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Ha llegado el día

miércoles 26 de octubre de 2016, 10:54h

Por fin ha llegado el día en que Su Majestad el Rey ha podido proponer al Congreso de los Diputados un candidato viable a Presidente del Gobierno de España. Ha pasado casi un año de incertidumbre sin inestabilidad. Un año en el que España ha perdido el tiempo con algunas consecuencias negativas. Menos que las que eran de esperar. Un año inquietante para los responsables políticos pero bastante tranquilo para el resto de los ciudadanos. Un año durante el cual nadie dudó de que la mecánica constitucional llegaría a encontrar el imprescindible acuerdo de salida sin grandes alteraciones de la normalidad cívica más allá de los problemas en el interior de los partidos. Un año que ha probado que la arquitectura del sistema es mucho más sólida y resistente de lo que pudieran suponer los alborotadores del populismo o del segregacionismo.

La explicación de este proceso tranquilo puede buscarse en la inanidad intrínseca del “no es no” como estrategia política de un supuesto líder con ambición pero sin inteligencia o en la astucia de un presidente en funciones con dominio del tiempo. Pero hay algo más profundo que el resultado de unas conductas individuales. Algo que derrotará siempre al rencor populista y a la carcoma separatista. Ese algo es la imperturbable actitud mayoritaria de un pueblo que, desde una perspectiva histórica habría que comprender como instintivamente escarmentado de las grandes crisis institucionales del pasado Siglo XX, que marcó en los muros de la casa común un “hasta aquí hemos llegado” recordando en su subconsciente las consecuencias del aventurismo político.

Ese algo consistió en que el pueblo siguió trabajando como si tal cosa mientras sus representantes forcejeaban para arreglar el bloqueo parlamentario en los ámbitos de la vida política y no en la calle, como hubiesen deseado los democráticamente minoritarios populistas o separatistas. El país funcionó con absoluta normalidad en el interinato porque funcionaron inalterables los empresarios y los trabajadores, los tribunales y los sindicatos, los médicos y los diplomáticos, los agricultores y los militares, los comerciantes y los transportistas, los artistas y los policías, etcétera. Cada uno a lo suyo y los políticos a lo de todos y a arreglar sus propios estropicios con sus propias manos. Los políticos desempeñando papeles poco airosos pero propios de su obligación de desenredar sus enredos y relanzar los caminos de la estabilidad hasta donde ha sido posible. Al cumplir su misión los que la han cumplido se han identificado con la sensatez de la mayoría de los españoles a que representan, con sus virtudes y sus defectos. Aquellos políticos incapaces de coincidir en la esencia del interés cívico, empecinados en discrepancias radicales o antisistemáticas no son gente, por mucho que se empeñen en decirlo, identificados con su pueblo sino extravagantes ciudadanos, siempre derrotados por el sentido común y por la historia. Esta es la realidad, de una nación europea que no se juega su alto estándar de vida y libertad a huelgas, manifestaciones o boicots. La realidad de un pueblo que acude regularmente a las urnas cuando se le convoca legalmente, perfila mayorías, aunque sean relativas, y deposita la responsabilidad de deshacer los bloqueos en quienes los han provocado.

Esas pocas rosas rojas abandonadas bajo la lluvia en la calle de Ferraz son el síntoma triste pero evidente de que la hora de las pasiones militantes han dejado su sitio para alinearse a la moderación de los votantes. Los partidos han de tomar el pulso a sus millones de electores y no a sus círculos fanáticos o radicales si quieren mantener opciones de gobierno. Lo del “no es no” como el “sí o sí” pertenece a las rabietas del infantilismo político. Pero el sistema constitucional español ya no es un juego de niños.

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