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Hablando de pintura

jueves 22 de julio de 2021, 12:03h

En algunas ocasiones hice referencia al cuadro de Miquel Barceló que es fondo frecuente de los Consejos de Ministros en estos tiempos de pandemia. Me llamaba la atención que nadie más que yo reparase en la imagen pavorosa de este cuadro titulado “L'Atelier aux sculptures” y el ambiente pesimista que provoca. Hace unos días vi, por primera vez, una columna que firmaba en ABC, Ángel Antonio Herrera, quien bajo el título de “Arte de ambiente” discurre sobre este cuadro de Barceló y otro de Tapies que, al parecer, adorna las reuniones de Pere Aragonès, comentando que, quizá, sus autores preferirían ver a sus cuadros tras otros protagonistas. Yo no interpreto lo que pensarán estos artistas de la actual localización de sus obras. Del cuadro de Antonio Tapies no puedo hablar porque no lo recuerdo. Si se ve tras la figura de Pere Aragonès no es extraño, pues es un personaje anodino que no despierta mi atención ni él ni sus circunstancias. El de Barceló tiene una colocación tan encumbrada, decorando la reunión del maxigobierno de Sánchez, que no puedo evitar mi asombro porque un presidente tan pagado de su propia imagen no se haya percatado del pronóstico siniestro que auguran esos gatos escuálidos, vagando famélicos por un recinto desordenado y decadente entre esculturas abandonadas. Es como si Pedro Sánchez eligiese para poner a sus espaldas un “Sic transit gloria mundi” de Juan Valdez Leal.

El problema de las obras de arte es que tienen mensaje. Por indiscutibles que sean no pueden colgarse en cualquier sitio. Aunque eligiese el “Cuadro de las lanzas” de Velázquez o el “Guernica” de Picasso no podría evitar que el observador pensase que recordaban una rendición o un bombardeo y que aquellos ministros y ministras no estaban reunidos para celebra rendiciones ni bombardeos. Detrás del presidente de un consejo de ministros solo debía verse un escudo de España, un retrato del Rey, un mapa, o un paisaje inocente. Los gatos desorientados solo recuerdan a ministros cesantes o a contribuyentes exprimidos. No son el decorado optimista propio de un Gobierno de recuperación, ya que no le dio suerte al Gobierno saliente que, además de consumido en su propia incompetencia, se vio afectado por la mala sombra de una pandemia.

Los cuadros deben moverse buscando emplazamientos significativos. Picasso, que no se dignó entrar en el museo de El Prado cuando le nombro director la República, ha entrado de prestado bajo el reinado de Felipe VI. Al cuadro lo han colocado entre “El bufón Calabacillas” de Velázquez y los asténicos caballeros de El Greco. Es el retrato de una mujer dislocada que se acomoda bien entre un desquiciado y los descarnados caballeros de El Greco. Está bien porque los museos no son cementerios de cuadros muertos sino palacios donde habitan cuadros vivos capaces de moverse para expresar sus mensajes de advertencia sobre determinadas circunstancias. También se ha movido “El coloso” de Goya que, tras una temporada de destierro en los almacenes volvió a ocupar el puesto que le correspondía entre las otras pinturas del genio aragonés. Es el más Goya de todos los Goyas y solo la pedantería y la vanidad pudieron castigarlo a la sombra de la duda. Ha tenido suerte que, durante la condena, alguien no tuviese la idea de indultarlo y colgarlo a título de depósito en algún organismo oficial. Porque, en verdad, es un cuadro político que recuerda al monstruo que amenaza a la libertad del pueblo. En un emplazamiento gubernamental, en nuestros días, nos recordaría al proyecto que Pedro Sánchez ha enviado al Congreso para reformar la Ley de Seguridad Nacional. El proyecto nos hace recordar a ese coloso totalitario que asoma su corpachón intervencionista para aprovechar situaciones excepcionales y confiscar derechos y libertades de los ciudadanos. Rehuyendo las garantías y contrapesos propios de un Estado de Derecho. Se pretende hacerlo con una ley ordinaria que engrose los poderes presidencialistas sin otro respaldo que el de la mayoría simple de los partidos cuya única meta es agrietar el edificio constitucional que garantiza la libertad e igualdad de los españoles, no para reforzarlo sino para parcelarlo con particularismos insostenibles en nuestra época. Sea, por tanto, bienvenido el retorno de “El coloso” que es una advertencia y un mensaje acorde con las otras pinturas de Goya que evocan la reacción popular en mayo de 1812.

En la Puerta del Sol, que fue un escenario goyesco, pinta en estos días, rodeado de gente, Antonio López un panorámico paisaje urbano. Guarda sus bártulos de pintor en la Real Casa de Correos, hoy sede de la presidencia de la Comunidad Madrileña. Goya, en su tiempo, no podría pintar tan tranquilo en los días en que un coloso había ocupado Madrid. Esta vez la amenaza es menor y quien amenaza a la Puerta del Sol solo es el gigante de los cabezudos. Pero ¡cuidado! La procesión de gigantes y cabezudos está en marcha con su tufo venezolano. Quizá la pare el paisaje de Antonio López o la devoren los gatos escuálidos de Miquel Barceló.
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