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Pesadilla sobre la actualidad

sábado 16 de febrero de 2019, 11:59h

Estamos en un tránsito entre lo cotidiano y lo banal. Lo cotidiano es una interminable ración de siempre lo mismo, aquello que como una persistente tormenta cae sobre la actualidad y ya no podemos hablar de otra cosa. La rica variedad de asuntos que el mundo, en su amplia complejidad, nos ofrece se comprime en un vasto espacio que hemos de mirar, ya que por mucho que giremos el rostro siempre está ahí enfrente el mismo paisaje.

Lo banal es ese discurso de la apariencia que hemos de escuchar cuando abrimos los oídos, esa simplificación de la riqueza real de la vida, esa esencia de escaparate para todo. Por ejemplo el sermón de Junqueras ante el Supremo. Es un intenso manual de lo banal, ya que difumina la complejidad normativa de la democracia, no olvidemos que es el menos malo de los sistemas, necesaria para sus garantías, en una idea panfletaria consistente en que la democracia es que se vote cuando yo quiero, como yo quiero y de lo que yo quiero, siendo incluso ese deseo en el viento más fuerte que la propia ley que la democracia ha creado.

Vivimos entre el sobresalto y la nada. Si no hay un hecho de raíces atómicas, una madre de todas las batallas, el eterno retorno de un partido del siglo, parece que no pasa nada, cuando en el propio discurrir de la vida los problemas más importantes, los que más condicionan nuestra vida, siguen ahí enterrados en este juego de artificios luminosos. Vivimos entre el estallido y el deslumbramiento. Lo que no estalla no existe. Lo que no es capaz de arrollar el verbo superficial y machacón de una tertulia no existe. Lo que no se pone debajo de la música inicial de un telediario no existe. Lo que no lleva adosado un traje de faralaes y luces de verbena no existe. Lo que no nos dice que el periodista muerde al perro no existe. El mundo se ha vuelto un luminoso gusano que, en vez de fabricar seda, fabrica una pasarela por la que pasa todo lo que es exposición, y no razonamiento.

Todo pasa y todo queda, lo nuestro es pasar (haciendo caminos sobre la mar escribía el poeta en una metáfora insuperable sobre el tránsito de la vida), menos el "procés". Hay que convenir, sintiendo la pertinaz machaconería de los separatistas, que estamos abocados a una película que tuvo principio, pero no tiene fin. Anoche tuve una pesadilla. Estábamos en el año ocho mil o nueve mil (mil años arriba o abajo como dice Cuerda) y los seres humanos nos habíamos transformado en entes pacíficos. La guerra, el egoísmo, el capitalismo o la iglesia, casi la materia, ya no existían. Pero ahí seguía el "procés". El "procés" vivo en una infinita clonación de rostros. Ejércitos de "puigdemones" y "junqueras" y "rufianes" aparecían por todas partes incrustándose en los fluidos de la existencia. Al final desperté, pero seguía la pesadilla.

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