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Una estrategia realista

lunes 28 de junio de 2021, 11:25h

Pedro Casado reclama elecciones para dar voz a los ciudadanos hartos de las indignidades de Pedro Sánchez. Este hará caso omiso de tal reclamación y no se sabe de qué recursos dispone Casado para presionarlo a disolver las Cortes. A la vez, Santiago Abascal promueve la idea de una moción de censura contra el mencionado Pedro Sánchez, sin que tampoco se conozca con qué votos cuenta para evitar el fracaso de dicha moción, para la que dice que sobran motivos pero faltan matemáticas. Cada uno marca su camino propio como si su objetivo principal fuese distinguirse del otro.

Por estas fechas, en Italia, Berlusconi y Salvini pactan unir Forza Italia y la Liga para unificar el centro derecha cara a las elecciones de 2023, año en el que esperan que Mario Draghi ascienda a presidente de la República. Nada más lejos de mi pensamiento que establecer un ejemplo a imitar entre dos panoramas políticos tan diferentes. La política italiana es más tenebrosa y alambicada que la nuestra aunque, quizás, más habilidosa. Ni Casado tiene el gancho populista de Salvini ni Abascal la veteranía, los malos antecedentes y los medios de comunicación de Berlusconi. Desde un punto de vista humano, los nuestros son mejores personas y políticos menos contaminados. Pero esto no quiere decir que los nuestros sean más eficaces ni más imaginativos.

Matteo Salvini predica que, después del Covid, la política tiene el deber de unirse y ser eficaz. Dice que es lo que piden los italianos y no divisiones y peleas. Pide la conjunción del centro-derecha dejando a un lado celos y rivalidades y dedicándose a la recuperación de Italia y los italianos. A lo que aspira es a superar el 30% en las futuras elecciones superando, así, al partido de Giorgia Meloni que es el único partido que no forma parte del Gobierno de Unidad Nacional que, ahora, preside Mario Draghi. Se trata de una operación de continuidad y supervivencia de lo razonable más que de una operación de rectificación y reforma como la que se necesita para salvar a España de la ruina política y económica hacia la que camina con el movimiento progresivamente acelerado del desastroso Pedro Sánchez y su séquito destructivo.

Aquí no se trata tanto de que un gran partido sepa encajar en su proyecto a un partido menor pero complementario, ni de echar un salvavidas a otro náufrago de las equidistancias. Aquí se trata de evitar la degradación institucional de una nación que fue laboriosamente reconstruida con el esfuerzo de sucesivas generaciones, a partir del fracaso de unos políticos republicanos que intentaron, hay que decirlo claro, hacer las mismas estupideces y traiciones de Sánchez hace ochenta y cinco años. La posibilidad de decir ¡Basta! no consiste en tomar iniciativas tremendistas que se sabe que no van a prosperar sino en establecer una estrategia realista implacable que permita avanzar, día a día, hacia un triunfo inexorable. Con los mejores equipos, con los mejores programas y con los liderazgos más susceptibles de provocar una ilusión popular.

La aparente opresión con que el Gobierno de Sánchez desprecia la opinión de los españoles no debe provocar un pesimismo fatal. La debilidad a que ha sometido al poder del Estado solo es la maniobra de un oportunista sin escrúpulos, capaz de negociar la prórroga de su mandato con los enemigos de España. Es una pirueta exclusivamente personal que, como tal, es frágil e inestable. El primer tropiezo que se perciba como suficiente para tambalearlo lo dejará abandonado hasta por su propio partido. El rechazo popular por sus reiterados engaños y su “marketing” de baratijas ha creado una sensación general de agravio que ningún político puede soportar mucho tiempo. La sombría situación política que vivimos será superada si se sigue una estrategia realista superior a la mezquindad de los aparatos partidarios.

Pedro Sánchez está actuando con una apropiación personal indebida de los resortes del poder. Sus colaboradores asumen la teoría de que lo más democrático es lo que diga Sánchez, cuando lo disponga Sánchez y como lo gradué Sánchez. La oposición debe contar con ello y saber que Sánchez solo convocará elecciones cuando crea que la situación pueda favorecerlo o perjudicarlo menos o cuando no tenga más remedio. Pero el viento favorable al centro-derecha sopla con tanta fuerza que la oportunidad de rectificar la orientación de la política española puede producirse en cualquier momento. No estamos, como opinan algunos comentaristas, ante un cambio de régimen irreversible ni ante una revolución institucional planificada maquiavélicamente. Estamos ante la ocupación del aparato del Estado por una persona sobrada de intrepidez y sobrada de escrúpulos, pero incapaz de remontar el rechazo social que progresa, cada día que pasa, en la opinión pública. Sería imperdonable que la oposición pierda la oportunidad de desplazarlo por incapacidad de convenir una estrategia realista para movilizarse en un futuro más o menos cercano.

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