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Así que pasen treinta años

domingo 16 de febrero de 2020, 10:18h

Así que pasen treinta años, los que median entre la desaparición física de Manuel, “Manolo” Conde, poeta, crítico de arte, fundador del grupo El Paso, y los días que corren, sus huellas siguen hollando la memoria y los rincones del almario.

En marzo de 1991, un año después de que Manolo pasara a ser recuerdo de los otros y más tarde escarcha, Rodolfo Serrano, periodista y también poeta, escribía y dejaba constancia en el diario El País de que Manolo murió sin el reconocimiento que el mundo de la cultura le debía.

Para poner algo de remedio a semejante desafuero, en 2010 un grupo de amigos y las autoridades del Ayuntamiento de Madrid, convinieron en poner una placa conmemorativa en la fachada de la Calle Génova que fuera testigo de su casi vida entera en compañía de su hermano Pepe. Ahora la placa ha desaparecido como consecuencia de las obras de restauración y mejora que se realizan en el edificio. Confiemos en que retorne la cigüeña al campanario, que estamos en temporada.

Entretanto, se puede leer la exposición de motivos que figuran en la web municipal memoriademadrid y que reza: En esta casa vivió Manolo Conde, poeta, pintor ocasional, crítico de arte y, sobre todo, bohemio, así como uno de los impulsores del grupo artístico El Paso, que unió en la década del cincuenta del siglo XX a algunos de los artistas plásticos más significativos y renovadores del panorama español (…) fundado en 1956 reunió a figuras tan importantes para el arte español de la vanguardia como Rafael Canogar, Luis Feito, Manuel Millares, Antonio Saura, Manuel Rivera, Pablo Serrano, Martín Chirino o Manuel Viola, entre otros. Las obras más significativas de los miembros de El Paso pueden encontrarse expuestos en el Museo de Arte de Cuenca.

Manuel Conde -o Manolo, como le conocían sus amigos- fue miembro fundador de El Paso, firmó sus manifiestos y defendió en diversos medios de comunicación y en obras monográficas a sus artistas. Dirigió la galería de arte madrileña Fernando Fe, que impulsó el arte abstracto. Fue comisario del Pabellón Español en las Bienales de París en los años 1961 y 1967, y miembro fundador de la Asociación Española de Críticos de Arte. Entre sus obras cabe destacar las monografías dedicadas, entre otros, a los artistas Alfredo Alcaín (1963), Eduardo Sanz (1964), Martín Chirino (1971), así como textos fundamentales para conocer el arte de su generación. Entre sus libros de poesía se pueden destacar “Habitando el exilio” (1966) y “Fuego cuadrado” (1978)”.

Serrano, en el artículo de referencia, amplía el perfil recordando la estancia de Manolo en París y sus charletas con Picasso, Bacarisse o Clavé, su formación en Bellas Artes junto a compañeros como Agustín Úbeda, Manuel López-Villaseñor, Juana Francés, o Manuel Mampaso. Y añade que fue: “… uno de los artífices del movimiento artístico español de los últimos años. A él y a Canogar, Antonio Saura les propuso crear El Paso (…) Era el año 1956. Un sábado de primavera en la cervecería “Recoletos”. Aquello parecía una locura, pero salió adelante. También parecía una locura montar una exposición de pintura abstracta en el Madrid de 1956, y, a pesar de ello, Conde lo hizo. Entonces dirigía la galería “Fernando Fe”, en la Puerta del Sol, y allí expusieron Oteiza, Quirós, Feito, Mampaso…”.

Quedan pocas fotos de Manolo Conde. En la época no era costumbre, como ahora, inmortalizarlo todo. De entre las pocas han caído por aquí dos parejas, una objetiva y otra totalmente subjetiva. En una del primer apartado posa parte del grupo en su primera exposición en la galería Buchholz de Madrid, abril de 1957, con Manolo en el extremo derecha y todos bajo la obra Níjar de Antonio Saura, y en la otra, en palabras del crítico de arte Alfonso de la Torre: “… Manolo Conde solitario, casi cubierto por un periódico: pareciere embebido, compungido y concentrado, rostro serio, por la lectura de la prensa francesa, en tanto al fondo estalla la pintura de Saura”. En el capítulo de subjetividades una polaroid en la que Manolo me explica que se pasa la vida el hombre haciendo suyo el camino y cuando lo posee la noche borra los muros que hizo, y otra de la dedicatoria que abre las páginas de un ejemplar descolado de su gran poemario Habitando el exilio.

Manolo, universal de infinitud y por añadidura chamberilero y madrileño por los cuatro costados, escribió al menos dos poemas genéricos a su villa. Uno desde dentro y otro tomando distancia: “De plata siempre./ Sin sombra,/ las torres de mi ciudad./ La claridad, su sustento/ Con luz amasa su pan./ Voy de sorpresa en sorpresa,/ después de tanto pasar/ por las noches/ por los días./ Suena siempre en son de paz/ su rumor de golondrinas/ y acacias/ en flor./ Cristal,/ no puede mirarse al río,/ porque le quiere olvidar./ Madrid se mira en las tardes/ su quietud de eternidad”. y desde la lejanía: “Veletas/ finas./ no se rompe/ ni el cielo/ ni el ritmo./ Un malva diáfano,/ que estalla,/ convierte su perfil/ en lirio./ Aún no es ciudad./ Las torres vuelan./ Antiguo/ y limpio”.

Del Madrid de Manolo Conde se han ido muchas cosas, como la bodeguita de Argensola o las botellas de Chartreuse, verde o amarillo según los días, en los anaqueles tabernarios, pero sigue la torre mudéjar de San Pedro El Viejo recortada en la noche y el dibujo que una tarde nos hizo Pablo San José, el de La Oficina Siniestra en la taberna del 9 de la calle santa Teresa. Ahora la regenta Luis Barrutia uno de los prodigios contemporáneos del arte manducario. Está a buen recaudo. Como el que se atesora en la memoria de las peteneras que Manolo escribía en servilletas de amenas botillerías: “Entre la vida y la muerte,/ un lento caudal de agua./ Como es noche no se ve,/ pero se siente que pasa” o “Para volver a cantar/ no me hace falta una pena. / La pena está en el cantar”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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