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Trump sí pudo

lunes 23 de enero de 2017, 10:57h

Sobrepasada la toma de posesión del presidente Trump se reitera el calificativo de populista y su comparación con los populismos que bullen en Europa, incluyendo la agrupación existente en España bajo el nombre de “Podemos”. Es un simplismo, como todos aquellos, consecuencia de interpretar la política norteamericana con criterios europeos.

A los populistas en versión española no les pasa por la imaginación jurar sobre una Biblia sino que, a lo más, prometen la Constitución “por imperativo legal”, acompañándose de pintorescos equívocos. Trump no solo utiliza la fórmula tradicional del juramento sino que pidió a Dios ayuda para proteger aquella Constitución que garantiza la democracia del sistema político estadounidense. Los populistas a nuestro estilo no solo se manifiestan reticentes con nuestra Constitución sino que proponen reformarla como oferta programática. Tal reforma imprecisa no se presenta como un deseo de perfeccionarla sino como el camino para demoler sus instituciones esenciales.

Los populistas europeos suelen formar partidos de nuevo cuño al servicio de sus propósitos. No es el caso de Trump que ha sido un candidato republicano, controvertido en el seno de su propio partido pero promovido a través de su peculiar sistema electoral. Su equipo responde al escalafón del partido republicano. Su vicepresidente es un exgobernador y congresista republicano. Su jefe de gabinete es el presidente del Comité Nacional Republicano. Su fiscal general es un senador republicano. Su secretario de interior un congresista republicano. Su embajadora en Naciones Unidas una gobernadora republicana. Tres de sus secretarios de Estado sin etiqueta previa son tres generales retirados de las Fuerzas Armadas sin ningún matiz populista.

La exaltación patriótica de Trump no es una exclusiva del populismo sino un sentimiento ancestral y romántico que se acrecienta en tiempos en los que, como sucedió en las legislaturas de Obama, se acentúa una decadencia del papel de Estados Unidos en la esfera internacional. No es ese sentimiento característico del populismo tal y como nosotros lo conocemos, dispuesto a transigir con consultas refrendarias parciales que significan poner en cuestión la unidad y soberanía del pueblo español.

Es ridículo buscar la xenofobia de los populismos de extrema derecha en una familia de antepasados alemanes y esposa eslovaca, tan típica de la emigración que formó Norteamérica. Utilizar los problemas comunes de la conflictiva frontera con Méjico, cuya regularización, incluida la construcción del famoso muro, viene arrastrada e iniciada por anteriores presidencias, para presuponer una mentalidad xenófoba es una distorsión del problema. Por el contrario parece xenofobia la obsesión de Obama contra Rusia. La Rusia actual no es la Unión Soviética y ya no es el enemigo natural de Estados Unidos sino un deseable aliado frente al terrorismo yihadista.

Habría que ir a la composición sociológica de sus votantes para buscar el origen populista de su triunfo. En esto los analistas coinciden en señalar el malestar de las clases medias depauperadas. Los populismos europeos, arraigados en los segmentos menos cultivados y más fácilmente embaucables por predicaciones utópicas, no tienen nada que ver con los movimientos de las clases medias que siempre han sido de tendencias propicias al reformismo moderado. Ese adjetivo de “blanca” que ciertos comentaristas añaden a la tal clase media americana es una forma de teñir el fenómeno con tintes racistas que para nada han sido citados en las propuestas republicanas de Trump y de los demás candidatos republicanos al Congreso y al Senado. Precisamente, en España, las clases medias predominantes en PP, PSOE y Ciudadanos fueron la muralla que cortó el paso al populismo de Podemos.

Trump no ha ganado a “la casta” tal y como conciben los populistas españoles a todos los que no sean los suyos. Las presencias en el acto de todos los predecesores y de Hilary Clinton o Sanders, expresan que “la casta” era otra cosa: la conjuración de gran parte de los medios informativos, la presión de los lobbys, la irresponsabilidad del artisteo y la inercia de los atornillados a la rutina de una política acomplejada. Trump ha tenido el instinto de captar el disgusto de la gente normal y no temer a esas zonas de subcultura y marginalidad que se agitan o las agitan allí, como en otras partes, los enemigos de la sociedad libre y civilizada.

Trump venció a una alianza de fantasmas mediáticos con menos dinero en campaña, con una edad más avanzada, con menos experiencia política, pero con una dosis de verdades elementales superior a sus rivales y denigradores. No era, quizá, el candidato ideal, Pero no surgió ningún otro que pudiera presentar mejores credenciales. Él es quien es. A su manera, como la canción elegida para su fiesta. Que no es la manera de los lamentables populistas de por aquí ni de por allí. Basta ver el perfil de las manifestaciones anti-Trump con un aire familiar al populismo español. Manifestaciones de quienes no aceptan el resultado de las urnas con la falacia del “no me representa”. El populismo revuelto contra el sistema, rumiando su derrota contra quien, desde ahora, es el hombre más poderoso de la Tierra. Este republicano extravagante si pudo. Ellos no.

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