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Illa, el aplazado

lunes 18 de enero de 2021, 10:57h

No hay nada más importante para un Gobierno en nuestros días que vacunar a la población frente al coronavirus. En España es urgente vacunar al 70% de la población antes del verano. Para salvar vidas, por supuesto, pero también para ser un país visitable. Pero al ritmo desordenado que estamos contemplando se puede tardar más de un año en vacunar a la población no de riesgo, si exceptuamos a esos alcaldes socialistas que se han vacunado con las dosis “sobrantes”. No es porque nuestra nación carezca de recursos humanos y medios logísticos suficientes para desarrollar un plan de vacunación rápido, sino porque el Gobierno no puso en favor los medios adecuados, a parte los problemas de suministro provocados por los laboratorios. El ministro de Sanidad fue nombrado con frivolidad evidente pensando que su función era subsidiaria. Ahora se ha convertido en el gran vacunador oficial como ministro deficiente y candidato aplazado. Solo a la mente retorcida de Pedro Sánchez se le puede haber ocurrido la estrategia grotesca de, en medio de una pandemia descontrolada, mantener un ministro a tiempo parcial y un candidato electoral a la Generalidad de Cataluña, con escasas expectativas de éxito.

El ministro de Sanidad, que debiera ser el impulsor de un plan de vacunación general, aparece entretenido en una candidatura para la que anunció que dejaría el cargo. El retraso de aquellas elecciones, de momento tres meses, precisamente por malas circunstancias sanitarias, según los promotores del aplazamiento, deja a Salvador Illa entre dos aguas. No se sabe si es ministro o candidato durante estos meses clave en que un ministerio eficaz y competente sería la pieza necesaria para impulsar con vigor una campaña de vacunación eficiente. Este Gobierno añade a las calamidades sobrevenidas, como el coronavirus o la borrasca Filomena, sus propios desvaríos, entre los que destaca el nombramiento del más importante ministerio en estos días, que es el de Sanidad, poniendo al frente un ministro pensado para otra cosa distinta a su misión ministerial específica. Las consecuencias saltan a la vista. No hay política nacional de Sanidad cuando es la que más falta hacía para la salud de los españoles y, también, hay que decirlo, para la salud política de este desarraigado Gobierno que se está jugando con su calvario sanitario el poco prestigio que le quedaba. Es inútil que el deslenguado Pablo Iglesias y sus mariachis canten los corridos de la revolución. Todo el Gobierno será sentenciado por su tratamiento del virus. En lo más duro de la pandemia, jugar a “Ella o Illa” es una marca de incompetencia y de inoportunidad que se pagará implacablemente. El presidente Sánchez se precipitó al nombrar candidato y los políticos catalanes le reventaron la agenda con un aplazamiento que permitirá juzgar la dedicación del gran vacunador.

España no está utilizando en estas fechas todos los recursos que dispone para una campaña de vacunación acelerada. Se está entreteniendo a la opinión con confinamientos territoriales y toques de queda cuando ya se sabe su escaso impacto en la contención de los contagios. Vacunarse es vital para salvar la vida de decenas de miles de españoles. El proceso de vacunación debe sentirse como una responsabilidad de todos los actores públicos o privados y de todo el mundo empresarial que ve con desesperación como el trámite exclusivo, desorganizado y desigual de las autoridades autonómicas y la sanidad ministerial van a hacer difícil la recuperación de una actividad casi agonizante. Es imprescindible una vacunación masiva en tiempo corto y solo un ministro de Sanidad enérgico y responsable puede estimularla y no un ministro condicionado y aplazado según el arbitrio de un dudoso decreto de la Generalidad de Cataluña que ni tan siquiera confirma como definitiva la fecha del 30 de marzo.

No se está actuando con altura de miras frente a un problema que requiere la máxima atención del Poder Público. Un sistema de vacunación rápido y efectivo requeriría la utilización de todos los medios de la Sanidad pública y la privada. La participación de la Sanidad militar, del personal jubilado, del voluntariado, quizá de las farmacias, como estamos viendo en otros países. Una combinación de medios capaces de acelerar la velocidad de crucero de la vacunación masiva. Es el esfuerzo imprescindible para salvar vidas y llegar al verano con la capacidad de reabrir nuestro país a los visitantes, al trabajo y a la reactivación económica. Este esfuerzo está bloqueado por la indolencia del presidente del Gobierno y el pluriempleo del ministro de Sanidad y por el camelo de la cogoberzanza del Estado y las Autonomías. Esta cogobernanza se presenta como un pretexto para eludir las responsabilidades y adjudicar el coste de las decisiones antipáticas a escalones inferiores, donde es mayor la inexperiencia y la falta de cobertura jurídica. Las vacunas se aplican a velocidades distintas según se distribuyen suministros negociados confusamente. Mientras, las nuevas cepas aumentan los contagios y agobian la capacidad de los hospitales. La esperanza de una veloz inmunización masiva es la última luz que, si se apaga, dejará en negra oscuridad el porvenir de un Gobierno, con Illa o sin Illa.

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