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Tras un final amargo

miércoles 06 de junio de 2018, 11:05h

No es fácil deducir porque Mariano Rajoy prefirió el peor de los finales para cerrar su mandato: ser el primer presidente de Gobierno español destituido, justa o injustamente, por una moción de censura relacionada con temas de corrupción. Pudo haber dimitido antes de la moción de censura, convocando unas elecciones que, en el peor de los casos, hubiesen dado resultados mejores que el que ha pretendido representar la convergencia de los diputados plurales concentrados exclusivamente por el único objetivo de “echar a Rajoy”. Pudo haber dimitido durante la moción de censura, prorrogando un tiempo el mandato para un mejor planteamiento ante una futura sesión que sería de investidura aunque fuese de Sánchez como aspirante. Era falsa la tesis, proclamada por sus corifeos, de que “da igual que el presidente dimita o no dimita”. No daba igual sino que obligaba a una dudosa investidura en la que el candidato Sánchez hubiese estado obligado a presentar su proyecto de Gobierno y no limitarse a unificar voluntades con el único propósito de echar a Rajoy como operación de limpieza. Una investidura a la que también el PP podía haber presentado un nuevo candidato y un nuevo programa. Además la pérdida de tiempo, por breve que fuese acortaría el ejercicio del poder de quienes van a ejercerlo sin estabilidad durante un periodo mínimo si se producen elecciones anticipadas y máximo de dos años si se agota la legislatura. El PSOE hubiese tenido que negociar su mayoría con una trama más compleja que el simple rechazo a Rajoy cuyo pecado es no haber sabido retirarse a tiempo del Gobierno como lo ha hecho días después del partido. Este amargo final ha tenido la mala consecuencia de fracturar aquel hipotético bloque constitucional enfrentado al separatismo al desplazarse el PSOE hacia apoyos antisistemáticos con una estrategia basada en intereses puramente partidistas y contrarios al interés de España. El PSOE es responsable de esta pirueta pero Rajoy es culpable de haberse dejado engañar por Sánchez a pesar de la desconfianza gallega y superior experiencia que se le suponían.

También se dejó engañar por el PNV con el pacto presupuestario. La complicidad de los peneuvistas se diluyó en cuanto Sánchez les hizo la misma promesa de Rajoy comprometiéndose a asumir los Presupuestos Generales del Estado tal y como los había programado el PP. Es fácil de comprender que el PNV solo podía justificar sus votos por que la oferta presupuestaria favorecería al País Vasco. En la igualdad de oferta presupuestaria era muy difícil que un partido nacionalista se inclinase en favor del españolísimo PP sin necesidad de contraprestación económica alguna. No es explicable escandalizarse por la traición del PNV porque el PNV no compartía con el PP otra razón que el interés económico. Igualadas ambas ofertas, la tendencia a unirse con otros nacionalismos contra Rajoy y el PP era lo más fácil. Nadie podía imaginar que, antes que Pedro Sánchez tomase posesión de su cargo, sus cómplices de censura ya estarían registrando sus vetos en el Senado contra el proyecto presupuestario PP-PSOE-PNV. Pero esto es harina de otro costal que merece otros plazos de reflexión.

El amargo final viene acompañado por la ausencia de previsiones sucesorias. No es que Rajoy se sitúa en la neutralidad por elegancia sino porque no tiene clara la fórmula de sucesión en un PP devastado de notables por un personalismo negativo a la coexistencia con sensibilidades diferentes a su manera de ser y actuar. Existe por sí misma la excepción de Núñez Feijó, a salvo por su lejanía del estrecho círculo habitual de incondicionales de Rajoy y prestigiado por su propia capacidad electoral edificada sin contaminaciones sospechosas. El panorama del llamado “post-marianismo” es malo en la misma medida que, como dijo Rajoy es “lo mejor para el partido, para mí y para España” la retirada del expresidente y de la compañía.

España ha quedado en manos de un equipo gobernante de composición razonable desde el punto de vista de un partido minoritario pero con el subsuelo inquietante por necesitar para su estabilidad el asentimiento de aquellos que harán a España todo el daño posible. Una triste herencia de una gestión política de estrategia desafortunada y de la que solo podrán liberarnos factores, hoy por hoy, imprevisibles. Un Rajoy engañado y sin reflejos deja la herencia de una España “mejor que la que encontré” lo que es muy cierto -basta ver el índice de desempleo- pero comprometida sobre este final de mal calculador y mal testador. Desde el reservado del restorán “Arahy” lejos del puente de mando y de la sede del partido que aún preside, perdió las últimas horas de sus seis largos años de Gobierno quien parecía soñar con doce. Un adiós individualmente triste y respetable que culminaría días después con la dimisión de la presidencia del PP sin el menor sentido de autocrítica.

Un próximo congreso extraordinario tendrá que afrontar el futuro del PP, trascendental para el futuro de España, con un Rajoy replegado a una neutralidad inevitable. Un congreso convocado con premura. No podía serlo de otra manera porque, también, la semilegislatura que asume Sánchez va a concluir con prisas. Prisas dentro del PP por recuperar su operatividad cara a unas elecciones posiblemente anticipadas pero, en otro caso, cara a unas elecciones municipales a meses vista. Prisas de todos los partidos por compulsar que bolsas de votos les quedan en una diferente situación que ya no estará sobrecargada ni por la mochila del marianismo ni por la apariencia de un Gobierno socialista que tampoco parece dispuesto a suicidarse con los dislates de quienes le apoyaron en la moción de censura. Quizá, más allá del jaleo de los cambios, se vislumbra la perspectiva de resurrección de un bipartidismo depurado de la sombra de corrupciones y malas compañías por ambos lados. A veces es cierto aquello de que no hay mal que por bien no venga. Un reforzamiento del sistema constitucional puede ser el nuevo horizonte común de gobierno y oposición cuando los ánimos se serenen y se recompongan las grandes opciones nacionales de centro-derecha y centro-izquierda con perfiles europeístas comunes y regeneradas y limpias de adherencias indeseables.

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