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El Estado soy yo

martes 19 de octubre de 2021, 07:49h

El 40º Congreso del PSOE celebrado en Valencia el pasado fin de semana ha sido un paseo para Pedro Sánchez cinco años después de su defenestración y su posterior reconquista a través de elecciones primarias de la secretaría del partido. Su pronta elevación consiguiente a los altares de la Moncloa, vía moción de censura apoyado por la bancada comunista (Unidas Podemos), nacionalistas e independentistas catalanes y vascos de todo signo (herederos proetarras de Bildu incluidos), ha propiciado que su reelección la haya conseguido al modo búlgaro, cubano, nicaragüense o venezolano, es decir, rozando el ciento por ciento de los apoyos y sin oposición alguna.

Heredero directo de Groucho Marx en eso de los principios (“tengo unos principios y si no le gustan, tengo otros”), Pedro Sánchez ha pasado de saltar del slogan del congreso anterior -el 39º-, “somos la izquierda” a reivindicar al PSOE como un partido “demócrata y reformista”, una vuelta en toda regla a lo que el partido venía siendo desde que Felipe González conquistara el poder interno frente a los históricos, un partido socialdemócrata que renunciaba a los principios marxistas (esta vez de Carlos, no de Groucho), al estilo alemán o sueco.

Lo afirma el presidente del gobierno y secretario general del PSOE a pesar de la contradicción que supone el estar gobernando de hecho con apoyos de partidos radicales de izquierda que buscan sin ningún tipo de maquillaje ni tapujos el cambio de régimen y el enterramiento de principios económicos y legales sobre los que está sostenido nuestro estado social y democrático de derecho.

Y es que, como la inmensa mayoría de las encuestas de opinión-excluyendo, claro está, al CIS de Tezanos-, le están dando la espalda al PSOE y a su líder al frente de la presidencia del gobierno, en favor del PP y de Vox, se hace necesaria una vuelta a los principios socialdemocráticos para intentar volver a engañar al electorado de centro. Sánchez no iba a poder conciliar el sueño si tenía que pactar con Iglesias y, menos de horas 24 después de las últimas elecciones, estaba formando gobierno con Podemos y elevando a la categoría de vicepresidente al mismo Iglesias.

No es siquiera esa proclamada voluntad de vuelta al centrismo político que, probablemente, y a tenor de los hechos consumados, nadie se cree ya, sino la creación dentro de la nueva ejecutiva de una Secretaría para la Reforma Constitucional y Nuevos Derechos lo que resulta verdaderamente inquietante. Al superministro Félix Bolaños –sucesor de Iván Redondo en el papel de hacedor de maniobras en la oscuridad en el seno del gobierno para satisfacer los más íntimos deseos del presidente-, le va a corresponder esa labor del sí pero no, no pero sí. ¿Será su primer objetivo el cambio de estructura territorial del estado español?, ¿será acaso la búsqueda de una fórmula pseudolegal para cambiar la forma de estado, de monarquía a república?

Si lo que se pretende es seguir este último camino, la fórmula para poder transitarlo desde la más absoluta legalidad viene ya marcado en la propia Constitución de 1978, pero esto exige la búsqueda de mayorías mucho más amplias de las que le han dado el sillón de la Moncloa a Sánchez y eso, obligatoriamente, exigiría un consenso con el PP para la consecución de esa mayoría legal. Por eso la presuponemos pseudolegal, o legal, pero bordeando la ilegalidad, lo que posiblemente se quiera buscar desde esa secretaría de nuevo cuño que preside ya Bolaños.

Ya hemos venido viendo durante estos dos últimos años que al presidente nada le supone traba legal alguna cuando de lo que se trata es de hacer su voluntad: nombramiento de la exministra de Justicia, Dolores Delgado, como Fiscal general del estado; Declaración del estado de alarma cuando lo que de verdad se perseguía era el estado de excepción encubierto que ha restringido las más elementales libertades individuales de los españoles y que posteriormente ha tumbado el Tribunal Constitucional, lo mismo que el cierre temporal del Congreso; los, indultos a los políticos catalanes condenados por el 1 O, a pesar del informe contrario del Tribunal Supremo, etc.

Todas estas medidas que a los órganos jurisdiccionales le han parecido que sobrepasaban la legalidad constitucional, han sido contestadas por miembros del gobierno de Sánchez sin ningún tipo de sonrojo. Y, sin embargo, y paralelamente, las críticas que el ejecutivo recibe por parte de los cada vez más escasos medios de comunicación que las admiten, son vistas como irreverentes y descabelladas, cuando no de fascistas, que es el adjetivo comodín más socorrido para tildar a cualquier periodista que se atreva a señalarlas e iniciar así su proceso de ninguneo, de descalificación, de verdadero enterramiento civil.

Mucho me temo que al presidente solo le falta emular al rey absolutista francés Luis XIV proclamando explícitamente aquello de “el estado soy yo” y –como se decía antaño-, anda dando vueltas y revueltas para conseguir todo lo que se propone por lo civil o por lo militar. La duda que nos surge es saber si logrará alcanzar el final de la legislatura o decidirá adelantar los comicios si es que algunas de las variables económicas (desempleo, energía, deuda, etc.), inician un cambio más o menos tímido y positivo que el presidente tratará de arrimar a su gestión, aunque el común de los mortales considere que él es precisamente el mayor freno para que todos esos parámetros puedan iniciar el camino de la recuperación y del despegue.
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