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Hambre de piel

lunes 21 de diciembre de 2020, 09:00h

Comienza la semana y ya si que estamos en la cuenta atrás, en 10 días estaremos despidiendo a 2020 y recibiendo un nuevo año con nuevas ilusiones, dejando atrás lo malo y anhelando lo bueno. Y hoy además, comienza el invierno. Vuelve la estación en la que empezó todo, en la que llegó el coronavirus, ese que nos dijeron que se iba con el inicio del verano y el final del estado de alarma pero que aquí sigue, un 21 más.

Ayer tuve mi primera reunión familiar y como no podía ser de otro modo, fue a través de una pantalla. Esa reunión se tendría que haber celebrado en Primavera, tíos, primos, hijos de primos, una familia más que numerosa y por tanto incompatible con los usos y costumbres impuestos por el que no tiene ni idea de nuestras tradiciones, el omnipresente y omnipotente coronavirus.

Y como mi familia habrá muchas, somos besucones, pero no de dar un beso o dos, sino por lo menos 4 y de carrerilla. Nosotros no nos abrazamos, nos achuchamos apretándonos, con abrazos de esos largos, nada de compromiso, de los de verdad, de los de sentir el corazón del otro. Ningún sitio lo vemos pequeño, si nos tenemos que juntar pues nos juntamos más y encontramos el espacio. Hablamos a la vez, compartimos platos, nos tocamos, nos reímos con ganas y hasta lloramos... En definitiva, somos más de los que debemos y hacemos todo lo que no se puede.

Así que no me digan que esto es “la nueva normalidad”, porque me niego a aceptar esto como normal. Esto es una “faena”, bueno “una putada”, por la que no tenemos otro remedio que pasar, pero que es cualquier cosa menos normal. Porque nosotros necesitamos piel, necesitamos sentir cómo se siente el otro. Necesitamos demostrar lo que sentimos y necesitamos hacerlo tocando. No quiero tocarme el corazón quiero que me lo toquen. Porque cuando te faltan las palabras o no las hay necesitamos piel. Necesitamos ese abrazo con el que compartes la alegría o la pena, ese que te anima o te consuela o te reconforta o te protege o te cuida o te calma. Ese que es infinito, en el que te sientes en un solo pecho. Unos brazos en los que te sientes segura, en los que sientes que nada malo te puede pasar, en los que te quieres quedar, de los que no quieres salir, esos que sabes que son tu lugar favorito.

Y ahora en este tiempo de pandemia nos falta tanto calor, tanto contacto, tanto... que hasta los expertos en psicología, hablan de un nuevo síndrome: “hambre de piel”. Y la verdad es que yo no le hubiera puesto mejor nombre, porque así es exactamente cómo me siento, hambrienta. Pero mantengo el deseo y la esperanza de que, como diría mi madre, “hambre que espera hartura, no es hambre ninguna”. Ojalá.

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