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Delito de odio

viernes 30 de octubre de 2020, 11:24h

En el Congreso de los Diputados, el colectivo de Unidas-Podemos ha pedido que se retire del diario de sesiones la titulación de Marqueses de Galapagar para referirse a la pareja Montero-Iglesias, compañeros sentimentales, a más de Excelencias en tanto que colegas del Consejo de Ministros.

Considera el abogado Santiago, antes defensor de las FARC y ahora diputado correligionario de la pareja, que el apodo es insultante y denigra la dignidad de Sus Excelencias. Sin duda, Su Señoría es más papista que el Papa, toda vez que el Excmo. Sr. Iglesias considera que hay que “naturalizar“ el insulto. Esto es, que insultar no menoscaba la dignidad de nadie, porque el sintagma se refiere a algo natural, como decir que alguien es alto o bajo de estatura, de pelo rubio, moreno o castaño. Lo natural no puede ofender, porque es una categoría.

Alega Su Señoría que la casa de Galapagar no vale tanto, ni cuánto. Al menos, antes que la comprasen Sus Excelencias, los dueños anteriores pedían por la finca 1.400.000€. Según las cifras publicadas con posterioridad a la compra, este precio se convirtió en pigmeo, quedándose reducido a la mitad. Yo desconozco quién queda mal, si los vendedores que salieron de farol, pidiendo una cantidad desorbitada, o los compradores que, regateando, regateando, lograron una ganga, una casa de saldo, en la urbanización exclusiva de La Navata, que es como decir territorio de ricos.

En cualquier caso, parece que Sus Excelencias estuvieran haciendo el camino inverso a Felipe Igualdad. Me explico. Hemos de situarnos en 1789, cuando Francia protagonizaba su Revolución, aquella de Libertad, Igualdad y Fraternidad, de la cual vivimos, aunque sea por poco tiempo. Felipe era nieto, por parte de madre, de Luis XIV y, por tanto, tío de Luis XVI; nació duque de Montpensier, luego de Chartres y, por último, duque de Orleans. Tres veces, duque y mil, rico por sus herencias y la inmensa dote de su consorte. Pero, también era un traidor con peluca, ambicioso sin escrúpulos, salaz y mujeriego como buen Borbón.

Como había estallado la Revolución, Felipe se afilió a los jacobinos, dijéramos que a la extrema izquierda del momento y votó la muerte del Rey, su sobrino. Con aquel voto a favor del regicidio, el aristócrata echaba para su coleto despejar su propia subida al Trono. ¡Cuánto iluso ha habido siempre! No tuvo en cuenta que se aproximaban los tiempos de Termidor y nueve meses después de la muerte de Luis XVI, le tocaba el turno de pasar por la guillotina. Ya habían sido proclamados los Derechos del Hombre y del Ciudadano; pero, Felipe hubo de renunciar a sus apellidos, a sus títulos y a su hacienda, eligiendo llamarse Felipe Igualdad. Una vez decapitado, su cadáver fue recogido en un ataúd básico, un cajón, ¡vaya!, y lo cubrieron con cal viva. Más tarde, sus huesos fueron esparcidos en un osario común, consiguiendo así la igualdad absoluta.

Ahora, los tiempos son muy diferentes. Ya no se llevan los traidores a su clase social, que gasten peluca. El ideal es ser progresista y hacer del progreso personal palanca para la movilidad social. Tampoco quedan avariciosos sin límites que ambicionen poseer todos los resortes posibles del poder.

La Igualdad, por su parte, va castrando la salacidad de los machos, para conseguir que sean las mujeres quienes se acuesten con quien les da la gana a ellas, según aclaró la Excelentísima Sra. Montero, en sede parlamentaria. Esperemos que, a continuación, no le dé la gana de implantar la ley de la mantis religiosa.

A la Libertad le quedan días contados. Hay un Termidor a la vista con la Ley de la Memoria Democrática, la de Educación que, incluso, se incauta del derecho de los padres a elegir centro escolar y la intervención de las redes sociales. Tres guillotinas, de cuchillas afiladas que, si el Tribunal Constitucional y las instituciones europeas no lo remedian, nos van a retrotraer a la época de Fernando VII y sus cien mil hijos de San Luis.

En cuanto a la Fraternidad, hoy, en España, se queda en un título para encíclica papal y una práctica discreta de la diaconía parroquial, que palia el hambre, sin preguntar acerca de las creencias. Nada que ver con los 10.000 millones de euros, que va a destinar Alemania a enjugar los daños de la pandemia sobre autónomos y pequeños empresarios. Allí, con la declaración de la renta del pasado ejercicio en la mano, los damnificados tienen derecho a percibir del Estado hasta el 75% de lo declarado…

Nos están arrebatando la Revolución. Sin embargo, Sus Excelencias progresan adecuadamente, aunque sea de forma desigual. A principios del año en curso, por decreto ley, sus sueldos subieron un 2% y, en los próximos presupuestos, tienen a la vista un nuevo incremento, dada la eficacia demostrada en la gestión de la pandemia y sus consecuencias económicas, emocionales y sociales. Entrambas Excelencias juntarán este año más de 160.000€, sin contar gastos de representación y el transporte para ir a comer cochinillo a Segovia

Los títulos de nobleza no se estilan, pero sí la Corte: los 22 ministros, cuatro de ellos vicepresidentes, cuentan con 33 secretarios de Estado, 116 directores generales y 837 asesores. Esto, contando con un Gobierno de España vaciado de competencias, tal como ha demostrado, desgraciadamente, Illa, también Excelentísimo, pero incapaz de reunir el consejo de expertos que decía tener. Y, si carecen de competencias, además de mentir con desfachatez, ¿a qué se dedica tanta gente?

El delito de odio no consiste en poner un apodo, más o menos afortunado, a un servidor público, sino en llamarse andanas, uno a sí mismo, ante los problemas. Tampoco es encomiable vaciar de contenido el servicio que se promete prestar, mantener una estructura mastodóntica perfectamente prescindible, subir impuestos sin piedad, practicar el nepotismo, subir el gasto público un 150% cuando la deuda pública ya es superior a PIB, dejar que el paro se despendole, cargar con el 21% de IVA el uso de mascarillas, manipular las conciencias con información tóxica, sustraerse al control parlamentario y hacer de su capa un sayo en la Mareta y en Doñana, para sestear con o sin amigos y sus hijos, pero, en todo caso, a cargo de los contribuyentes.

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