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El aborrecible Sánchez

martes 21 de junio de 2022, 11:45h

Contra la presencia amable y moderada de Juanma Moreno y el respaldo fiable y prudente de Núñez Feijóo, el conglomerado sanchista inventó el bulo de que viene VOX para asustar a las ninfas izquierdistas ante la posible llegada de un depredador. Pero los suyos de antaño, según el flojo candidato Juan Espadas, no se movilizaron. Otra mentira. Que el PSOE haya perdido desde 2008 el 60% de sus votos en Andalucía no quiere decir que nadie se desmovilizase sino que cambiaron de opinión o se movilizaron para votar contra la sombra de Pedro Sánchez en cabeza ajena, provocando la mayoría absoluta más absoluta de la historia en el antiguo feudo de un socialismo de parranda y puticlub. Porque no basta con valorar la buena gestión de Moreno en Andalucía y el ejemplo de Feijóo con sus mayorías absolutas en Galicia. Los méritos son de quien los merece pero el resultado no es fruto exclusivo de las bondades de Moreno o de Feijóo sino de la animadversión generalizada y creciente que provoca el presidente del Gobierno Pedro Sánchez entre la opinión pública española, cansada de sus pactos con separatistas antiespañoles e izquierdistas antieuropeos, de su política internacional errática y de su falta de competencia para afrontar una crisis económica.

VOX ganó dos escaños y suma catorce como tercer partido en el Parlamento andaluz. Un resultado irrelevante pero significativo si se compara con el fracaso de los partidos a la extrema izquierda del PSOE a los que minimiza. Es decir que, también, por la izquierda extrasocialista se masca la derrota. Se detecta un cambio de tendencia claro que no se mide en adhesiones incondicionales a partidos ni en redes clientelares, ni en devociones personales. Lo que subyace en el cambio de opinión en la región más extensa de España y con antecedentes de feudo socialista deriva de que los ciudadanos están hartos de sanchismo. Tan hartos que, si el PSOE siguiese siendo lo que fue, sería capaz de decirle a Sánchez la verdad: contigo no vamos a ninguna parte, ni como oposición ni como Gobierno. Vais hacia la nada, como el socialismo francés. Ese Gobierno que la prensa bautizó desde el principio como gobierno Frankenstein, se ha ido pudriendo y apesta. No es el gobierno que España necesita. Eso lo saben los electores en Galicia, en Madrid, en Andalucía o en cualquier parte donde se instalen las urnas. El sanchismo ya no tiene peso electoral propio sino que es un club resistente de perdedores mal avenidos. Por el contrario. El PP gana peso electoral transversalmente, recuperando las zonas próximas desde el centro-izquierda hasta la derecha pura tras liberarse del traspié infantil de Pedro Calvo y sus celos de Isabel Ayuso. El PP no iza la confusa bandera de una coalición mal avenida sino la de una suma de valores que se toman o se dejan, como una oferta ética y coherente y no como un coctel de partidos podridos y contradictorios con los que resiste Sánchez por inercia como un perro guardián de la Moncloa que defiende su finca a toda costa sin otros dientes que los suyos propios.

La perspectiva de un futuro de continuidad con Sánchez se ha convertido en una pesadilla para los españoles y para los extranjeros. Para la Unión Europea, para la OTAN, para Naciones Unidas), para Marruecos, para Argel, para la Santa Ciudad del Vaticano y para los combatientes armados que defienden la libertad de Ucrania. A todas partes ha llegado el desprestigio y la poca fiabilidad de Sánchez. Es una calamidad notoria de esas que los pueblos pugnan por librarse, superando sus antiguas devociones o tendencias. Las futuras derrotas del socialismo en próximas elecciones municipales y autonómicas ya no las pone en duda ni sus partidarios ni sus fichajes de compromiso a alto precio de Podemos, Bildu o Esquerra Republicana de Catalunya.

El sanchismo no puede vetar a nadie ni considerarse más democrático que quienes la ganan terreno en las urnas. Las garras del sanchismo solo sirven para aferrarse al cargo. La democracia no es suya y por eso pisa la calle lo menos posible. Sus colaboradores menos averiados, como Yolanda Díaz, no servirán para levantar la esperanza de otra nueva izquierda mientras ella sigua a su lado como vicepresidenta y cómplice. Hoy por hoy el desequilibrio del sistema proviene de que a la alternancia bipartidista le falta un ala porque Sánchez solo es un alón seco. El constitucionalismo español deberá equilibrarse algún día con la capacidad de depurarse y cambiar de cara. En Madrid, en Galicia, en Andalucía, en Castilla y León, en Murcia a partir de liberarse de hipotecas innegociables, también en Cataluña y el País Vasco. Esto es lo que ha puesto a la luz la catástrofe del izquierdismo en Andalucía. Una socialdemocracia cultivada y expansiva no es posible con un político agotado por su falta de escrúpulos para mantener la ficción del voto parlamentario cuando ha perdido el voto popular y su capacidad normativa depende de los caprichos de un solo escaño. En Andalucía se ha manifestado el voto tranquilo de los ciudadanos conscientes sin definición ideológica concreta pero que no volverá nunca a creer en la palabra de Sánchez. Si existe una capacidad de movilización de la izquierda española solo puede producirse con un candidato que no sea repetir Sánchez. Ese es el problema difícil que no se puede resolver jugando la carta de un Juan Espadas cualquiera o arrastrando un lastre mucho más pesado que Adriana Lastra. El lastre es Sánchez y al Partido Popular le basta con ser lo que es: el único cambio posible a corto plazo.
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