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Afganistán: Amargo y estéril final

jueves 02 de septiembre de 2021, 13:26h

Las funestas consecuencias de la retirada definitiva de Afganistán, tanto de las tropas norteamericanas como de los aliados –incluida España-, después de 20 años de ocupación, han sido provocadas por la victoria de los insurgentes talibanes, que han controlado todo el país en solo unas semanas de enfrentamientos armados con el ejército afgano, apoyado e instruido durante todo este tiempo por tropas occidentales.

El resultado ha sorprendido a propios y a extraños porque solo unos días antes nadie -incluidos todos los servicios de inteligencia occidentales-, había pronosticado tan fatal y meteórico desenlace para las fuerzas aliadas que, en última instancia, han tenido que abandonar Afganistán en una vertiginosa y vergonzante carrera contra reloj.

En efecto, el ultimátum de los talibanes acababa el 31 de agosto y solo unos días antes un atentado segaba la vida de unas 200 personas, incluidos 13 marines norteamericanos que custodiaban las instalaciones del aeropuerto de Kabul.

En tan extrañas, inesperadas y dolorosas circunstancias Estados Unidos ha sacado del país a más de 223.000 personas, que han sido cerca de 250.000 en total si contamos también las que han evacuado sus aliados, en su mayoría afganos.

Pero son muchos, muchísimos más los que han quedado a las puertas de la angustiosa huida, apiñados en los alrededores del aeropuerto, sin víveres, sin agua y expuestos constantemente a las iras y los disparos de los talibanes que controlaban los accesos hasta las mismas pistas.

Ahora, tras esa huida tan histórica como deshonrosa para todo Occidente, serán cientos de miles más los ciudadanos afganos que tendrán que buscar otras formas de huir por tierra a los países fronterizos (Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán), que serán solo la antesala de una nueva e ingente crisis de grandes masas de refugiados que, como sucedió hace unos años con la población siria huyendo de la guerra, afectará al corazón, a las entrañas y a los principios de la vieja y cada vez más desnortada Europa.

Para Estados Unidos ha sido la guerra más larga de su historia que se ha saldado con veinte años de conflicto, en el transcurso del mandato de cuatro presidentes, con unos dos billones de dólares gastados en ella y 2.300 soldados muertos en combate.

Tanto Joe Biden, presidente norteamericano, como sus colegas francés, Emmanuel Macron, la canciller alemana, Angela Merkel (esta mucho más autocrítica y realista), o el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez (por cierto, con casi una semana de demora respecto a sus colegas e intentando sacar rédito político de la llegada de refugiados al aeropuerto militar de Torrejón de Ardoz), han puesto el énfasis en esa estrepitosa salida de Kabul de cientos de miles de personas en tiempo récord, con el ánimo de tapar así el verdadero fracaso obtenido por los países occidentales tras esas dos décadas de ocupación como consecuencia de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001.

No me imagino, por poner un caso histórico, a Napoleón jactándose de haber salvado la vida de miles de sus soldados en la huida de tierras ibéricas después de haber ocupado España durante seis años (1808-1814), habiendo tenido que salir por pies tras esos años de guerra y tras haber secuestrado al rey Fernando VII, el Borbón de tan infausta memoria, nuestro particular talibán del siglo XIX.

Sería algo verdaderamente ridículo para el emperador francés y tan lamentable como este otro intento de nuestros días al querer subvertir la realidad de los hechos (la prolongada estancia de tropas occidentales en Afganistán que, finalmente, tras esas cuantiosísimas cantidades para mantener al ejército aliado, las miles de vidas de los militares que cumplían allí con su sagrada obligación, en una misión que al cabo no ha servido para nada), frente a la pírrica y falsa victoria de haber conseguido la evacuación de varios cientos de miles de afganos que habían colaborado con las fuerzas occidentales.

Estamos asistiendo al final de una época y al principio de otra que, frente a lo que nos gustaría, van a dominar China y Rusia como verdaderos motores de la escena internacional de los próximos años. La evacuación, la derrota en Afganistán–digámoslo claramente-, no es más que el principio de todo lo malo que vamos a tener que vivir más pronto que tarde en buena parte del mundo civilizado en forma de sangrientos atentados. Más vale que nuestros servicios de inteligencia y nuestras fuerzas de seguridad vayan actuando desde ya para evitarlos en lo posible o, al menos, minimizarlos.

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