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Dar el pego

viernes 27 de noviembre de 2020, 09:58h

Las personas individuales, igual que los pueblos, repiten ciertos eventos que caracterizan su trayectoria existencial. Tales acontecimientos son debidos a decisiones arcaicas, incrustadas en la estructura psíquica individual, o en la sintalidad colectiva, que condicionan las decisiones inmediatas. Dijéramos que “tropezamos en la misma piedra” porque hay una predisposición a hacerlo, hasta llegar a ser un hábito, una costumbre, o un rasgo de carácter.

A esta tendencia Berne, un psiquiatra judío, canadiense, afincado después en USA, la llamó guion de vida. El guión es un artefacto infantil, generado a toda prisa por el niño, con tal de adaptarse a las condiciones de vida existentes en su familia, y a los valores, pautas y exigencias paternas. El pensamiento analógico del niño va decantando decisiones que le resultan beneficiosas, dentro del sistema de ecología social que está viviendo.

Aquel ingente e ingenioso esfuerzo de adaptación, cuando llega la adolescencia y la madurez, resulta inadecuado, porque cambian las demandas externas. Así pues, el individuo tiene dos opciones: A) dejar, en la orilla del camino, el viejo argumento infantil y hacer que cada experiencia, cada demanda, constituya un reto nuevo para su inteligencia, la capacidad de adaptación, conviene recordar la definición que repetía S. Hawking, aunque no era suya. B) Empeñarse en repetir las decisiones antiguas.

Por vía del pensamiento analógico, según el principio de diferenciación en la fratría, cada hermano procura ser distinto a sus pares. Imaginemos: mientras uno es riguroso, preciso, constante, disciplinado, fiel a su vocación, tímido y reflexivo, el otro construirá su andamiaje con improvisaciones, creando soluciones de emergencia con la rapidez del rayo; se mostrará muy sociable, alocado incluso, sin preocuparse de la coherencia y ni del sentido lógico; puede parecer errático, embustero, escurridizo y poco fiable. En realidad, el segundo es un gran jugador, que huye hacia donde puede en cada momento. Entre tanto, su hermano habrá llegado a ser un gran virtuoso dentro de su profesión, caminando, con pasos firmes, siempre en la misma dirección.

Ambos hermanos están en su guión; uno, aparentemente, es triunfador y el otro, a la postre, resultará perdedor. Ante sus retos, ninguno improvisa; los dos son fieles a sus decisiones infantiles.

Dejaremos ir al triunfador a su ritmo, en armonía consigo mismo, llevando el compás de sus metas y logros, y nos centraremos en el perdedor, que vive deprisa, de repartir genialidades banales y ocurrencias trágicas, sin hacer previsiones. Sigamos imaginando que tiene la tentación de dar una campanada y sobrepasar a su hermano, revelándose como un profesional sesudo, una persona de gran talla y madura en sus saberes. Esto no lo puede amañar porque, tal vez, hasta es posible que carezca de hábito de estudio. No es un intelectual. Por no ser, no tiene una personalidad fiable que inspire paz, dé confianza y otorgue seguridad. Sin embargo, por su afán de rivalizar, necesita dar el pego como sea, aun cuando haya de copiar ideas de otros, presentándolas como propias. Si lo descubren, quedará como un farsante; pero, no le importa, habrá dado el pego. Dar el pego. Éste puede ser el lema de su vida, la leyenda que reza su divisa.

Aunque sea Hermes, el dios embaucador, patrón de los ladrones y la alquimia, tres veces Máximo, dotado con el bastón de las serpientes enroscadas…, puede precipitarse desde las alturas olímpicas, porque anda de cabeza, sin poner los pies en el suelo, no se le vayan a romper las alas de sus coturnos. Puede dar el pego tres veces, pero no engañar a todo el mundo, todo el tiempo. Al final, se estrella, por muy divino que se crea.

Si fuera Aquiles, pies ligeros, de talón vulnerable, consentiría que una rata le mordiera el talón, sin hacer sangre no le fuera a contagiar la triquinosis, con tal de esconder su flaqueza de simple mortal. Daría el pego de héroe, aunque la flecha de Paris pueda atravesar al roedor y denunciar la inconsistencia del falso héroe.

Si fuera don Quijote, tendría celos de Sancho, Gobernador de la Ínsula Barataria. No se limitaría a darle buenos consejos para la gobernanza, sino que acapararía el Falcon, con tal de presumir de lo que no es suyo, traer y llevar a sus amigos sólo por darse pisto, ya que “el dinero público (5.000 €/hora de vuelo del Falcon) no es de nadie”. Luego, se escabulliría, ya que el narcisismo sólo puede ser prepotente y ufano, diciendo que él no ha sido.

Si fuera don Juan, le daría el pego a doña Inés, dejándola plantada en el sofá, con la toca descompuesta, lloriqueando y sin esperanzas de casarse. Tirso lo condenó sin paliativos, si bien Zorrilla, el de los ripios, menos moralista, edulcoró el final.

Si fuera político español, quisiera emular a Largo Caballero, que empezó colaborando con la Monarquía de Alfonso XIII, hasta dar con sus huesos en el pacto de San Sebastián, promotor de la República, otro que tal; después, protagonizó el golpe de Estado de 1934, contra la II República; más tarde, se empeñó en “bolchevizar” al PSOE, mira por dónde, y promovió la entrega de armas a la población civil; a continuación, presidió el gobierno de coalición más calamitoso, caótico y sanguinario del periodo y terminó siendo el nº 60.090 de un campo de concentración nazi. ¡Trágica peripecia la de aquel estucador!

La triquinosis es una posibilidad remota y endeble, porque los comensalistas se necesitan mutuamente y se tapan. Sin embargo, si todas las víctimas del embaucador, encabezadas por los próceres del pasado próximo, y más si son afines, hacemos procesiones “plurinacionales” como las del domingo pasado, Paris puede disparar el dardo de las elecciones.

Antes, las cosas tienen que empeorar: el polvorín canario puede estallar, el paro sin remisión dispararse, el insulto de la desigualdad del cupo vasco y el concierto canario, mal calculados adrede, abochornar al resto, la desconcertante ley Celaá irritar a padres y educadores, los jueces han de ser humillados, los independentistas indultados, la prensa amordazada. Y así. A menos que Indalecio Prieto, que ahora se llama Felipe Gonzalez, se plante.

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