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Militantes y votantes

jueves 15 de diciembre de 2016, 10:56h

Actualmente hay una enfermedad que afecta a los partidos socialistas de Europa en grado superior a los partidos de centro-derecha. No existe en todas partes un Pedro Sánchez a quien culpar. En Francia el socialismo decae desde la altura institucional de la presidencia de la República y las cuentas se calculan entre la derecha de Fillon y la extrema derecha de la señora Le Pen. En Holanda el Partido Laborista de Samsom aparece empequeñecido ante el partido euroescéptico de Wilders. Renzi en Italia, ha tenido que buscar un sustituto ocasional. En Gran Bretaña el laborismo salió del poder en 2010 y no da ningún síntoma de recuperación. En Alemania el populista Alternativa Para Alemania amenaza preferentemente al SPD antes que a la Democracia Cristiana, a pesar del desgaste que supone tres legislaturas en el cargo de Angela Merkel. En Grecia el socialismo fue aplastado por el populismo de Syriza. Lo fácil es atribuir la decadencia de la izquierda socialista al empuje de los populismos. Pero el ataque de los populismos no va dirigido directamente hacia la izquierda sino contra el esquema clásico del bipartidismo, contra toda “la casta” y, consecuentemente, sus efectos destructivos deberían producir daños simétricos en las dos partes.

¿Por qué el centro-derecha goza de mayor inmunidad frente al populismo que la social democracia? Porque es erróneo adjudicar la misma etiqueta de populismo a los movimientos surgidos al margen de la izquierda que al margen de la derecha. El populismo es un fenómeno izquierdista y totalitario, incompatible con la derecha que, a su margen, tiene unos frentes de extrema derecha que no son exactamente populismos sino radicalismos exacerbados. Los partidos llamados de extrema derecha son capaces de mantener ideas xenófobas, nacionalistas y hasta racistas que, por sí mismas, autolimitan su capacidad de expansión en las sociedades multiculturales de nuestra época. Esas extremas derechas no pretenden cambiar las instituciones sino dominarlas o condicionarlas para ponerlas al servicio de sus ideas estrechas. No hay modelos antisistemáticos de extrema derecha en el mundo actual. Los modelos antisistemáticos, revolucionarios y totalitarios son fenómenos de izquierdas, como Cuba, Corea del Norte y lleva su camino Venezuela, por ejemplo. La extrema derecha es marginal, irreal y, en el peor de los casos, puede llegar a ser temporalmente dictatorial. Es un fenómeno efímero. Pero el auténtico populismo militariza la política, establece nepotismos dinásticos y viola el derecho privado para intentar crear un paraíso terrenal colectivo.

El problema es que, por ello, el centro derecha clásico solo se deja arañar por su extrema derecha pero el socialismo se arriesga a contagiarse por el populismo. Ese contagio peligroso proviene del temor a perder parte de su electorado en su propio terreno lo que le lleva a radicalizarse y abandonar su imagen de centralidad. La centralidad es lo que engrandece el voto de la izquierda al presentarla como una opción política que aporta mayor sensibilidad social a las instituciones, lo que la hace grata a las mayorías. Pero cuando se presenta como un riesgo para la estabilidad de las instituciones su atractivo electoral se reduce porque las mayorías conocen los beneficios que la estabilidad supone para todos y la miseria que la revolución comporta.

El gran engaño es explicar la pérdida de la centralidad justificándola con una mayor identificación con los afiliados y militantes de un partido político. Es claro que, por la incondicionalidad de su compromiso, los afiliados a un partido son más hostiles hacia sus rivales y más intransigentes en la defensa de su doctrina. Por ello son seducidos más fácilmente por el olor a izquierda de los mensajes integristas. Los afiliados arropan cariñosamente a los pequeños líderes caseros que predican el odio al contrario y se niegan a negociar o ceder en ningún capítulo. Pero los partidos, en cuanto alternativas de gobierno, no pueden ser esclavos del talante excitable de sus afiliados sino que tienen que pensar en todo momento en quienes pueden darles el éxito que sus afiliados anhelan y que no son solamente tales afiliados sino sus votantes. Es más, los partidos deben saber que es mejor una fuerza con más votantes y menos militantes que una fuerza con más militantes y menos votantes. Porque las cuentas electorales están claras y los afiliados son una minoría y la mayoría son los votantes simpatizantes.

Esta es la cuestión que tiene que entender el socialismo europeo si quiere salir de la crisis general que le afecta y que, indirectamente, afecta a todas las democracias cuyo equilibrio necesita de una izquierda realista, No se puede hacer ninguna cesión hacia el populismo porque tenga retóricamente una apariencia de izquierda. No se puede perder la centralidad de la social democracia. No puede disfrazarse como lealtad a la militancia la mercancía averiada de las concesiones a la demagogia, como hace en España Pedro Sánchez. Esos partidos no están para autocomplacerse mirándose al ombligo ni al de sus afiliados sino para triunfar en las elecciones generales asumiendo todo el espectro del centro-izquierda. Es bien sabido que tanto en la derecha como en la izquierda hay militantes disconformes con el pragmatismo de sus dirigentes pero todos tienen que pensar, antes que nada, en sus votantes, que es a quienes tienen la responsabilidad de representar y que son, a la vez, los únicos que pueden hacerles triunfar.

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