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Sencillos apuntes de economía doméstica

jueves 12 de agosto de 2021, 07:55h

Lamento profundamente la muerte de un gran economista y, quizás aún más, divulgador de la economía como era el profesor Gay de Liébana. Sus artículos y, sobre todo, sus intervenciones diarias en el magazine de Carlos Herrera en la COPE eran siempre sencillas, optimistas sin dejar de lado nunca el realismo y, lo que aún es muchísimo más importante, simplificaba en extremo su lenguaje de modo que, sin perder un ápice de precisión y seriedad en su contenido, era entendido por todo el mundo, expertos, colegas, emprendedores y público en general.

Y traigo a colación a Gay de Liébana porque -al contrario de lo que me pasa a mí-, era un futbolero apasionado, seguidor a ultranza del Español de Barcelona y, estoy seguro de que sus comentarios sobre el desenlace del caso Messi en el Barça habrían llenado de razón un asunto que, por lo demás, me parece que puede ser ejemplificante tanto en la microeconomía - la doméstica o de una pequeña empresa-, como en la macro- las finanzas de cualquier comunidad autónoma, del estado o de la misma UE-.

El flamante presidente del Barcelona, Joan Laporta, apareció recientemente ante docenas de micrófonos y cámaras de televisión para anunciar finalmente que el mejor jugador de fútbol del mundo, y no solo de hoy sino probablemente de todas las épocas, no iba a seguir ya en el club: “No estoy dispuesto a hipotecar el club por nadie”, para insistir aún con más énfasis y a renglón seguido que “El club está por encima incluso del mejor jugador del mundo”.

Está claro que aquellos barros nos han traído estos lodos. La hipermasificación de un espectáculo que alguna vez fue incluso un deporte noble como es el fútbol, más tarde o más temprano, iba a tener que situarse en la dimensión económica que admite la razón, y bajarse de ese pedestal ficticio y sin límite que ha sido durante los últimos lustros: salarios de futbolistas por las nubes, fichajes absolutamente desproporcionados, entradas carísimas, derechos de televisión sacados a subasta y desbocados al unísono con los demás aspectos del negocio.

¿Alguien se ha parado a pensar lo que supone un salario mensual como el de Messi? Esos diez millones y pico de euros mensuales que se le estaban pagando en el Barça es una cifra tan desmesurada que cualquier trabajador con un salario medio mensual de unos dos mil euros no llegará nunca a reunir ni siquiera en toda su vida laboral por muy joven que hubiera comenzado a trabajar. Es inmoral, entre otras muchas cosas, la existencia de desigualdades tan siderales entre un trabajador normal y una estrella del fútbol, aunque sea la que más brilla y haya brillado jamás.

Los profesores de Economía se empeñan, y con toda la razón del mundo, en tratar de llevar al ánimo de sus alumnos la idea de que, en esencia, no hay diferencia alguna entre administrar razonablemente bien la economía de casa, la de una empresa, la de un club de fútbol o la de un estado. La cosa está muy clara: ponga por un lado los ingresos, por otro los gastos, los préstamos y las deudas, y si el resultado final es positivo, algo estaremos haciendo bien.

A veces, algunos comerciales iletrados de ciertas empresas usan como argumento fuerza para su nueva relación con otra empresa que la facturación de su compañía el año pasado fue de tantos euros. Con eso, obviamente, no están diciendo nada más que exhibir solo una parte del todo que, además, no me indica nada. Si has facturado diez no me estás indicando si al final del ejercicio llegaste a tener beneficios o no, ni cuál es la estructura y el alcance de tu deuda. Todo eso, en conjunto, es lo que se conoce como balance, y es justamente el dato que no exhiben todos esos listillos y encubridores de la realidad de la empresa a la que representan.

Decía Laporta que el sueldo futuro de Messi iba a hipotecar el futuro del Barcelona. Es cierto, como lo es también que lo ha lastrado la horrorosa gestión de los presidentes que le han precedido, incluso él mismo que también lo fue en una etapa relativamente reciente del club. Y algo muy parecido está pasando también con España y la situación a la que nos han ido llevando los últimos gobiernos, y especialmente los de Rodríguez Zapatero y Sánchez, que hacen del gasto público la base de sus políticas. Así es como hemos llegado a hipotecarnos hasta las cejas, y no solo a la generación actual sino también a las futuras generaciones de españoles.

Desde que comenzase la pandemia en marzo de 2020, la deuda pública española se ha disparado en casi 170 000 millones de euros, un salto sin precedentes en las últimas décadas. Los desplomes de los ingresos por impuestos junto a unas políticas fiscales expansivas para intentar contrarrestar el golpe de la pandemia están generando este fuerte desequilibrio en las cuentas públicas. En concreto y para no ser más técnico de lo necesario, datos del Banco de España apuntan inequívocamente a que la deuda pública de España se ha disparado hasta el 125,3% del PIB y marca máximos no vistos desde 1881. Aviso a navegantes para que el presidente Sánchez y sus ministras de Economía y de Hacienda, respectivamente Nadia Calviño y María Jesús Montero, actúen como Laporta y no empeñen más aún los bolsillos de los españoles durante los próximos decenios.

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