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El viento se llevó el precio de la luz

jueves 25 de noviembre de 2021, 11:11h

No es fácil que el Gobierno explique cómo va a cumplir la promesa de rebajar el precio de la luz a base de molinos de viento que producen la energía más cara e imposible de almacenar. En su tiempo don Quijote se encontró con molinos moviendo sus aspas y, quizá acostumbrado a verlos parados más veces por falta de viento, los tomó por potentes gigantes que amenazaban con sus grandes brazos. Su visión desaforada por la locura le hizo ver titanes en lo que solo eran sencillos artilugios para convertir el trigo en harina cuando el aire soplaba con suficiente intensidad. Así le sucedió a la izquierda española cuando supuso que la energía eólica movería sus generadores de electricidad con potencia suficiente para, acompañada de las placas solares, sustituir a otras fuentes de energía no renovables en su idea ilusoria de basar la autonomía energética de esta nación, víctima de sus desvaríos, en tan simples elementos. Llenaron los paisajes de aparatosos generadores metálicos que unas veces se movían y otras no, difíciles de transportar, de montar y de reciclar sus restos cuando se averían. Eran artefactos que producen la energía más cara, cuando la producen, y que han absorbido inversiones multimillonarias distrayéndolas de procedimientos más constantes para la producción a precios competitivos de lo que un gran país necesita para el confort de sus habitantes y la capacidad de producción de su industria.

La fuerte dependencia del gas procedente del norte de África, torpemente descuidado por la diplomacia izquierdista, ha puesto a España en desventaja con respecto a los demás países europeos que siguieron estrategias más prácticas para reducir su dependencia exterior y mantener precios menos disparados para su electricidad. La izquierda hizo en España el gran estropicio de convertir la producción de energía en una batalla ideológica en vez de en un cálculo técnico. Una nación que había alcanzado un alto nivel en el desarrollo de la industria nuclear, sin incidente alguno y con resultados comprobables, hasta conseguir con un mínimo de instalaciones el 22% de la energía que consumimos hoy, ha tenido que comprar electricidad nuclear al vecino francés, con 56 centrales funcionando y el propósito de construir más, mientras Felipe González paralizó a partir de 1982 un plan de construcción de cinco nuevas centrales programadas y Zapatero cerró otra. Todo con el cuento de la reducción de emisiones cuando es sabido que la nuclear es la energía que no emite más que vapor de agua limpia y el progreso y bienestar de las poblaciones vecinas a sus instalaciones está a la vista de quienes quieran visitarlas. Sus residuos radioactivos son mucho más fáciles de enterrar que la chatarra residual de placas y molinos multiplicados sobre el campo como políticamente correctos.

La energía inagotable de las estrellas, reservada por la naturaleza en el corazón de los átomos fue estigmatizada en el vulgar argumentario izquierdista, reaccionario y anticientífico, para perjuicio de una nación carente de combustibles fósiles. Cerca está el ejemplo de los vecinos franceses seguido en la Unión Europea por Hungría, Polonia, Croacia, Bulgaria, Rumanía, Finlandia, Eslovaquia, Eslovenia y República Checa, si no olvido alguna más. Otros, como Alemania, Austria, Dinamarca, Luxemburgo y Portugal, apostaron fuertemente por el gas continental llegado del Este y hasta resucitaron el carbón, como ahora parecen reactivar con carbón importado la central gallega de As Pontes. Pero a nadie se le ocurrió el capricho de apostar mayoritariamente por las mal llamadas energías renovables, caras de precio y que no pueden almacenar reservas y solo producen cuando el sol y el viento están de buen humor.

La izquierda es tan insensible a las tradiciones que no parece conocer aquella canción gallega que dice traducida: “Una noche en el molino –No es nada– una semanita entera –eso sí que mola”. La canción refleja el escepticismo con que nuestros antepasados tomaban el trabajo inconstante del viento, aunque les diese otras satisfacciones tales como la picardía erótica que se traían mozas y mozos con aquel pretexto para trasnochar fuera de casa en los molinos a manera de discotecas y no perderse horas de molienda y lujuria. La izquierda ideológica es culpable del problema que dispara el recibo de la luz porque nunca entendió lo de que “Una noche en el molino no es nada.” Sus propuestas para intentar moderar el recibo a base de rebajar algunos impuestos de los que soporta su factura, es solo cortoplacismo y autoengaño. Recortar beneficios y bajar unos impuestos para subir otros, solo son frenos al desarrollo económico de un país necesitado de estímulos. Más nos valdría mejorar las interconexiones con la Francia nuclear y apostar por las nuevas microcentrales en vías de multiplicar fuentes de energía transportables y disponibles todos los días y a todas las horas sin emisión de CO2. Pero la rectificación no llegará nunca de manos de una izquierda que ha regalado al pueblo español la exclusión ideológica de una fuente de energía que ha provocado el más grave frenazo en su progreso. No rectificarán nunca porque los prejuicios ideológicos son como las supersticiones fetichistas, inseparables de la demagogia. El precio de la luz se lo llevó el viento de la izquierda.

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