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El tramoyista

miércoles 03 de mayo de 2017, 10:46h

Causa estupefacción, ver y oír, como habrán visto y oído cuantos se interesan por estos temas, a un personaje político llamado Iglesias -como se podía llamar Mezquitas- que está dispuesto a presentar una moción de censura para exigir responsabilidades políticas y cambiar el gobierno por otro de composición incógnita. Está en su derecho, siempre que cuente con la firma de una décima parte del Congreso de los Diputados. Pero el hecho de estar en su derecho no equivale a estar en sus cabales.

La moción a que se refiere solo puede resultar efectiva si existe la posibilidad de que sea votada por una mayoría absoluta. No existiendo ninguna posibilidad de que tal mayoría se congregue en torno a una iniciativa de la desprestigiada tropa de Podemos, ni existiendo ninguna posibilidad de que tal caterva se atreva a presentar a nadie presentable para merecer la confianza de la Cámara, la idea del diputado Iglesias no pasa de ser una grotesca fantasmada.

Lo grave para el grupo de pacientes diputados que siguen a dicho señor Iglesias es que su osadía tiene una penalización política muy importante. Si la moción fuese presentada y no fuese aprobada sus firmantes no podrán presentar otra durante el actual periodo de sesiones. Esto quiere decir que el diputado Iglesias está dispuesto a “cortarse la coleta” lo que, en su caso, no es una alegoría taurina sino una realidad traumática que deja mermadas las capacidades futuras del personaje y de su grupo a cambio de un aspaviento estéril. Con mociones como esta el presidente Rajoy puede soñar con una larga legislatura, no solo de cuatro años sino hasta de cinco, como logró en el pasado con la colaboración del extravagante líder de Podemos.

El aspaviento que, según él, pone en un brete a los otros partidos políticos que no secunden su iniciativa, está justificado porque estamos en una situación de emergencia nacional. Tal emergencia es, según él, la llegada de varios procedimientos por corrupción a los tribunales de justicia. Algunos de viejas raíces y otros más novedosos, a la espera de sentencias ejemplares y concluyentes. Ante ello quiere gasear a todo el pueblo español con desinfectantes. Pero no comprende que la patología a curar no es una infección generalizada sino la suma de concretos abscesos purulentos. Se necesitan tratamientos quirúrgicos y no insecticidas.

Lo que propone Iglesias es someter a todo el pueblo español a los perjuicios de la desestabilización gubernamental y las desconexiones internacionales en vez de exigir la aplicación rigurosa de la justicia a los delincuentes. Es decir, barrer para su casa política con el pretexto de la corrupción. Para esta operación ha inventado la leyenda de una trama perversa extendida por todas las células del organismo político menos por las suyas. Una vez propalado este engaño con autobuses, mascaradas o escenografías diversas, viene el trampantojo final: la escena parlamentaria de una moción de censura sin pies ni cabeza. Que es lo que quiere decir una proposición sin candidato a la presidencia ni concreción de programa. Es la gran tramoya frente a la trama. La tramoya como decorado teatral sin consistencia sólida para suplir la ausencia de una oposición política razonada.

Mientras Iglesias entretiene a los suyos con su tramoya Rajoy resuelve lo que le importa que son los Presupuestos Generales del Estado. Con los presupuestos probablemente aprobados la moción de censura referente a corrupciones encausadas es revolver la basura en el vertedero. Exhala mal olor pero no impide que la estabilidad triunfe, aunque sea como mal menor, frente a las amenazas del populismo. La estrategia inoperante de Iglesias resulta ineficaz frente a la corrupción y es una ofensa para los ciudadanos a quien toma por tontos. Tontos liberales, tontos socialistas, tontos nacionalistas, todos serían necesarios para que la tramoya tuviese efectividad. Pero no parece que los españoles en general y quienes los representan institucionalmente vayan a prestarse a actuar como tontos al servicio de la megalomanía del pequeño líder. Ningún grupo parlamentario consistente ni ningún sector de la opinión pública en la calle ha tomado en serio la tramoya populista. El tramoyista que ir pensando cómo puede desprenderse de su tramoya cuando el ridículo llegue a su clímax. La duda es si será antes de presentar la farsa o después de representar la función. Ni Nicolás Maduro es capaz de maniobrar con tanta torpeza.

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