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Historia, irracionalidad y barbarie

miércoles 15 de julio de 2020, 11:11h

Nuestros políticos suelen repetir insistentemente que no hay que legislar en caliente y, por una vez y sin que sirva de precedente, no les falta razón. Tampoco viene mal esa máxima a la hora de escribir sobre acontecimientos sociales de calado, esos que tocan la fibra sensible sobre los que se asienta una sociedad. Los árboles, en uno y otro caso, suelen impedir la visión completa y minuciosa del bosque, así es que conviene tentarse la ropa antes de decir nada al respecto si uno no quiere correr el riesgo de desdecirse en menos que canta un gallo.

Y digo esto a colación de esta infamia que se está internacionalizando durante las últimas semanas en forma de destrucción de monumentos y estatuas relacionadas con el legado español que, por fas o por nefas, no les son simpáticas a ciertos grupos de población que, en su mayor parte, desconoce las causas que han motivado que se haya erigido un templo, un edificio o una estatua a tal o cual divinidad o personaje, al tiempo que alimenta la necesidad de que si los suyos han sugerido simplemente que ese es un símbolo de la opresión, del imperialismo o de vaya usted a saber qué, no hay que dudarlo ni un instante: ¡a por ellas…!

Últimamente han sido estatuas dedicadas a personajes españoles o vinculados con el legado español en América. Colón, Cervantes -dos nombres que, espero, no necesiten más presentaciones que a aquellos que atentan contra su memoria-, o la de Fray Junípero Serra, un franciscano de origen mallorquín, beatificado por Juan Pablo II en 1988 y canonizado por el Papa Francisco en 2015 en Washington DC. El franciscano elevado a los altares católicos fue doctor en Filosofía y Teología y, tras viajar a América, fundó nueve misiones y presidió otras 15 más en la Alta California que sirvieron de plataforma para facilitar la integración de los nativos en la sociedad moderna. Una de ellas, por cierto, la de San Gabriel en Los Ángeles, ha sido pasto de las llamas hace apenas 24 horas, y aún no se sabe si el fuego ha sido o no provocado intencionadamente.

Lo que fue versus lo que debiera haber sido

Pero, siendo el último, no es este el único ejemplo, ni el peor, del estadio de la barbarie humana de nuestros tiempos. Aún hay quien confunde la velocidad con el tocino, la historia y la voluntad de quien la cuenta. Sin ir mucho más atrás y sólo a título de ejemplo paralelo, hace menos de cinco años en Oriente Medio, el Estado Islámico dio buenas muestras del tamaño del cerebro de sus dirigentes cuando se ensañaron en Irak, con el legado cultural atesorado sólo en las ciudades de Hatra, Nimrod y Nínive. En la primera los yihadistas entraron en 2014 y utilizaron sus espacios como campo de entrenamiento. Y para dejar eterna memoria de sus hazañas, antes de irse grabaron en vídeo cómo hacían saltar por los aires alguno de los principales monumentos del siglo III a.C, que pertenecieron a la ciudad capital del reino de los partos, y que fue señalada hace sólo unos años como patrimonio mundial por la UNESCO. En Nimrod otros hermanos musulmanes radicales utilizaron excavadoras para destrozar todo lo que los arqueólogos occidentales no se habían llevado años antes al Metropolitan de Nueva York o al Museo Británico de Londres. La ciudad de Nínive -ubicada en las afueras de Mosul-, antigua capital asiria fue también blanco de las iras irracionales de los yihadistas, que destrozaron diversas estatuas mesopotámicas.

Las indicadas no sé si son sus mayores heroicidades contra el legado cultural del pasado, pero no las únicas. A ellos hay que atribuir también, y entre muchos otros destrozos, los del norte de Mali, en donde derribaron edificios sufíes y centenares de Mausoleos en Tombuctú. O en la ciudad de Palmira, la antigua ciudad del desierto de Siria, en donde existía desde hacía 1.900 años una parada para caravanas en la ruta de la seda, acomodada con templos y columnas en donde los yihadistas derribaron uno de sus principales templos, Baal Shamin, dedicado al dios fenicio de las tormentas. Junto a él, derruyeron también el Arco del Triunfo, y el templo de Bel, ambos del siglo III…

Alguien podría argumentar que estas últimas son más bien acciones de guerra que atentados culturales, pero no es así porque estas no perseguían ningún objetivo militar sino, sencilla y simplemente, destruir un legado cultural que resultaba especialmente molesto a quienes atentaron contra ellos, y a los que podríamos denominar como terroristas culturales.

La obsesión de quienes pretenden analizar los hechos ocurridos hace cientos o miles de años con la óptica de nuestros días es una barbaridad de un tamaño colosal. El mero sentido común debiera hacerles reflexionar un momento para que pudieran darse cuenta del inmenso error que supone aplicar criterios actuales a sociedades que estaban regidas por otros bien distintos. ¡Cuántas de las cosas que hoy damos por válidas, incluso ejemplares, no serán tomadas por auténticas barbaridades dentro de cien o doscientos años! ¡No digamos ya dentro de un milenio! Con todo, la historia de la civilización se construye con aciertos y desaciertos que, en conjunto, han contribuido a que hoy seamos lo que somos y, también y en cierta medida, cómo somos. Es esa una circunstancia que no podemos obviar por mucho que quisiéramos hacerlo y que, además, si consiguiéramos borrar de alguna manera conseguiríamos hacer inexplicables épocas posteriores a ese acontecimiento porque es ese y sólo ese el que explica el statu quo actual.

Miopía

La inconveniencia de juzgar hechos ocurridos siglos atrás con la óptica de nuestros días es tan evidente que, de otra forma, no habría hecho histórico que pudiera salvarse. El contexto, la época, los valores sociales, políticos y religiosos imperantes en cada momento son los que son y el historiador moderno, si realmente aborda su labor con rigor y seriedad, no puede cometer la torpeza de intentar cambiarlos a su antojo y menos aún con fines torticeros que puedan servir a causas políticas, sociales o religiosas actuales.

Pero, volviendo al caso de las estatuas del legado español dañadas a comienzos de este verano en varias ciudades norteamericanas, hay muchas más razones para reivindicar el papel determinante que tuvo España en el desarrollo de las tierras y hombres del continente americano y, más en concreto, en la creación y la configuración de los Estados Unidos de América.

Quizás baste el decálogo de razones enunciado por el Spanish Council, para poner de manifiesto la irracionalidad y la injusticia de los sufridos estas últimas semanas allí que, además, han estado a punto de tener también una cierta y, si cabe, aún más lamentable continuidad en nuestro propio país.

Con sus sombras (especialmente los excesos de violencia que, por cierto, y en muchos casos, fue denunciada por las mismas autoridades españolas), pero también con sus luces (políticas de integración y mestizaje), la intervención española en el continente americano ha marcado el devenir de gran parte de los países que lo componen y su identidad actual no puede entenderse sin el legado dejado allí por nuestros antepasados desde 1492.

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