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Crímenes en Cuenca

sábado 19 de septiembre de 2020, 11:29h

Al alba, antes que amanezca la Ley de Memoria Democrática, es obligado recordar que la guerra civil de 1936, llega hasta 1952, cuando es capturado el último maquis.

Es curioso el origen y significación de la palabra, que proviene del italiano corso, para referirse a esas zonas de abrojos y monte bajo, que parecen “manchas” (makkia) desde cierta distancia. Sin embargo, en francés, la palabra se masculinizó para referirse al forajido que se echaba al monte, a la desesperada, sin más amparo que algún cuchillo, machete y fusil, para “desfacer entuertos”, desencantar conciencias y tomar su revancha.

En el caso español, el prurito delirante del maquis estuvo alentado por la esperanza de la ayuda internacional. Sin embargo, Santiago Carrillo convenció a Stalin de la oportunidad de alentar la reconciliación nacional y, a continuación, se acabaron las posibilidades de prosperar del maquis español.

Mientras tanto, durante los doce años largos que van de 1939 a 1952, se suceden muertes sumarísimas sin tribunal sentenciador, secuestros, asaltos, sabotajes al tendido eléctrico, ocupación de pueblos, descarrilamientos de trenes y acciones bélicas de este jaez. Aquellos eran grupos de defensa de la II República Española que ya sólo existía en los archivos de la Historia. Ahora, también se llaman GDR y su república existe, únicamente, en el imaginario del delirio colectivo. La locura, antes y ahora, cuando es colectiva toma visos de realidad y ejecuta sus desmanes como si fueran actos heroicos.

El maquis, la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, AGLA en adelante, cubrió de sangre y espanto las provincias de Cuenca, Teruel, sur de Zaragoza y Guadalajara y parte de Tarragona, Castellón y Valencia. AGLA llegó a contar con 500 militantes, gente joven, compuesta por ex combatientes o ex milicianos y abrumada bajo las cargas de lo aprendido en la guerra. El mocerío pateaba el monte, se refugiaba en cuevas, fumaba, necesitaba comer y beber, amén de otros débitos que no siempre alcanzaban a satisfacer las pocas milicianas y libertarias que acompañaban a la agrupación local.

Esto quiere decir que, además del estraperlo de tabaco, necesitaban robar para sobrevivir, acostumbraban a violar mujeres y abusaban de campesinos indefensos, ocupando (¿o se escribe okupar?) sus casas, despojándolos de sus enseres, la cosecha y los avituallamientos que tuvieran en la despensa. Son las proezas de aquella izquierda, malherida por la derrota.

Actualmente, el maquis, en Santa Cruz de Moya (Cuenca), tiene erigido un monumento de exaltación, conmemorativo de la muerte de siete maquis, el 7 de noviembre de 1948, cuando la Guardia Civil asaltó el Campamento de Cerro Moreno. Todos los años, durante tres días, se efectúa una romería de homenaje, con banderas tricolor, que incluye actos académicos. El alcalde del PSOE, Virgilio Antón Antón, con la aquiescencia de la Diputación, da acogida a las Jornadas de interpretación histórica, en las que se hace el panegírico de aquel pasado. El concurso de la Diputación es, claro está, monetario, ya que el dinero público, al decir de la eximia Carmen Calvo, no es de nadie y se puede derrochar en cualquier fruslería, aunque sea inmoral.

Tales homenajes deben ser actividades precursoras de la Ley de Memoria Democrática, que está al llegar, porque, a la convocatoria de 2019, acudió el prócer ex Director General de Calidad Democrática (¿...?,¡…!)de la Generalidad valenciana. El derroche democrático es tan profuso y generoso que incluso subvenciona una asociación, denominada Gavilla Verde, que se encarga de mantener vivo el pábilo del elogio al maquis. No iba a ser Franco el único que tuviera detrás un coro de hierofantes y adoratrices.

Todo el mundo sabe que el crimen de Cuenca nunca existió porque, transcurridos años del juicio condenatorio, el cuerpo del delito reapareció en su pueblo vivito y ufano, cuando así se lo aconsejó su menguada inteligencia.

Sin embargo, entre El Recuenco (Guadalajara) y Alcantud (Cuenca), tierra de gancheros del Alto Tajo, el 16 de septiembre de 1948, sí hubo cuatro asesinatos y el robo a mano armada de cuarenta campesinos pobres, a quienes los maquis mantuvieron secuestrados y escondidos en las laderas de la garganta, hasta que se hizo de noche. A pocos kilómetros, se celebraba la feria de Priego; todo un acontecimiento entonces, por la cuerda de mulas, venta de lana, compra de aperos de labranza y pertrechos para la casa. Era una feria de verdad, imprescindible, y a ella también acudían, en moto, un teniente de la guardia civil y un número, por si había que poner orden entre borrachos, y, en coche, dos inspectores de la Fiscalía de Tasas, que Hacienda nunca duerme. Los maquis fusilaron a los cuatro al anochecer, a sangre fría y ante el espanto de los otros cuarenta campesinos a quienes antes habían robado y mantuvieron secuestrados, hasta que presenciaron el cuádruple asesinato, que ahora se celebra, entre otros muchos crímenes, cuya memoria late en la intimidad de cada hijo, o nieto de las víctimas.

Por lo que afecta al robo de pobres, aquellos luchadores de leyenda negra pertenecían a la cultura de la UHP. La Unión de Hijos del Pueblo (la izquierda siempre ha pretendido que los hijos no tengan padres y pertenezcan exclusivamente al Estado…) cuya sigla, UHP, era la rúbrica de los contratos de compraventa: alguien iba a la tienda de abarrotes del pueblo, pedía las existencias que tuviera el tendero de cualquier mercancía, las incautaba y, por todo pago, exclamaba ¡UHP!, que era moneda de valor universal, máximo o mínimo, sin atenerse al patrón oro. UHP, como moneda de intercambio, siguió circulando por el territorio español, mientras el maquis se enseñoreó de los montes.

En cuanto a la base y estructura jurídica del fusilamiento, era la misma que se estiló durante la II República, desde que Largo Caballero (PSOE) armó a los milicianos y, reactivamente, José Antonio (Falange Española y de la JONS) armó a sus huestes.

La tendencia fratricida del ser humano está descrita en los mitos, en la Literatura y en la Historia. Si todas las guerras son nefastas, la guerra civil es además trágica, una calamidad desgraciada, cuyas heridas tardan lustros en cicatrizar.

Por eso, un gobernante responsable nunca debe alentar el encono, el odio entre banderías, el maniqueísmo que señala al otro, como si fuera el diablo a abatir. El malo siempre es el contrario: el yo se contrapone al tú, para aventar la desvergüenza y vesania del otro. El gobernante que lo hace, deja sin sentido la existencia misma del Estado que, en opinión de Hobbes, nace para ordenar la convivencia.

En este caso, la Gavilla Verde (el nombre no tiene desperdicio, porque aquello que se siega verde, sin dejar que la planta sazone, sólo sirve para forraje de animales…) es un instrumento de segregación, que ahoga la emergencia del “nosotros”; pone en candelero crímenes atroces, que vende como actos heroicos, desatando la indignación de los hijos y nietos de las víctimas de aquellas fechorías y nos retrotrae al pasado, abriendo las compuertas del odio y el afán de venganza.

Con tal estratagema, tan miserable, pretende el Dr. Sánchez y su cuadrilla fomentar la cohesión de su electorado y acrecentar el rechazo social hacia sus contrincantes políticos, aun a costa de generar una sociedad esquizoide, que sea impredecible en sus reacciones.

La exaltación que hace la Gavilla Verde de los crímenes reales de Cuenca, protagonizados por AGLA, así lo atestigua.

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