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¿Qué es el fascismo?: una respuesta materialista para el siglo XXI

¿Qué es el fascismo?: una respuesta materialista para el siglo XXI
jueves 26 de febrero de 2026, 12:08h

La irrupción de la extrema derecha en la arena política global ha reabierto un cajón de sastre teórico del que todos se sirven, pero pocos ordenan. Asistimos a un debate enmarañado donde se confunden términos, se diluyen responsabilidades y, lo que es peor, se banaliza la historia. Entre el auge del trumpismo, el nacional-populismo europeo y la reacción cultural al fenómeno woke, muchos se preguntan: ¿esto es fascismo? Pero la pregunta, para un marxista, para un materialista, no puede ser nominalista. No se trata de encajar la realidad en un diccionario ideológico, sino de interpretar los hechos en su crudeza para transformarlos.

El wokismo, entendido como una degeneración identitaria y posmoderna del socialismo y también del comunismo cooptado por fundaciones burguesas y globalistas, ha hecho un flaco favor a la izquierda, de hecho la ha roto y desprestigiado. Al colonizar el discurso progresista con una retórica neoliberal envuelta en banderas arcoíris –que son muy dignas, pero en su espacio y no como banderas de izquierdas, sino de libertad individual-, ha creado un vacío. Ese vacío, ese desprecio por lo material en favor de lo simbólico, es el caldo de cultivo perfecto para que la ultraderecha se vista de "protectora de los trabajadores". Pero cuidado: confundir al woke con el fascismo, o peor aún, dotar al fascismo de una pátina intelectual que nunca tuvo, es un error garrafal. Analicemos los hechos.

El Fascismo: Un Parto de la Reacción Burguesa

Para entender qué es el fascismo, debemos viajar a su cuna: la Europa de entreguerras. No nace de un debate filosófico en un salón, sino del miedo irracional de una clase media empobrecida y, sobre todo, del pánico de la burguesía ante la amenaza revolucionaria. En Italia, el bienio rosso (1919-1920) con sus ocupaciones de fábricas en Turín y Milán, aterrorizó a los industriales. El fascismo de Mussolini, un ex socialista reconvertido, fue la solución violenta y paramilitar que la burguesía necesitaba para domar a la clase obrera.

El fascismo no hace una revolución. La marcha sobre Roma no es un asalto al poder popular, sino una negociación con la corona y la aristocracia. El poderoso conde Ciano no es un error en la matriz fascista, es su destino. Mussolini pacta con el rey, protege la propiedad privada y se alía con los terratenientes. Su "programa social" es un señuelo, un hueso roído para dividir a los trabajadores mientras los camisas negras asesinan a diputados socialistas como Giacomo Matteotti o Gramsci muere de enfermedad en una cárcel fascista.

El paralelismo con Alemania es absoluto. El nazismo, o fascismo alemán, no empieza su matanza por los judíos. Los primeros campos de concentración, como Dachau, se llenan de comunistas y socialdemócratas. El enemigo jurado de Hitler no es solo una raza, es el "bolchevismo judío", una amalgama ideológica que le permite fusionar su odio antisemita ancestral con la necesidad de aplastar a la clase trabajadora organizada. La noche de los cuchillos largos no es un accidente; es la purga de las alas "socializantes" de las SA para tranquilizar al gran capital y a la aristocracia prusiana que lo aupó al poder.

El Caso Español: Señoritos y Tapias de Cementerio

No seamos ingenuos. En España, la discusión sobre si la Falange era o no fascista es una ofensa a la memoria histórica. Nuestro fascismo patrio, encarnado por José Antonio Primo de Rivera, no es una excepción exótica, es la regla en su máxima expresión. José Antonio, hijo del dictador y matarife del Protectorado de Marruecos, heredero de una casta de señoritos de Jerez, no vino a hacer una revolución nacional-sindicalista. Vino a defender "la obra de su padre": una dictadura clasista y liberal para los suyos.

La Falange, fusionada con las JONS de Ramiro Ledesma, se nutrió de los hijos de la burguesía y la aristocracia, que veían en ella un instrumento para mantener sus privilegios. Se apropiaron de la figura mística del doncel castellano para ungir a sus caídos, pero su verdadera liturgia era otra: los paseos nocturnos y los fusilamientos en las tapias de los cementerios.

Vergüenza debería dar a quienes hoy intentan un debate intelectual sobre si FET y de las JONS era un movimiento fascista o un autoritarismo católico. Que se lo pregunten a las siete mil personas asesinadas en las tapias del cementerio de Granada. Que se lo pregunten a los maestros republicanos, a los anarcosindicalistas a los socialistas y a los comunistas que llenaron las cunetas de este país. Franco superó a Mussolini en saña. Nuestros campos de exterminio no tenían hornos, tenían tapias de cementerio y fosas comunes. Reivindicar hoy el franquismo, o matizar su violencia, es apoyar implícitamente esas matanzas de obreros por el mero hecho de querer una vida digna.

Por eso, cuando preguntamos si VOX condena el franquismo, no es una cuestión de postureo histórico. Es una línea roja democrática. Quien no es capaz de repudiar el asesinato de la clase trabajadora como proyecto político, lleva esa esencia en su ADN, aunque la disimule con trajes y discursos institucionales.

El Fascismo Hoy: Sin Camisas Negras, con Traje y Corbata

Sería un error buscar en el siglo XXI los correajes, las camisas pardas o los discursos explícitamente totalitarios de los años 30. El fascismo, como estrategia de la burguesía en crisis, muta. Lo vimos en Chile: una dictadura neoliberal que, si bien no encajaba en el molde clásico del fascismo europeo, cumplía la misma función: aplastar por la fuerza un proyecto de emancipación de la clase trabajadora para imponer por sangre el dogma ultraliberal de la Escuela de Chicago.

Hoy, formaciones como VOX en España beben de esa fuente. Son nostálgicos del franquismo en lo cultural, profundamente antimarxistas en lo ideológico, y ultraliberales en lo económico. Su objetivo no es instalar un régimen de partido único (aunque no les temblaría el pulso si hiciera falta), sino vaciar lo público, liquidar las pensiones y entregar la soberanía nacional a los designios de Estados Unidos y las grandes corporaciones. Son, en esencia, el ariete de los ricos contra los trabajadores.

Da igual, entonces, la etiqueta académica exacta. Un obrero del Cabañal, de Mislata, de Terrassa o de Vallecas, que ve cómo su barrio se degrada, cómo su poder adquisitivo se hunde y cómo una izquierda engreída y caviar le habla de identidades mientras esquiva sus problemas materiales, puede sentirse tentado por el discurso fácil de la ultraderecha. Puede votarles por decepción. Y ahí reside nuestra responsabilidad.

La Tarea: Desenmascarar para Recuperar la Centralidad Obrera

No podemos competir en el terreno de lo identitario con quien lo hace mejor y de forma más simplista. Nuestra lucha debe ser materialista. Desenmascarar a VOX no es solo llamarles "fascistas" en un mitin; es demostrar en cada barrio que sus políticas en los ayuntamientos y autonomías donde gobiernan recortan servicios, privatizan la sanidad y empobrecen a la clase trabajadora. Es evidenciar que su supuesta defensa de los trabajadores es una mentira, un señuelo para pescar votos en el río revuelto que deja una izquierda desnortada.

La sangría de votos no viene de Podemos o de Sumar, viene en gran parte de votantes del PSOE decepcionados y de trabajadores que antes se abstenían y ahora miran a la extrema derecha con simpatía. Esa es la batalla. Por eso, mientras denunciamos las políticas neoliberales del PSOE y la deriva identitaria de Podemos y Sumar, tenemos la obligación moral y política de desmontar el fraude de VOX. Porque el enemigo principal, el que históricamente ha fusilado a la clase obrera cuando esta se levantaba, es el mismo de siempre. Hoy no lleva pistola, lleva un escaño y un discurso tramposo. Y hay que desenmascararlo sin descanso.

Carlos Martínez García

Politólogo y ex portuario. Miembro de la plataforma socialista pro PSF.

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