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El agujero negro

jueves 25 de abril de 2019, 10:35h

Cuando hace muchos años Albert Einstein lanzó la teoría de los agujeros negros no fue comprendido por sus coetáneos. La duda llegó hasta nuestros días en que una astrónoma llamada Katie Bouman creó el algoritmo que ha permitido captar la imagen, los agujeros negros del universo eran una hipótesis difícil de comprender para el común de los mortales. Una vez que diríamos que fue fotografiado el agujero se vio como una especie de sumidero, remolino o embudo oscuro por donde lo existente pasaba a convertirse en no existente. Hubo que esperar a visualizar un agujero negro en una galaxia para que su evidencia fuese admitida como incuestionable.

Igual sucede en el universo de la política donde los diversos sistemas electorales provocan agujeros negros por donde muchos votos emitidos dejan de existir como votos válidos. En nuestro sistema proporcional la mecánica originadora del remolino es la llamada regla D’Hondt. El alimento del sumidero proviene de la fragmentación de los grandes partidos. Cuando estos pierden una dimensión de Estado que debe prevalecer sobre los matices o tendencias que pueden coexistir dentro de los mismos y se fragmentan en torno a parcialidades programáticas o personalismos de segundo nivel se consagran divisiones que anulan la efectividad de grandes bolsas de votos que dejan de influir en las fases posteriores del proceso indirecto de elección presidencial que tendrá que efectuarse, en sesiones de investidura, a cargo del voto representado por los diputados.

Se dirá que en una democracia nadie puede privar a los ciudadanos de su derecho a agruparse como prefieran ni a los presuntos líderes del derecho a convocar en torno a su persona a quienes quieran apoyarlo. Esto es cierto, pero el instinto vital debe hacer que agrupaciones o líderes con objetivos políticos superiores, como son la unidad nacional o el respeto a las leyes vigentes, predomine sobre las diferencias parciales, y converjan acordadamente en torno a intereses superiores. Cuando esta convergencia no es factible queda el recurso a los pactos preelectorales entre diferentes partidos, pero estos pactos deben ser previsores y no dificultosos enigmas postelectorales donde la división ha hecho perder volumen al conjunto. Es decir, cuando el agujero negro ha estado operando reduciendo el peso electoral del conjunto hasta ponerlo en riesgo de colapso. Aun así, el último recurso es promover el debate público entre los dos aspirantes a la Presidencia mejor situados, a fin de polarizar la mayor concentración posible de votos entre las opciones principales. Nada de esto se ha hecho.

En España estamos viendo en estos días las consecuencias de una división entre lo que pretende llamarse bloque constitucional o de centro-derecha frente a las expectativas matemáticamente favorables para la acumulación negativa de toda clase de fuerzas contradictorias capaces de apoyar a la personalidad más débil para la defensa del interés nacional. Es la primera vez que se produce este desbarajuste en una convocatoria de elecciones generales y ello disculpa a quienes no ven el agujero negro porque no será fotografiado hasta después del escrutinio. Ese escrutinio en que el agujero oscuro devorará los votos no aplicables a la consecución de escaños y que resultarán perdidos, en beneficio del adversario, por quienes no han querido entender que unas elecciones generales no son para puntuar entre partidos sino para elegir gobernantes entre las expectativas mejor situadas. Es posible que haya que aprender en la práctica lo que no se quiso comprender en la teoría. Esperemos, a pesar de todo, que las imprevisibles vicisitudes de la historia hagan que lo menos malo evite lo peor.

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