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Los Sánchez-Podemitas

lunes 20 de marzo de 2017, 11:13h

España está ofreciendo a Europa una aparente imagen de estabilidad que desearíamos que fuese cierta. Esta apariencia se oscureció espectacularmente con la no convalidación del Decreto-Ley de la estiba en que no se votó en favor de unos intereses gremiales sino contra la norma europea, la economía nacional y el porvenir de los puertos españoles con el único beneficio de fastidiar temporalmente al gobierno. La verdad es que tenemos un gobierno minoritario apoyado en puentes agrietados, por no decir rotos, con otros partidos de perfiles imprecisos. Una situación que puede hacerse insostenible en unos meses. O no, como diría Mariano Rajoy. El campo de pruebas serán los próximos Presupuestos Generales del Estado para 2018.

Salta a primera vista la fragilidad de las relaciones con “Ciudadanos”, un partido de bases electorales ecléticas nutridas en las mismas canteras que el PP. Esta fragilidad no reside en contenidos esenciales sino que parte del error original de Ciudadanos de no aceptar la invitación a una coalición de gobierno que le hubiese venido muy bien, tanto para formar a sus cuadros en la práctica de la gestión pública como para conocer desde otra perspectiva los condicionantes y conveniencias de los intereses nacionales e internacionales en juego.

En vez de ello los Ciudadanos se empeñaron en marcar diferencias como guardianes de un afectado puritanismo sin otros argumentos conocidos que el cumplimiento riguroso de dos caprichos irrelevantes. El primero la bizantina polémica sobre si el cese de los políticos jurídicamente señalados debe adelantarse a cuando se abre una investigación o esperar a cuando se incoa un procedimiento. Tal asunto, carente de interés de fondo y de vigencia limitada a las semanas que transcurran entre una y otra fase de una instrucción no añade nada a la lucha contra la corrupción y solo resta garantías al derecho a la presunción de inocencia que corresponde a todo ciudadano de un Estado de Derecho.

El segundo capricho es la limitación de mandatos de los cargos de gobierno. Siendo la estabilidad política un fruto difícil de conseguir, en gran parte basado en los plazos de gestión de personas prestigiosas y eficaces, no se comprende porqué poner límites rígidos a las escasas carreras limpias y solventes que puedan resistir los difíciles vaivenes del quehacer en los asuntos públicos. En los sistemas republicanos suele existir un plazo en la Jefatura del Estado para distinguir las magistraturas basadas en elecciones periódicas de las monarquías basadas en convenciones históricas pero de la Jefatura de Estado para abajo, los mandatos, sometidos a procesos electorales periódicos, no necesitan otra limitación que la que les imponen los plazos de sometimiento a la elección popular, voluble por su propia naturaleza y el tremendo desgaste personal que origina el ejercicio político. ¿Qué razón puede aconsejar cesar matemáticamente a un buen gobernante si cuenta con apoyo popular demostrado?

Se trata de distanciamientos de menor cuantía, ajenos a la calidad de gobierno y a las orientaciones ideológicas capaces de movilizar masivamente al electorado. No es, por otra parte suficiente el porcentaje de voto del partido cortoplacista para romper el equilibrio institucional ni para garantizar por sí solo la normalidad presupuestaria. Las disensiones que se manifiestan en los enlaces entre PP y Podemos no merecen ser tenidas como ruptura de puentes imprescindibles sino como juegos de quita y pon con modestas pasarelas. La abstención de Podemos en el asunto de los estibadores es una muestra de frivolidad contradictoria con el doctrinarismo liberal de que alardean pero su irrelevancia es sintomática de que Ciudadanos no es un partido de fiar.

Lo verdaderamente preocupante es la agitación en el puente institucional que comunica transversalmente al Gobierno con el PSOE, partido fundamental a cuya abstención se debe la investidura presidencial y, con ella, la exclusión o fuera de juego del conglomerado antisistemático y separatista que pudiera conjuntar una hipotética asociación Sánchez-Podemita. La decisión de la actual presidenta de la Junta de Andalucía de presentarse como aspirante a la Secretaría General del PSOE es la opción que mantiene la esperanza en un socialismo leal al compromiso constitucional, a la unidad de España y a su funcionamiento como alternativa de gobierno liberada de demagogias populistas y de carcoma separatista. Pero, por el momento, esta opción se presenta desafiada por la incertidumbre que siembra el resentimiento de Pedro Sánchez paseando la tea incendiaria del revanchismo ante los ojos enrojecidos de una militancia a la deriva. Este es el panorama que tiene que superar el PSOE para mantener su papel de contrapeso para equilibrar a la democracia española.

Si el tosco rencor y el vacío mensaje de Sánchez fuese capaz de impedir el éxito de Susana Díaz no habría posibilidades de gobernar a España como no fuese recurriendo a un adelantado proceso electoral. El gobierno no tendría el respaldo esencial que necesita para neutralizar al cáncer separatista ni para aprobar unos Presupuestos Generales ni para mantener los compromisos que van a exigir las alianzas europeas y bilaterales de España y su participación en la economía globalizada. El consenso básico en torno a los intereses generales de España podría ser puesto en riesgo con la intromisión en la atmósfera española de los virus venenosos de los países atormentados por despotismos sudamericanos o asiáticos comprimidos en los bidones tóxicos de Podemos. Unos gérmenes incompatibles con la textura de los pueblos libres dentro de los cuales algunos parecen confundir las estridencias dentro de los partidos clásicos -republicanos en USA o conservadores en UK- con los populismos tercermundistas contrarios a los consensos constitucionales y a las alianzas defensivas que constituyen el marco de las libertades de que disfrutan los pueblos no sometidos a regresiones filocomunistas.

Como por ahora el socialismo español aún no ha sido devorado por el frentepopulismo Sánchez Podemita, el mañana no está escrito y no conviene deprimirse ante las nubes que oscurecen el cielo de España. El riesgo de ruptura de la socialdemocracia no es exclusivo de España como tampoco lo son las manchas con las que la corrupción ha enfangado la imagen demasiado reciente de las fuerzas políticas en juego. Pero hay una calma tensa que permite soñar a los españoles con una recuperación que puede desmoronarse con un solo soplo de improvisación e incompetencia tal como vemos degenerar a las ciudades gobernadas por los Sánchez-Podemitas. En pocos meses sabremos si los puentes que parecen agrietados están minados por la dinamita ciega del odio. Ese es el peligro institucional que deberá evitar España como otros países también evitan los suyos. Tampoco es para tanto. Pero hay que advertirlo a tiempo. Pedro Sánchez, con los mínimos resultados electorales de la historia del PSOE, aún podría empeorarlos si llega a patrocinar otro empeño. Su única esperanza de potencia o de oposición estimable es enlazarse estrechamente con Podemos en un extremismo radical e insolvente. Es el peligroso proyecto del Sánchez-Podemismo.

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