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España en bucle

Concluida la desconexión estival, regreso a Madrid. Contemplo el panorama y me parece idéntico al que dejé la primavera pasada. Me pellizco entonces para comprobar que los meses consumidos no son un ensueño veraniego. Ahí siguen los mismos problemas, enquistados en el tiempo, agarrados al suelo, irresolubles aparentemente, sin que los encargados de despejar la coyuntura se atrevan a enfrentarse a ella. Ahí siguen los mismos tipos, gobernando o en la oposición, congelados en una instantánea fija que se repite cada jornada. Nada ha cambiado: los mismos gestos rituales y la misma palabrería catequizadora. Se descorre el telón de la nueva temporada y se repone la misma función que cerró la anterior, con protagonistas semejantes y similares argumentos.

Permanecemos maniatados por la corrupción política y económica: de juzgado en juzgado, de tribunal en tribunal, de redada en redada, con centenares de causas sin resolver, con multitud de inculpados pendientes de juicio o de sentencia, con comisiones parlamentarias de investigación reunidas en el Congreso y en el Senado. En las alforjas de la normalidad democrática pesan demasiado los escándalos que afectan a la mayoría de nuestras formaciones representativas. Casos lejanos o próximos, de anteayer mismo, que ponen de relieve una de las lacras más destructivas del sistema, pero tan repetidas y cotidianas que ya no movilizan a la ciudadanía contemplativa. La izquierda recupera este endemoniado asunto de vez en cuando, pero Rajoy aguanta cada asalto con una flexibilidad de cintura sorprendente.

Ahí sigue nuestro Presidente, dándole vueltas al circuito catalán, sin acelerar el paso, camuflado en el pelotón constitucionalista. Los secesionistas radicales, embutidos en sus banderolas esteladas, encabezan la marcha, tirando del nacionalismo tradicional convertido al independentismo. Acaban de pisotear las flores y los mensajes que las buenas gentes depositaron en la Rambla de Barcelona. Todo les vale para hacer política, incluso las victimas del último atentado yijhadista en España. La burguesía catalana, escondida bajo la cama, espera un salvador que les saque las castañas del fuego. Olvidan que la dictadura republicana que predican las tribus anticapitalistas acabará con ellos. La incertidumbre se acrecienta observando a Rajoy. Permanece inmóvil, estático e impávido, manejando su peculiar interpretación del tiempo y la proporcionalidad. Tuvo que neutralizar al gobierno de Artur Mas cuando sacó las urnas de cartón a las calles, pero no lo hizo. El proceso se fortificó y ahora pagamos las consecuencias. No habrá referéndum, pero la entelequia separatista se resolverá tarde y mal.

La izquierda tampoco ofrece nuevas ideas en la reapertura del curso político. Pablo Manuel Iglesias teje la tela de araña con la que piensa pringar a Sánchez y el redimido dirigente socialista se deja querer. Podemos vuelve a utilizar como señuelo una moción de censura encabezada por Sánchez, aunque sepan que sin Ciudadanos no salen las cuentas parlamentarias. Mientras tanto, sin perder de vista a Iglesias, Sánchez radicaliza al PSOE, recuperando algunos votos por su izquierda y perdiendo muchos más por el centro. Irresponsablemente, todos ellos, de izquierdas o de derechas, estatalistas o nacionalistas, por acción u omisión han encerrado a España en un bucle interminable.

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