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Edipo no rey

lunes 23 de enero de 2023, 08:21h

Edipo rey, la tragedia que Sófocles escribiera allá por los cuatrocientos años antes de Cristo, narra la dramática peripecia de un mítico soberano tebano que, sin siquiera sospecharlo, mata al que era su padre, Layo, y desposa a su madre, Yocasta, con quien tiene cuatro hijos: los varones Eteocles y Polinices, y dos hembras, Ísmene y Antígona. Ni qué decir tiene que la tragedia, como su propio nombre indica, acaba en siniestra Sigmund Freudhecatombe, pero, al menos, las hojas del rábano fueron cogidas y aprovechadas siglos después por el neurólogo austriaco Sigmund Freud, para elaborar la teoría del conflicto o complejo edípico, que acabaría convirtiéndose en uno de los conceptos centrales de la teoría psicoanalítica. Se define como el deseo inconsciente, aparentemente común a todos los humanos, de mantener, durante determinadas etapas de desarrollo infantil, una relación sexual con el progenitor del sexo opuesto y de eliminar al del propio.

Parece que el incesto es uno de los tabúes más universales que existen, probablemente porque desde los albores de la hominización nuestros lejanos parientes intuyeron que la consanguinidad debilitaba grandemente a los grupos y ponía en serio riesgo la supervivencia de la especie. Miles de años después, a mediados del siglo pasado y tras estudiar a fondo el asunto, el filósofo, etnólogo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, sentenció que la principal diferencia entre animales y seres humanos radica en la prohibición o tabú del incesto.

Cuadro de Nerón ante el cadáver de su madre Agripina la Menor, de Arturo Montero Calvo Claro que, como toda regla, por muy general y cósmica que sea, tiene sus excepciones y ahí están, a título de ejemplo, los afamados casos de los emperadores romanos Nerón, que dicen mantuvo comercio carnal con su madre Agripina la Menor, y Caracalla que según los historiadores hizo lo propio con su progenitora Julia Domna, o los de los Papas Alejandro VI, al que se le atribuye haber conocido bíblicamente a su hija Lucrecia Borgia, quien por su parte hacía lo propio con su hermano César Borgia, y Paulo III, que se supone mantenía relaciones sexuales con su hija Constanza Farnesio.

Evidentemente, estos y otros casos remiten a hechos reales y tangibles, muy lejos del onirismo del que nos hablaba Freud, porque una cosa son los deseos difusos e inconscientes en etapas de la vida en las que la personalidad del individuo no está aún formada, y otra bien distinta el acto responsable y lúcido de los caballeros y señoras antes mencionados.

Libro En la sombra, del Príncipe HarryY viene este farragoso prólogo a cuento, la aclaración se ha hecho esperar, de una de las historias que el príncipe Enrique o Harry de Inglaterra y duque de Sussex narra, en la versión en español que lleva por título En la sombra, y que se está vendiendo como pan caliente a lo largo y ancho de este mundo, que diría el chiripitifláutico Capitán Tan.

Aunque a mis cansados ojos jamás se le ocurrirían posarse ni en una del medio millar de páginas autobiográficas que el hijo menor de Carlos III ha dado a la imprenta, vivo en el mundo en que vivo y en pocos días me he enterado por terceros de varios de sus relatos.

He sabido, por ejemplo, que en ocasiones diversas se queja de representar “un papel secundario” por la naturaleza de la jerarquía y el derecho de nacimiento, lo que parece indicar es que el segundón no acaba de entender del todo bien cómo funcionan las monarquías; que tuvo una violenta discusión con su hermano William, príncipe de Gales y heredero del trono, y que este le despojó violentamente del collar que colgaba de su cuello para después arrojarle al suelo, de lo que resultó la rotura del plato de comida de uno de los perros que pululan por las lujosas estancias que acogen a la realeza británica; que el tal Willian llegó a su boda con Kate Middleton con una melopea del copón de la vela y a caballo entre las etapas de exaltación de la amistad y los bailes regionales; que ambos fueron militantes activos en el intento de que su padre no se casara con Camila, otrora Parker Bowles y agora Camila del Reino Unido, porque intuían que no tardaría en hacer palidecer a la reina Grimhilde, la madrastra de Boda del príncipe William con Kate MiddletonBlancanieves; que en su servicio en Afganistán, mató a veinticinco talibanes, y que la escabechina ni le llenó de orgullo y satisfacción ni le produjo desazón o comecome, porque: “… eran gente mala, eliminada antes de que pudieran matar la gente buena”; que con diecisiete abriles se peinó su primera raya de perica y a la vez fue desflorado por una señora mayor y en lugar público; y que tras el dolor por la muerte de su madre le dio a la marihuana, a las setas alucinógenas y a la ayahuasca o yagé.

Pero metidos en alucinógenos, lo que me resulta más estupefaciente y con mucho, es el relato de su experiencia en el Polo Norte, cuando, en 2011, formó parte de una expedición organizada por una asociación británica dedicada a la ayuda de soldados heridos. Resulta que el intenso frío polar le produjo un principio de congelación en manos, mejillas, orejas y pene. Hondamente preocupado por esta última zona y órgano, hizo partícipe de su canguelo a un compañero de peregrinación y este le aconsejó que se pusiera en salva sea la parte pudenda una crema de la firma cosmética Elizabeth Arden. Harry recordó al punto que precisamente esa era la crema que su madre, Lady Di, se daba en los labios y la evocación hizo que le respondiera en mal tono a su camarada: “¿Y quieres que me la ponga en la polla?”.

Rumiando el enojoso asunto volvió a palacio y héteme aquí que en un cajón se topó con el remedio recomendado. Un pormenor que, dicen los que han leído su libro, relata en estos términos: “Encontré el tubo y en cuanto lo abrí el olor me hizo viajar en el tiempo. Era como si mi madre estuviera allí mismo, en la habitación. Cogí un poquito y me la apliqué… ahí abajo”. La presencia fantasmal de mamá parece obligarle a utilizar el eufemismo “ahí abajo”, en lugar de la desambigüedad usada anteriormente con el consejero, pero no deja de ser perturbador imaginarse al príncipe frotándose el miembro viril con el afeite mientras piensa amorosamente en su madre.

Y aquí viene el por qué del prologo, aunque ya sé que seguramente es rizar el rizo, pero a primera oída convengamos en que suena un poco como al complejo que según Freud se manifiesta en la fase fálica o pregenital del desarrollo de la libido y que se revive en la pubertad, lo que en principio debería carecer de sentido en un señor que a punto está de entrar en la cuarentena. De manera que serán cosas rijosas mías.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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