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Náuseas

jueves 09 de febrero de 2017, 14:22h

Hay días, y estos últimos lo están siendo, en los que la poca o mucha fe que uno pueda tener en lo que pomposamente llamamos Estado de Derecho se desmorona. Una de las bases de esa forma de Estado, la mejer posible es la cesión que cada individuo hace de su derecho a defenderse para que sea el propio estrado, con sus aparatos de seguridad y justicia para que le defiendan. De hecho, en el Estado de Derecho, el monopolio de la violencia, que no sólo consiste en reprimir manifestaciones, se pone en manos de las fuerzas de seguridad, porque se les supone supeditación a las leyes y, cómo no, a los procedimientos que marcan esas leyes.

Pero no siempre es así. A veces, un guardia civil se excede en y se desata en amenazas e insultos para con un detenido, como en el reciente caso de la detención de un activista anti taurino, del que, esta vez sí, hemos tenido noticia por la existencia de una grabación de los mismos o, mucho más siniestro y desmoralizador, el salvajismo de los gendarmes que en los alrededores de París molieron a palos y violaron con una de sus porras a un joven negro al que habían detenido.

Sin embargo y siendo gravísimos estos gravísimos abusos, que otra cosa no son, y aunque me temo que sean más frecuentes de lo que cabría imaginar, lo que está demoliendo mi fe en ese estado por el que tanto hemos luchado es todo lo que, a cuenta de esa "guerra de comisarios", no sé si debería decir de ratas, que se ha desatado en eso que llamamos las cloacas del estado. Una guerra que siempre ha existido, incluso entre los distintos cuerpos de las Fuerzas de Seguridad del Estado, Policía y Guardia Civil, pero que, ahora, se ha desatado en el seno de la propia Policía, en la que familias ¿camarillas? del cuerpo han encontrado en las páginas de determinada prensa el escenario para dirimir sus muchas y, al parecer, graves rencillas.

Lo malo -o quizá lo bueno- es que, gracias a esas rivalidades, desatadas abiertamente con el siniestro Jorge Fernández Díaz al frente del ministerio, estamos teniendo noticia del funcionamiento de esas hediondas cloacas, para las que la prensa es el aliviadero por el que rebosa toda la basura que flota en ellas. Lo peor es que, en contra de lo que debería ser, comprobamos que la cúpula de esa Policía que pagamos todos y en la que la mayoría de la plantilla está formada por buenos profesionales, la ocupan mandos que trabajan, no para la mayoría o el bien común, sino para aquellos que les han colocado en lo alto.

Las declaraciones de quien fuera director operativo de la Policía, el ya jubilado comisario Eugenio Pino, al diario LA RAZÓN, quejándose de que los jueces, especialmente el que le negó la orden de detención para los Pujol, por su excesivo garantismo, ponen los pelos de punta. Sobre todo, si aclara que las pruebas que presentaron al juez o eran sino sendos "pantallazos" fotografiados por policías españoles en un banco suizo. Pantallazos que, por cierto, recuerdo haber visto en alguna portada de periódico antes de que fuesen llevados ante el juez, siguiendo el avieso protocolo que dejaron al descubierto las grabaciones de las conversaciones del ministro Fernández Díaz con el jefe de la Oficina Anticorrupción de Cataluña. Unas revelaciones de las que pudimos deducir que existía una unidad especializada de la policía, la llamada policía patriótica, que trabajaba por encargo y a las órdenes directas del ministro, obedeciendo a intereses partidistas, en este caso en contra de los partidos nacionalistas catalanes.

Eso es lo más terrible de todo lo que estamos conociendo, que se abre ante nosotros un mundo, probablemente heredado de otros tiempos, en el que la Policía, algunos policías, trabajan en la fabricación de pruebas obtenidas ilícitamente, con el concurso de agencias de detectives y prensa poco seria, claramente dirigidos por cargos políticos, que ponen en duda, no sólo el resultado de laboriosas investigaciones policiales y judiciales, que podrían invalidarse por el origen ilícito de las pruebas, sino que nos hacen dudar, al tiempo, de que nuestras garantías de ciudadanos de a pie estén a salvo, cando bajo nuestros pies, en las cloacas, corren tan nauseabundas alimañas.

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