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La guerra tibia

martes 18 de abril de 2017, 11:06h

Dos puntos de tensión actuales, antes desatendidos por la incuria de Obama, han creado la apariencia alarmante en cuanto la nueva presidencia de Trump se ha propuesto recuperar la influencia de Estados Unidos en los asuntos que le afectan como nación y como potencia garante de la seguridad del mundo democrático. Estos focos de tensión están activados escandalosamente por el radicalismo islámico representado por el Daesh y por el totalitarismo asiático representado por la dictadura de Kim Jong. En ambos casos concurre la presencia mal conjuntada de dos grandes potencias que mantienen posiciones ambiguas en las que se entremezclan una tendencia a competir sobre el terreno con Estados Unidos con una cierta complicidad de intereses en cuanto la preferencia por la paz y la seguridad está en el fondo de los intereses económicos y militares de Rusia y China. En este sentido, Rusia es al Daesh lo que China es a Corea del Norte. Por grandes que sean las discrepancias entre China, Rusia y Estados Unidos es evidente que hay una concepción pragmática del mundo que los aproxima y que los distancia de los fanatismos y extravagancias del Daesh o de Corea del Norte.

Los rifirrafes de la situación están alimentados por la deformación sensacionalista profesional de los medios informativos y por la gestualidad de caras de perro que contemplamos en estos tiempos de reajuste diplomático provocados por el encaje del nuevo equipo de Trump, cuya novedad no consiste en otra cosa que en la restauración de las estructuras de defensa del mundo libre, lo que conlleva la puesta a punto del músculo militar norteamericano y la exigencia de acompañamiento en el esfuerzo defensivo común de los demás socios de la Alianza Atlántica.

Aunque queda lejos la antigua antítesis capitalismo-comunismo que mantuvo la “guerra fría”, subsisten tensiones entre la libertad y las opresiones que afectan al mundo actual. Pero es evidente que no hay peor opresión que la derivada de la inseguridad. Ni Rusia ni China son, hoy en día, campeones teóricos de la opresión, aunque aún constituyan experiencias precarias de ciudadanía. En diferente grado, son potencias en procesos reformistas con evoluciones incompletas. Pero nada hace pensar que estén en situaciones de regresión hacia su propio pasado. Esta realidad les lleva a provocar roces pero no a volar los puentes de comunicación con el mundo democrático. Por todo ello puede intuirse que las tensiones que vivimos estos meses, con atentados y bombas y misiles en acción no encenderán una nueva “guerra fría” sino que, como mucho mantendrán una guerra tibia que irá bajando su temperatura por las vías diplomáticas. Por lo pronto, la celebración de la fiesta nacional de Corea del Norte y sus amenazas de pruebas nucleares solo ha consistido en el fracaso en el lanzamiento de un misil balístico hueco que estalló a los pocos segundos y en un desfile cívico-militar en el que lo único asombroso es que Kim Jong haya conseguido que la “sección femenina” de su ejército marque el paso de la oca mejor que un batallón prusiano.

Los distanciamientos gestuales en las visitas de dignatarios de las potencias en juego es de suponer que encubren otras claves de entendimiento en proyecto. Mientras esto sucede, Estados Unidos recupera la clave de su preminencia estratégica que es la proyección de su poder naval. En este despliegue son puntos de apoyo esenciales determinadas plataformas sólidas, como España y Japón, que deben estar a la altura de las circunstancias por la cuenta que les tiene y lo que más les conviene en su posición geográfica en la segunda fila de la retaguardia. Retaguardia de una guerra tibia que ni va a calentarse ni va a adquirir la dureza del hielo.

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