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Ruedan cabezas y Armenia en el corazón

martes 10 de noviembre de 2020, 09:05h

La tarde del pasado viernes 16 de octubre Abdoulakh Anzorov, de 18 años y origen checheno, mostraba una cabeza humana cortada del tronco en su cuenta de Twitter. Acababa de dar muerte y decapitar al profesor de secundaria Samuel Paty en Conflans-Sainte-Honorine, un suburbio a las afueras de París, a unos centenares de metros del College du Bois d'Aulne donde impartía sus clases. Junto a la foto aparecía el mensaje “en el nombre de Alá, el más misericordioso” dirigido al Presidente de la República Francesa: “… Macron, líder de los infieles, ejecuté a uno de tus sabuesos del infierno que se atrevió a menospreciar a Mahoma. Calma a tus semejantes antes de que os inflijamos un duro castigo”.

El “delito” que a los ojos y entendederas de Anzorov había cometido Paty consistía en haber mostrado, en el contexto de una charla sobre libertad de expresión, las caricaturas del Profeta que publicó la revista satírica Charlie Hebdo y que fueron contestadas por el radicalismo islamista con un ataque a su sede, el 7 de enero de 2015, que se saldó con la muerte de 12 redactores y caricaturistas.

En el homenaje fúnebre al docente celebrado días después, el Presidente de la República Francesa Emmanuel Macron decía textualmente: “… ellos separan a los fieles de los infieles. Paty solo veía a ciudadanos”.

Tal afirmación debió de parecerle tan intolerable al Presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan, que se vio impelido a realizar unas declaraciones públicas en las que ponía en duda la salud mental del alto mandatario francés y le recomendaba terapia.

Es probable que la inmensa mayoría de la sociedad occidental construida sobre pilares de libertad, igualdad y fraternidad crea que quien debería hacerse mirar las entendederas es el propio Erdogan, pero lo cierto es que en el marco de sus presupuestos morales la decapitación del infiel quizás encaja no solo en sus códigos sino en su praxis de estos mismos días. Claro que estas cosas a las que me refiero suceden en Armenia, que más allá de ser el primer Estado cristiano de la historia, hoy es región que parece estar tan lejos de todas partes que las noticias sobre la bárbara agresión que está sufriendo llegan en confusos y lejanísimos ecos.

En los primeros días de noviembre, el Ministerio del Interior de la República Armenia ha dado a conocer el interrogatorio a un combatiente sirio que luchaba junto a las fuerzas de Azerbaiyán que han invadido el territorio de la República de Artsaj, casi mundialmente conocida por su anterior denominación soviética como Nagorno Karabaj o Alto Karabaj.

Yusuf Alaabet al-Haji, residente habitual en la aldea de Ziyadiya, en la región de Jisr al-Shughur, de la provincia siria de Idlib, declaraba con garantías que fue reclutado hace meses para luchar contra los armenios a cambio de un pago mensual de 2000 dólares. Yusuf, tras vencer las reticencias en contra de familiares y amigos, aceptó la propuesta mercenaria y, tras pasar sin problemas la frontera entre Siria y Turquía fue embarcado en un vuelo civil de bandera turca hasta algún aeropuerto en tierra ignota, desde donde fue transbordado a otro avión de bandera azerí que les llevó hasta una base militar comandada por soldados de Turquía y Azerbaiyán. Les proporcionaron rifles de asalto rusos y les informaron de que podrían ganar extras al salario convenido: “… nos dijeron que cada uno de nosotros recibiría un plus de 100 dólares por cada armenio decapitado. Nos armaron de largos cuchillos y a los que tenían miedo les hicieron tomar unas tabletas redondas”.

La decapitación del opositor fue una práctica muy acendrada para los otomanos y turcos en un pasado no muy lejano. De ello dan fe multitud de fotos, algunas de las cuales fueron portada de revistas tan prestigiosas en su tiempo como L’Illustration o Les Nouvelles Illustrées. En esos testimonios gráficos del horror miembros del ejército y de la policía posan arrogantes y vanidosos ante una mesa con cabezas de civiles. Fue parte de la puesta en escena del primer genocidio perpetrado en occidente en el que fueron asesinados entre millón y medio y dos millones de armenios.

Tras la consumación de aquella barbarie, a principios de los años veinte del pasado siglo, la decapitación desapareció de los limes visuales de occidente hasta la década de los noventa y en el marco de la Primera Guerra de Chechenia. El soldado ruso Yevgueni Rodionov fue degollado por, supuestamente, negarse a convertirse al islam. Sucedió el 23 de mayo de 1996, el día en el que Yevgueni cumplía 19 años.

A ello siguieron decapitaciones públicas en Argelia por parte de grupos islamistas y otras que pasaron más o menos desapercibidas en el “poniente libre”, hasta que en 2002 un miembro de Al-Qaeda en Pakistán le cortó la cabeza a Daniel Pearl, periodista del diario The Wall Street Journal, mientras un operador rodaba en video todo el macabro espectáculo.

El dramático esperpento tuvo un efecto demoledor contra el apoyo a la causa islámica en su máxima radicalidad y la práctica fue formalmente condenada por grupos como Hezbollah, Hamas y Al-Qaeda.

El salvajismo cerril sólo ha pervivido en el ISIS, con manifestaciones tan inhumanas como las grabaciones videográficas en las que Mohammed Emwazi o “Yihadista John” actuaba de principal protagonista, y quizá en el corazón sañudo de la nostalgia otomana.

Entretanto, mientras colectivos conscientes denuncian y claman ante la decapitación individual y colectiva de Armenia señalando a los culpables, el mundo ilustrado y libre se queda mirando al dedo.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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