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Gibrexit

lunes 10 de abril de 2017, 11:07h

Los moradores de la colonia británica parecían tan identificados con la Gran Bretaña como Rudyard Kipling. Eran más ingleses que la Torre de Londres. Hasta que triunfó el Brexit. El Brexit tiene un aroma netamente británico, como el humo de la pipa de Sherlock Holmes. Suena como el famoso parte meteorológico: “Niebla en el Canal de la Mancha. El Continente aislado.” Con aquel espíritu, los moradores de Gibraltar debían haber reaccionado ante el triunfo del Brexit: Niebla en el Campo de Gibraltar. España aislada.

No ha sido así. El Brexit no les gusta a los moradores del Peñón. A los moradores del Peñón les interesaría más seguir sin cambios, como un extraño apéndice colonial de un Estado de la Unión Europea y no convertirse en una reliquia aislada de un viejo imperio. Una reliquia que ha pasado de ser para España una fea verruga a convertirse en una llaga abierta para la economía del euro, situada fuera de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Preferirían seguir siendo, simultáneamente, reliquia incorrupta de un imperio colonial y paraíso fiscal de la Unión Europea. Pero esta combinación no puede amalgamarse porque, además, es imposible, como diría el maestro de las redundancias.

En consecuencia, lo conveniente sería que el señor Picardo promueva un concurso de politólogos para elaborar la nueva doctrina llamada Gibrexit que ya no sería convergente con el Brexit imperante en el Reino Unido sino una dimensión paralela. Es decir, una doctrina exclusiva propia del Derecho de Autodeterminación mediante la cual los moradores del Peñón puedan legitimar una nueva condición de sociedad bicéfala, como colonia de un Reino Unido y territorio vinculado a una Unión Europea. Tal hipotética sociedad bicéfala lo mismo podría albergar un establecimiento militar que un casino de juego. Todo es bueno para el negocio. El problema es que con la Unión europea solo se pueden asociar Estados libres y no colonias dependientes de soberanías ajenas y, por parte del Reino Unido no se puede admitir que un Peñón se autodetermine sin liberarse primero de su condición de querida colonia. Solo podría mediar en esta metamorfosis esa antipática Península europea aislada al norte del Peñón que, de cuando en cuando, alega los papeles de un viejo tratado de Utrecht que le reintegraría el dominio de la casa si el actual inquilino se marchase, lo que no sucede ni se espera que suceda en plazo previsible.

Theresa May, jefa del Gobierno británico, no perdió tiempo en explicar su postura a Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo; “El Reino Unido buscará el mejor acuerdo posible para Gibraltar en el contexto de la salida del país de la U.E. y no habrá negociación sobre la soberanía de Gibraltar sin el consentimiento de su gente”. Esto quiere decir, en primer lugar, que el estatus atípico fiscal y legal de Gibraltar será cambiado por “el mejor acuerdo posible”, dentro de las condiciones a tratar en un futuro inmediato entre el Reino Unido y la Unión Europea, con el consentimiento de España, para definir ese “mejor acuerdo posible” que no será, en ningún caso la pura continuidad de la situación actual. En segundo lugar, quiere decir que solo se negociará la soberanía, por parte del Reino Unido, si hay consentimiento “de su gente” para negociar pero no formando parte su gente de la negociación. Es decir, que la señora May no se compromete a mantener el estatus actual sin límites sino que traspasa la incómoda pelota al campo de los espectadores, a la espera de que estos tengan a bien devolvérsela o retenerla paralizando el desarrollo del juego. Este traspaso parecía suficiente cuando “su gente” disfrutaba de un estatus atípico a la sombra de la bandera europea que ondeaba junto a la española y la británica en los mástiles de Bruselas. Habrá que ver si “su gente”, o lo que quede de ella, o la que venga en el futuro, que es la gente peculiar de la Roca y no los ciudadanos de la metrópoli, según la denomina Theresa May, va a preferir una bandera colonial nacional o una bandera internacional, ya que ellos mismos son instintivamente internacionales. Porque esa “gente” no es la guarnición heroica de una instalación militar sino la beneficiaria subsidiaria de un paraíso financiero. La instalación militar no es una cuestión a resolver con esa “gente”, sino dentro de la OTAN, de donde no se han marchado, sino que permanecen en amor y compañía España y el Reino Unido con Brexit o con Gibrexit.

Hasta marzo del 2019 el Brexit no se habrá verificado prácticamente según el artículo 50.3 del Tratado de la Unión Europea. Hasta entonces, el señor Picardo y sus asesores de la administración colonial pueden meditar si se conforman con encogerse en el bolsillito del traje a la medida que negocie la Gran Bretaña del Brexit con la Unión Europea o si se buscan la vida con un Gibrexit que transforme su estatus colonial en una nueva fórmula de conciliación entre Gran Bretaña y España, concebida de tal manera que se pueda presentar en Naciones Unidas como punto final de un proceso de descolonización y principio de una nueva amistad.

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