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En boca cerrada...

jueves 22 de julio de 2021, 12:04h

Si hay un ministro excéntrico y hasta estrafalario en el gobierno Sánchez, quien se lleva la palma es sin duda Alberto Garzón, ministro de Consumo. Si no fuera porque las afirmaciones que se permite lanzar en público son de una gravedad extrema porque ponen en riesgo miles y miles de puestos de trabajo y porque afectan directamente a los sectores económicos contra quienes lanza esos misiles dialécticos, a Garzón podría considerársele como un ministro florero, inexperto, falto de preparación técnica y política, y con un afán indisimulado de poder.

Garzón mejor debiera figurar como integrante del gobierno de la República democrática de Freedonia que los hermanos Marx (Groucho, Harpo, Zeppo y Chico), popularizaron en Sopa de ganso a mediados de los años 30 del siglo pasado. Claro, que las vicisitudes de los espías del país vecino que incluso consiguen ocupar una cartera en el gobierno de Freedonia, pensábamos que sólo era posible encontrarlos en la gran pantalla. Pues no, Garzón es ministro de Consumo en un gobierno real, el de Sánchez, para intentar destruir primero la economía y el consumo y después dinamitar también los mecanismos institucionales del país y desde el mismo seno del gobierno.

Creíamos que el último de sus consejos lanzados desde la atalaya del ministerio, el de que los españoles reduzcan al máximo el consumo de carne, no sólo ha puesto en pie de guerra a todos los ganaderos y productores cárnicos españoles sino que, incluso, ha motivado también respuestas públicas de desautorización por parte de su compañero en el Consejo de Ministros, Luis Planas (Agricultura), y hasta del mismo Pedro Sánchez recordándole al neoconverso a la alimentación vegetariana-aunque en la intimidad ofreciera a los comensales de su propia boda un suculento plato de carne-, que las bondades de un chuletón al punto, “eso es imbatible”.

Pero nada nos importarían las contradicciones personales del señor ministro si con ellas no propiciaran el empobrecimiento de todo un sector económico español, el de la ganadería y los productos derivados de la carne, un asunto de extrema gravedad cuando se fundamentan en las consideraciones de todo un ministro del ramo. Y no es este el único pequeño desliz que se ha permitido lanzar el señor ministro en su corta pero fecundísima carrera de excentricidades y excesos verbales con las lógicas consecuencias de pérdidas millonarias en la economía del país. Los sectores del aceite, el del jamón ibérico, la hostelería o el turismo -todos ellos esenciales en nuestra economía-, saben muy bien que no estoy exagerando un ápice. En otras palabras, que no es nada nuevo en su curriculum político, que llueve sobre mojado.

De esperpento, cuando menos, pueden calificarse también las razones esgrimidas por Garzón para intentar echar balones fuera del gobierno a la hora de justificar los meteóricos ascensos del recibo de la luz en los últimos meses, que nos han llevado a batir records casi diarios (el martes pasado, sin ir más lejos, el precio alcanzó los 106,57 € por megavatio hora, nuevo máximo histórico).

Para el líder de Izquierda Unida y ministro de Consumo -¡cómo no! -, en lugar de buscar soluciones para mitigar la tendencia alcista del precio, es mucho más importante encontrar excusas que justifiquen la inacción del gobierno. Así, las últimas razones del fenómeno alcista habría que buscarlas en Europa, en el Partido Popular, o en el desmedido e imparable afán de las empresas eléctricas españolas por engrosar su cuenta de resultados y- probablemente, y si me permiten el exceso-también en la falta de sexo o de género de los ángeles.

Todo menos intentar explicar racionalmente que esa escasez y carestía creciente de la energía se debe a la falta de un serio y verdadero plan energético nacional, primero, y después a los múltiples y progresivos impuestos estatales que gravan la energía y a los que el gobierno no está dispuesto a renunciar, a la descabellada política energética planteada que obliga a nuestras autoridades a obtener el gas o la electricidad en los mercados internacionales pagando cuantiosas sumas a países vecinos (Argelia y Francia sobre todo), al no haber compensado la política de extensión de las renovables con la potenciación de la energía nuclear, mucho más barata que cualquiera de las otras formas alternativas de energía pero que siempre –no sé muy bien por qué-, ha sido denostada por las izquierdas…

Pero lo que verdaderamente deja al ciudadano con la boca abierta ya no son siquiera todos esos excesos y salidas de tono de un ministro cuya sola existencia es la prueba del nueve de que en España cualquiera puede llegar a serlo, sino la falta absoluta e inmediata de consecuencias políticas por los continuados errores de apreciación, de acción o de omisión en el ejercicio de su actividad.

Creíamos que su hora había llegado en la reciente remodelación del gobierno Sánchez, pero el jefe del ejecutivo, después de consultar -como debe de hacer diariamente-, con su espejito maravilloso, decidió dejar las cosas de Unidas Podemos en el gobierno exactamente como están, no vaya a ser que ese otro brazo dentro del ejecutivo se sintiese molesto, lanzase los trastos por la ventana y, consecuentemente, fuera después el propio Pedro Sánchez quién siguiera el mismo camino y tuviera que abandonar la Moncloa.

La inusual, sorprendente y durísima desautorización pública de un ministro hecha por el propio Pedro Sánchez es inexplicable que no haya traído como consecuencia inmediata la destitución de Garzón al frente del ministerio de Consumo, un ministerio que en gobiernos anteriores no pasó de ser una dirección general sin que por ello los españoles vieran reducida su capacidad de consumir, o vieran deteriorada la vigilancia, la trazabilidad y, en definitiva, la calidad final de cuantos productos llegan al consumidor final.

Ya hemos tenido cumplidas pruebas del grosor de la epidermis del presidente del gobierno, de su capacidad para conciliar el sueño incluso con Pablo Iglesias como vicepresidente, y de su habilidad para cruzarse durante unos segundos ante la egregia figura del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, y transformar luego ese ínfimo cruce de caminos presidenciales en toda una cumbre hispano-norteamericana. Está bien, pasamos por ahí, pero no podemos aguantar ni un segundo más al frente del ministerio de Consumo a un político sectario, inepto, excéntrico, incoherente y pretendidamente ocurrente porque cada vez que habla Garzón las cuentas de resultados de miles de empresas españolas salen perjudicadas y, consecuentemente, son también miles los despidos que más temprano que tarde, van a tener lugar en ellas.

Y todo eso, además, cuesta al contribuyente español la nada insignificante cifra de más de 40 millones de euros, presupuesto del ministerio de Consumo, con el objeto principal de cargarse el fin para que se supone que se ha creado un organismo como ese. Surrealista, kafkiano, España no merece esto.

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