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Claveles rojos

viernes 30 de junio de 2017, 11:56h

Engañar a los españoles con el cuento de que España era el paraíso terrenal desde abril de 1931 hasta julio de 1936 es fácil. Basta con borrar de las crónicas algunos incendios de iglesias, la revolución que arrasó Asturias, el asesinato del líder de la oposición y algún otro detalle más. Por lo demás es sabido que el alto nivel de vida de los campesinos, la poderosa industrialización y la vanguardista red de comunicaciones que conocieron nuestros abuelos los tenía alejados de conflictos y desencuentros. Desde que terminó aquel capítulo todo han sido calamidades. Las ruinas de la Guerra Civil no se reconstruyeron. España se vio envuelta en sangrientos conflictos internacionales. No se extendió la seguridad social. Los trabajadores nunca pudieron comprarse un piso, un coche o un televisor. Los turistas renunciaron a visitar un país inseguro y carente de instalaciones hosteleras. Las relaciones diplomáticas con los países libres fueron evitadas y aunque se dijo aquello de la décima potencia económica del mundo aquí solo había miseria.

Aquel modo de vida tan ciego no supo desembocar en una transición pacífica hacia la democracia sino que se encerró en un bunker totalitario resistiéndose a toda intención de cambio político. La inestabilidad e inseguridad jurídica creadas por esta conducta hizo alejarse a las empresas de nuestro territorio. La medicina no consiguió unas altas esperanzas de vida y la ingeniería no fue capaz de trazar ninguna obra pública hidráulica, aeronáutica o ferroviaria. La capacidad exportadora se redujo y el comercio interno se arruinó. Ni tan siquiera consiguieron los españoles en tantas décadas de tranquilidad ningún éxito deportivo internacional.

Con este triste panorama de ochenta años de paz y cuarenta de democracia no debe extrañarnos que los españoles desconfíen de la voz de un profeta que les invita a volver a los deliciosos y productivos años treinta. Lo malo es que luego, en cada casa, les cuentan otra cosa y ya no saben a quién creer si a un iluminado llamado Pablo Iglesias o a la abuelita o aquellas agencias cavernícolas de noticias que inventan el cuento de que esta nación crece más y crea más empleo que las otras de Europa. No saben si los turistas que ven por las calles vienen a vivir unos días más alegres que en su país o a ver el parque temático de la corrupción edificando castillos en un páramo. Tampoco saben si la seguridad pública que les garantiza sus libertades es obra de la policía o es la consecuencia de que el terrorismo yihadista nos respeta escrupulosamente en premio a la paciencia oriental con que soportamos la memoria histórica del presidente Rodríguez Zapatero. Pablo Iglesias, como mago de la regresión tiene a su favor la desmemoria histórica de la distancia para que no se recuerde cómo se vivió en su excluyente paraíso republicano y también cuáles eran los niveles de confort y libertad de los regímenes comunistas amigos felizmente desaparecidos de Europa. Pero tiene en contra otras amistades actuales que demuestran cómo se ejerce el derecho a decidir en Irán o Venezuela. Para cumplir a fondo con sus ideas necesita algunas ayuditas. Como por ejemplo para reformar la Constitución de la mayoría con la colaboración de algunas minorías incrédulas del concepto de Nación. Por ello tiene que limitarse a adornarse con algunos claveles rojos muy folclóricos en algún acto conmemorativo. Clavelitos rojos que sí, alguna vez, “Podemos” no los reparte, “no te creas que ya no te quiere -es que no te los puede traer”.

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