En los últimos 25 años los sucesos que no vivimos físicamente cada vez ocupan más tiempo en nuestra mente con respecto a los sucesos que sí vivimos personalmente. Una realidad no vivida presencialmente es mucho más maleable que una realidad vivida presencialmente. Construimos nuestra realidad, cada vez más, en base a lo que nos llega por las comunidades digitales en que participamos, donde lo que se mueve es la interpretación que otros hacen de esa realidad. La posibilidad de crear comunidades en internet que generan interpretaciones de interpretaciones alejándose progresivamente del suceso en sí es un hecho. A veces surgen de un problema de autoestima (alguien las inicia porque ve que le da protagonismo y relevancia) a veces con una intencionalidad económica o política.
En el artículo anterior, 'Las personas', se explica cómo la aceptación, liderazgo y éxito de una persona en una comunidad digital depende de los ‘likes’, ‘visualizaciones’ y ‘retutis’. La forma más sencilla de conseguirlos es apelando a las emociones. Por eso las emociones asociadas a un hecho tienden a amplificarse en internet. También por eso todos los días los medios de comunicación se cuajan de mensajes del tipo ‘día histórico’ ,‘el momento en que todo cambió’, etc, mientras la vida de la mayoría, en su quehacer diario, apenas sufre alteración por esa noticia. Lo que sí cambia es el tiempo que dedicamos a pensar en el acontecimiento en sí y la importancia que le damos, es decir, cómo construimos nuestro imaginario y la implicación emocional del mismo.
La gente, en función de su contexto, suele elegir unos medios y personas para informarse y desdeñar otros. Esto, que parecería lógico, en realidad no es del todo cierto. La gente no elige personas y medios para informarse según su contexto, sino según sus emociones, que vienen dadas por un contexto en el que lo virtual cada vez ocupa más espacio. Por eso, en un mismo barrio con un mismo perfil de población a veces una noticia cala de manera muy diferente según quién la recibe, pero esto, en realidad, también es un poco mentira. Personas que han estudiado en un mismo colegio, viven en un mismo barrio y cuyas familias tienen un poder adquisitivo similar pueden pertenecer a comunidades digitales diferentes y, por tanto, tener contextos distintos; más distintos cuanto más distintas sean sus comunidades digitales y mayor espacio ocupen estas en su día a día.
Cuando sucede algo que provoca interés en una comunidad digital se suele repetir un mismo mensaje para esa comunidad rebotando de unos a otros una y otra vez… aunque en realidad lo que más se repite es una misma emoción expresada a través de uno o varios mensajes que narran un mismo hecho, y que tienden, por lo general, a amplificar esa emoción, y esto es relevante porque las personas aprendemos por emoción y por repetición. Lo que sea que pase en nuestras comunidades digitales se quedará grabado en nuestra memoria más intensamente cuanto más fuerte sea la emoción que despierte en nosotros, y lo interpretaremos de una u otra manera en función de si la emoción es positiva, o negativa, afectando y condicionando las decisiones que tomamos fuera del plano virtual.
Se habla mucho del aumento de problemas de salud mental en lo que va de siglo XXI. Existen multitud de textos hablando de desigualdad económica; la concentración cada vez mayor de la riqueza va dejando a la gente joven (la última en llegar a este mundo) cada vez más fuera de las posibilidades de desarrollo a expensas de la ayuda de la ayuda de su familia (cuando ésta es posible) o a la espera de poder heredar (cuando hay herencia), lo cual genera, muchas veces, expectativas de vida truncadas y enormes dosis de frustración. Sin embargo, no se habla tanto del impacto de internet como multiplicador emocional. Millones de personas conectadas entre sí a las que hablan de posibilidades casi infinitas sienten todos los días como esas posibilidades se les escapan. Millones de personas, cada vez más, que han nacido en el entorno digital de la inmediatez, donde cada vez hay que esperar menos (o nada) para disfrutar de este o aquél contenido y que, paradójicamente, ven que su momento para desarrollarse en la vida (vivienda en España o Europa, éxito profesional, etc) cada vez tarda más en llegar, o no llega. Enormes dosis de ansiedad interconectadas entre sí a un entorno donde con vehemencia en función de la fuente se afirma una cosa y su contraria, generando grandes cantidades de ruido y enormes dosis de inseguridad que erosionan el día a día de la gente.
Lo que en principio era una herramienta de comunicación global (internet) que nos comunicaba y acercaba de manera inmediata a la información, se ha convertido también en una herramienta dedicada a la creación de comunidades digitales que giran sobre bulos - sobre todo desde pandemia- que funcionan y ganan adeptos por su capacidad de transmitir falsas certezas frente a la incertidumbre, y dibujar amigos y enemigos nítidos en una sociedad donde lo intangible (lo virtual) cada vez gana más espacio frente a lo material. De la compra de un videojuego o una canción hasta una criptomoneda, realizar un trámite o poner una reclamación, donde continuamente nos enfrentamos a una pantalla sin nadie (al menos de forma directa) al otro lado con quien relacionarnos y hablar. Lo virtual crece y ocupa nuestras mentes cada vez más mientras la sociedad se acelera, los sentimientos se magnifican, y construimos cajas hiperconectadas de soledad.