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La pobreza, antesala de la exclusión social

miércoles 07 de agosto de 2019, 08:40h

Según un informe de FOESSA de hace más de diez años, la mayoría de las personas sin hogar, acogidos en albergues, eran hombres de unos 40 años y alcohólicos. Ahora son mujeres, jóvenes e inmigrantes. 60.000 transeúntes deambulan por las calles sin familia y sin vivienda, mendigando y sobreviviendo en las más duras condiciones de aislamiento y soledad. Casi un 66% de estos transeúntes tiene menos de 25 años. Una de las causas de este crecimiento es la precariedad en el empleo, consecuencia del modelo económico. En 1980, el número de asalariados con contrato temporal era del 5%; subió al 20% en 1987, y al 35% en 1995. Hoy ronda el 40%, y afecta a más de tres millones de trabajadores. Cuando son despedidos, no cobran ningún seguro. Además, cobran un 55% menos que los fijos según una encuesta laboral del Instituto Nacional de Estadística. Como consecuencia de esta situación, se multiplican los problemas de acceso a la vivienda, a la educación, a la salud... hasta sucumbir en la exclusión social donde todo dolor tiene su asiento.

Vivimos enajenados por la falacia de que las cosas no son hasta que las dictan los poderes dominantes. No hay que esperar ley ni permiso alguno para ejercer los derechos fundamentales, como el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de felicidad. Con todos los derechos sociales que de estas premisas se derivan: al trabajo, a la salud, a la cultura, a una vivienda digna, a la libertad de pensamiento y a su expresión por cualquier medio, a la asociación, a la diversidad y, en suma, a la participación en la cosa pública como suma de todos los derechos políticos.

El problema central es el problema del poder. Antes era reconocible; ahora, no, porque el poder efectivo lo tienen las multinacionales que lo han arrebatado a los políticos y que vulneran los derechos fundamentales, no sólo en los países pobres. Human Rigths ha denunciado la vulneración de derechos sociales y laborales en EEUU por corporaciones como General Motors, MacDonalds y General Electric. Como reconoce la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de los 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo, EEUU sólo ha firmado 14. Y si antes los oprimidos podían alzarse contra los poderes tiránicos, fueran reyes o militares, castas sacerdotales u oligarquías, hoy se nos han ido de las manos en el difuso pero omnipotente magma de las corporaciones económico financieras. Es posible rebelarse, porque las derrotas, como las victorias, nunca son definitivas. Es necesaria la revolución de la bondad activa que acelere la llegada del hombre y de la mujer nuevos.

El siglo XXI será el siglo de los derechos humanos porque se va a decidir el destino de la humanidad. Y a esta rebelión y conquista todos estamos convocados porque nos van en ellas

la vida y la supervivencia. ¿Quién dijo que todo está perdido? El ejercicio de los derechos, así como el de las libertades, es un quehacer que no admite demora. Ante nosotros se alzan todas las posibilidades de libertad, de justicia y de dignidad. Mirar hacia atrás, con ira o con nostalgia, sólo nos convertirá en estatuas de sal que se llevarían las lluvias. Y a éstas las necesitamos para abrevar ganados y para regar los surcos que esperan las nuevas semillas de un amanecer más justo y solidario para todos. No para ser reconocidos como personas, sino por el hecho de serlo por naturaleza.

Rescatemos la memoria del olvido. Ante el malestar de un mundo en crisis, es preciso agarrarse a la memoria y hacer espacio a la palabra. Dentro del laberinto de espejos en que se ha convertido nuestra historia hay que tallarlos y convertirlos en cristales para ver lo que podemos ser. “Los espejos son para ver de este lado, los cristales son para atravesarlos y pasar al otro lado”. Y empezar a ser felices queriendo lo que hacemos para superar esta soledad colectiva que hará crisis si nos lo proponemos. Hagamos verdad nuestra memoria para que no haya olvido.

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