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El voto limpio

viernes 22 de diciembre de 2017, 10:42h

La noticia histórica de las elecciones celebradas en Cataluña es que, por primera vez, un partido, claramente españolista pero sin sello oficialista, ha resultado ser el primer partido de Cataluña en votos y en escaños. Un partido sin antecedentes de gobierno a sus espaldas, con una candidata joven, no nacida en Cataluña y con apenas dos lustros de residencia allí, con un lenguaje sencillo pero contundente, se ha convertido en la fuerza más votada en aquel territorio. Un resultado que derrumba toda pretensión del independentismo de imponerse como espejo de un pensamiento único en una sociedad monolítica. Sin embargo, en contraste, dicho independentismo aparece petrificado como un fósil inasequible a cualquier atisbo de racionalidad política.

Los posteriores sucesos se producirán cuando haya que asumir la formación de un gobierno en una comunidad fracturada que deberá componer un equipo sin una mayoría popular contundente y conjuntando las piezas mal recompuestas de un independentismo que no crece pero permanece inmune en su utopía nacionalista. No da la impresión de que el resultado va a ser capaz de hacer nada mejor que lo que ha podido hacer durante treinta años de dogmatismo, desgobierno y mala economía. La apariencia de continuidad del proceso independentista es irreal, con un retroceso mínimo de votantes y sin otra programación clara que el factor identitario y sin voluntad de servicio a la unidad de los catalanes dentro de la unidad legítima de España.

No son estos días para perderse en divagaciones sobre cómo y con qué tiempo deberían haberse hecho los deberes de unos y de otros. Pero es el tiempo de celebrar el síntoma de buena salud que representa el ascenso de “Ciudadanos” a la delantera de la política catalana como un impulso joven y fresco liberado de los vicios que, a través de treinta años han contaminado y desconcertado a los cuadros políticos de los viejos partidos actuantes en el escenario catalán. A los nacionalistas y a los constitucionalistas, unos y otros lastrados con retóricas inertes, manchados con los olores de corrupción que han desprestigiado a unos y otros con la carcoma incansable de la madera noble de los sentimientos políticos, y con la falta de veracidad en sus mensajes, principios y convicciones y en la falta de claridad de sus estrategias para triunfar sin engaños, componendas y oportunismos.

Han sido muchos años de concesiones injustificables desde los partidos con responsabilidades generales de gobierno y de traiciones y contraprestaciones de los partidos con responsabilidades en el área autonómica. Han sido muchos años de podredumbre tolerada, fomentada y dialogada hipócritamente. En este paisaje el voto de “Ciudadanos”, aunque no resuelva prácticamente el laberinto de la política catalana de estos días, es un factor de inflexión que permite pensar que en el futuro próximo todo es posible y que esa atmósfera viejuna, anacrónica, antiespañola y antieuropea no va a ser la marca perniciosa que condicione exclusivamente un porvenir sombrío.

Han quedado atrás los delirios plebiscitarios que soñaban con una república independiente aceptada sin reservas por un consenso social arrollador y sin una respuesta operativa nacida en el interior del pueblo y no como un apéndice cansino del centralismo. El blindaje mental del victimismo y del fanatismo vuelve a poner a un personaje tan deplorable como Puigdemont como caudillo de una causa inflexible y condicionada por pactos entre rivales socialmente enfrentados. Frente a este paisaje otoñal aparece “Ciudadanos” con un crecimiento vigoroso que, si bien ha absorbido votos de las propuestas a medio gas de socialistas y populares, representa algo más que la suma de los votos prestados. Representa nuevos electores liberados de ataduras que dormían el sueño de la resignación y de la incuria y que se mantenían narcotizados para no estorbar diálogos partidarios ocultos a la sensibilidad popular. La verdad del ascenso de “Ciudadanos” ha sido la fuerza del voto más limpio y más transparente. Su trayectoria creciente es el síntoma de que Cataluña está viva dentro de una España con futuro. Un síntoma que repercutirá más allá de Cataluña. Esperemos que tomen buena nota quienes creen que los problemas políticos pueden resolverse solo con freno y marcha atrás.

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