertura, el PCE vetó de forma rotunda la posibilidad de que ese reconocido intelectual entrara a formar parte de la revista. Así que los dos inseparables amigos, Paramio y Martínez Reverte se hicieron con la mayoría del Consejo y con la cabecera de la publicación. Por ese entonces Paramio me pidió un balance de la situación en América Latina y, como le gustó, me invitó a incorporarme al consejo de redacción. Y allí comenzó una bonita amistad, que duró hasta que se produjo un nuevo conflicto político en cuanto llegó la apertura. Eramos de la misma quinta: Paramio, el físico brillante y ácido, Jorge, el buenazo del grupo, con su pelo rubio ensortijado y sus luminosos ojos azules, y el que suscribe con bastante hambre intelectual. Un grupo que intercambiaba gustos culturales, experiencias vitales e incluso vacaciones de verano. Por cierto, que en una de esas vacaciones conocí a su hermano Javier, con el que hice buenas migas, y tuve alguna experiencia accidentada en el deporte submarino.

Uno de esos gustos culturales iba a marcar la vida de Jorge: la afición por la novela negra. Tanto él como Paramio eran verdaderos devoradores del género. Se ha dicho que la serie de Gálvez que luego creó Martínez Reverte es una emulación del Carvallo de Manuel Vázquez Montalván. Fue algo más que eso. Manolo era el contacto de Zona con la revista Mientras Tanto de Barcelona y cada vez que llegaba a Madrid, buena parte del tiempo la ocupábamos en hablar sobre las nuevas ediciones de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Ross Macdonald y otros tantos. En algún momento llegué a pensar que los tres, fascinados con Manolo, acabaríamos escribiendo novela negra. Pero fue Jorge el único que se dedicó con entusiasmo y constancia a ello.

Con la llegada de Claudín a Madrid y su integración en Zona Abierta, el grupo de joveznos aprendíamos mucho, pero también discutíamos duro con las ideas de transición del viejo, que ya comenzaba a suavizar su previsión de la potencia electoral del PCE. La revista empezó a integrar a intelectuales procedentes del PSOE, Joaquín Leguina, Javier Solana y otros, y, en un momento audaz, decidió realizar una entrevista en profundidad a su secretario general Felipe González. Nunca olvidaré aquella entrevista, realizada en la modesta oficina de González. El encuentro, en buena medida, fue un chasco. Nosotros queríamos tomar el pulso teórico del dirigente socialista y no nos pareció gran cosa, pero él percibió rápidamente que nuestra inclinación conceptual tendía a elevarnos a las nubes intelectuales y que debíamos aterrizar bastante más en la arena política.

Pero fue la impronta socialista lo que preparó el siguiente conflicto en Zona. Ludolfo y Jorge rechazaban el discurso del PSOE sobre la ruptura pactada. Incluso estaban cerca del MC en su opción a favor de la ruptura radical. Paramio publicó en la revista un artículo, cuyo título “Sin imaginación y sin principios”, resumía bien lo que pensaba de la dirección del PSOE. De mi parte -que hacía tiempo me había ligado a UGT- propuse que en el siguiente número redactáramos una respuesta los que no estábamos de acuerdo con aquel exabrupto. Ludolfo hizo sus mayores esfuerzos para evitar que Claudín firmara ese artículo, pero no lo consiguió, así que de forma sutil un mes después supimos que la revista había quebrado financieramente. Terminaba así la época de la revista vital, aunque un año después Paramio reflotó la marca en otro formato.

Y con el fin de esa etapa de Zona, también terminó nuestra amistad. Jorge me lo hizo pagar caro y en su primera novela de la serie, “Demasiado para Gálvez”, me personificó como uno de los malos del relato. Luego la vida hizo que tomáramos caminos diversos. Claudín fue el director de la Fundación Pablo Iglesias, Paramio se hizo bastante más felipista de lo que se podía prever (nos hemos visto algunas veces); Martínez Reverte, después de producir varias aventuras de Gálvez, se inclinó por la reconstrucción histórica de la guerra civil. Yo me fui a Chile y comencé a trabajar con la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, con quien he colaborado más de veinte años.

Pasado el tiempo, celebré coincidir con Jorge en la sección de opinión de Diariocrítico, antes de que se fuera al diario El País. Mas tarde, cuando ya un ictus le había jugado una mala pasada, coincidimos un par de veces en la Feria del Libro donde presentábamos nuestros respectivos libros. Ahora, al conocer la noticia de su definitiva marcha, me duelen varias prendas. La primera que haya tenido que irse un tipo de buen corazón que se reía bastante de sí mismo. La segunda que lo hiciera tan temprano. Hoy día, a los 72 años todavía puede uno sentirse un chaval, como diría irónicamente Julio Gálvez.

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