Si el resultado electoral ha sido incontestable, histórico, tanto en votos (una diferencia de 16 puntos a favor de Kast) como en distribución territorial (Kast ganó en las 16 regiones del país), no tiene esa misma consistencia el análisis que se está realizando de las causas de ese vuelco de 180 grados en la política chilena. Puede hacerse una revisión de los principales factores explicativos que se mencionan, pero se echa en falta un análisis de mayor calado en términos de cultura política.
Se habla del desgaste del gobierno saliente, que tenía cerca de los dos tercios de opiniones negativas, algo que también se relaciona con la mala gestión administrativa del gobierno del Gobierno Boric. También se menciona la campaña irregular de la candidata oficialista, la comunista Jeannette Jara, incluyendo el hecho de que Boric estuviera ausente en la segunda vuelta. De igual forma, se alude a las tendencias globales del ascenso de una derecha dura que también se abre camino en América Latina. Todos esos elementos son ciertos y coadyuvantes. Pero no tratan del fondo del asunto. Como ha dicho Paulina Vodanovic, jefa de campaña de Jara en la segunda vuelta, todo eso compone “el análisis fácil”, y agrega: “hay que escarbar un poquito más e ir más atrás, en las causas inmediatas, pero también las mediatas; en lo que ocurrió post estallido social e, incluso antes”.
Pero, para hacer eso, se hace necesario lo que he llamado en anteriores ocasiones desprenderse de una serie de “espejismos”. En primer lugar, la lectura del estallido social fue sesgada, tanto en su dimensión como en su contenido. Fue una reiteración de que el malestar social puede expresarse mediante minorías activas que pueden no reflejar la orientación política central del electorado (y que incluso pueden asustarle). Otro espejismo fue la lectura sobre la victoria electoral de Boric, que supuestamente reflejaba una amplia base de apoyo social. En realidad, con una baja participación, Boric solo obtuvo el 56% del 55% que había votado; es decir, seguía siendo un apoyo acentuadamente minoritario, como el de anteriores presidentes, en torno al 27% del total del electorado. Y en la segunda vuelta el voto que consiguió agregar era en un 70% un voto prestado, que regresaría a sus tiendas partidarias a poco andar. Es decir, el apoyo directo a Boric podía estimarse en torno al 20% del total en la segunda vuelta. En suma, la amplia base de apoyo que se le adjudicaba a Boric era, en realidad, lo que tendría que ganarse con su gestión de gobierno. Y los datos fehacientes muestran que eso fue exactamente lo que no consiguió lograr.
El problema agregado ha consistido en que, ante esa situación, la opción de Boric y su equipo ha mostrado una inclinación permanente hacia la fuga hacia adelante. Así sucedió con la propuesta de reforma constitucional, que no solo se hizo desde una concepción radical, sino que, aún peor, se lanzaron políticas públicas confiados en la rotunda victoria en el referéndum. La incontestable derrota (un 62% en contra) no se asumió cabalmente. Mientras tanto, la percepción de un clima de inseguridad fue ganando terreno. Y la respuesta del gobierno de Boric fue no aceptar el tratamiento específico del asunto, sino continuar ligándolo a una cuestión de desigualdad social. Dejó campo abierto a la derecha para tematizar la cuestión. El último episodio de esta fuga hacia adelante ha consistido en la aceptación de una candidatura de origen comunista. Importa subrayar que el desempeño y la visión de la candidata Jara han sido bastante rigurosos (es tradición en Chile que el PC se comporte más aterrizado que sus socios, como le pasó a Salvador Allende). Pero su adscripción política ahorró a la derecha una enorme cantidad de relato acusatorio. También en esta oportunidad el equipo de Boric continuó optando por la opción polarizada.
Así las cosas, sin desconocer los factores puntuales que explican la abultada derrota, para salir del análisis fácil que menciona Vodanovic es necesario formular la pregunta acerca de si existe alguna responsabilidad en ese violento giro electoral del proyecto político encabezado por Boric. Y de nuevo es la derrotada Jara quien hace el análisis más certero. En declaraciones al diario El Mercurio, afirmó: “la gente que está en política, de todos los sectores, tiene que hacer una autocrítica. El principal desafío, a mi entender, no es si el péndulo está en un lado o en otro, sino la gran cantidad de gente desafectada de la política”.
Ahora bien, si ese es el diagnóstico, entonces la solución no consiste en mantener una propuesta radical a como dé lugar, sino en producir un proceso de deliberación con los desafectos, con los no convencidos, aunque ello signifique reconocer que no se posee una inmensa base social, y la necesidad de darse más tiempo en los cambios mientras dura ese proceso de deliberación. Lo opuesto es algo que todavía no ha entendido del todo la izquierda en la región: la recuperación del vanguardismo, el avance de una vanguardia que se separa del estado real de la cultura política existente en el seno de la sociedad. Algo que contribuye poderosamente a la polarización y genera un resentimiento que busca la compensación en el extremo contrario. En el fondo, se trata de una reedición del “avanzar sin transar” que se gritaba durante la Unidad Popular y que aceleró la tragedia de Salvador Allende.