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Ruidolandia española

jueves 11 de julio de 2019, 07:41h

Acostado como estaba en la cama, sumergido ya en la penumbra de una noche templada por la brisa del mar, repentinamente, se me colaron por la ventana el tenor protagonista de 'Tosca' y toda la orquesta del Liceo de Barcelona. La extraordinaria música de Puccini retumbó apoteósica en toda la habitación. Una ovación rotunda saludó la interpretación de “Recóndita armonía”. Aproveché la pausa para levantarme y acodarme en la barandilla del balcón. De inmediato se reanudó la función y los acordes de Tosca, procedentes de la megafonía instalada en el Baluarte de la Candelaria, se extendieron por la mar plateada, deambularon por los jardines litorales del Genovés y la Alameda frondosa de Apodaca y ocuparon nuevamente las nobles calles que acogieron en Cádiz a los próceres hispanoamericanos que redactaron la Constitución de 1812.

La pobre Tosca, bien entrada la una de la madrugada, se mató tirándose por el precipicio. Así acabó la retrasmisión televisada del espectáculo, reproducido al aire libre en varias capitales españolas. Se apagaron las pantallas, se desconectaron los altavoces y el silencio volvió a esa maravillosa barriada de Cádiz. Aunque yo ame esa música, debo reconocerles que no se puede imponer a nadie la audición obligada de conciertos y festivales, y menos aún en horarios de nocturnidad avanzada. A lo largo de todo el verano, cuando menos te lo esperas, se repite inmisericorde ese fenómeno insoportable.

En una de mis estancias en la ciudad de Cuenca, coincidente por desgracia con sus fiestas patronales, tuve que escapar de allí despavorido. En el centro de su casco nuevo, muy cerca del rio, se había instalado un enorme escenario. Me temí lo peor. Acerté: desde las diez de la noche y hasta las seis de la alborada, uno tras otro, actuaron orquestas topolino, grupos pop y bandas de rock duro. Una escandalera intolerable. A las cinco horas, según me contaron después, solo había en el lugar unos centenares de jóvenes. ¿Es necesario fastidiar la vida a una mayoría de ciudadanos para contentar a la minoría que participa en este tipo de montajes? ¿Tan difícil es encontrar espacios abiertos alejados del caserío y del vecindario? A la mañana siguiente escuché bastantes críticas de los conquenses desvelados y adormecidos, pero nadie parecía dispuesto a quejarse en el ayuntamiento organizador de la zarabanda.

Y así estamos, rodeados de fiestas, verbenas, encierros, pachangas y petardeos, fuegos artificiales, conciertos, festivales y miles y miles de terrazas ruidosas y pestilentes. Ruido y más ruido, a todas horas y por todas partes, como si España fuera en realidad ruidolandia. Algunos de ustedes me dirán: señor González es usted un aguafiestas, un triste y un cenutrio, que no entiende la alegría veraniega del prójimo y sus ganas de pasarlo bien. Yo me defiendo: comprendo muy bien a los que aprovechan los calores para divertirse, pero reclamo el derecho que todos tenemos a la tranquilidad, la relajación, el descanso, la intimidad, la paz y el silencio.

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